Sin nombre

Paridas varias

Mar de nubes.

by Itahisa on May.20, 2010, under Paridas varias

Aprovecho mi baja actividad bloguera para dejar por aquí algo que he estado haciendo últimamente… ¡Espero que les guste!

http://www.vimeo.com/11881141

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PD: Recomiendo MUCHO verlo en pantalla completa…

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#Escuchando… Twisted ‘Everyday hurts’ - Skunk Anansie

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Día 147. Un poquito sobre mí…

by Itahisa on May.27, 2009, under Días, Foto del día, Paridas varias, Sobre mí

¿Crees que me conoces?

Hace unos días se me ocurrió hacerme este test en Facebook y al ver lo divertidas que eran las respuestas de algunas personas, pensé en ponerlo aquí también… ¿te animas a hacerlo?

1) Vivo en…

a) La Laguna
b) Mordor
c) Un universo paralelo creado especialmente por y para mí
d) Mi casa
e) Los mundos de Yupi

2) En mi tiempo libre me gusta…

a) Salir a hacer fotos
b) Ir a la playa
c) ¿Tiempo libre? ¿Pero existe realmente?
d) Tener tiempo para hacer todo lo que me gusta
e) Leer

3) De la TELE me gusta…

a) The IT crowd
b) House
c) The Big Bang theory
d) Los docus de la 2 y las noticias
e) No veo la tele

4) Algunas de mis pelis favoritas son…

a) “La Historia Interminable” y la del pato Howard
b) “Blade Runner” y “Miedo y asco en Las Vegas”
c) La trilogía de “El Señor de los Anillos” y “El viaje de Chihiro”
d) “300″ y “Gladiator”
e) “La casa de las dagas voladoras” y “Tigre y Dragón”

5) ¿Quién es mi mejor amigo?

a) Capri
b) Satán
c) Ese diminuto ser azul con antenas que siempre me acompaña
d) Mi hermana
e) No tengo de eso

6) ¿Qué edad tengo?

a) 23 y seis meses
b) 24 y casi medio
c) 25 justitos
d) 30 pasados
e) Ayer cumplí los 15

7) Si me fuera a una isla desierta, me llevaría…

a) Todo lo que quisiera, porque ya lo tendría planeado de antemano
b) Un barco y combustible suficiente para regresar a la civilización
c) Cuerda, escalera, y esas otras cosas que JA vio en las historietas gráficas
d) ¿Para qué me voy a ir a una isla desierta?
e) Ninguna de las anteriores

8 ) Me encanta…

a) El reggaetón
b) La música de los triunfitos
c) El metal y la música clásica (juntos o separados)
d) Pepe Benavente
e) Todas las anteriores

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Va de sueños

by Itahisa on Oct.08, 2008, under Paridas varias

·

Cuando el despertador sonó hoy a las 7.30, lo sentí como un martillazo en la cabeza. Poco después entró mi madre en la habitación para preguntarme si iba a ir a clase y apenas alcancé a decir que iría directamente a segunda hora, que se fueran sin mí, cuando caí prácticamente inconsciente en la cama otra vez.

Cinco minutos después (en mi escala de tiempo de sueño, porque en realidad habían pasado tres horas y cuarto) desperté sobresaltada, nerviosa y preguntándome a mí misma que clase de absurda estupidez había estado soñando… Sorprendentemente, me acuerdo de todo, así que voy a escribirlo porque es digno de ser recordado…

_

Iba en un submarino.

A mi alrededor veía a tres de mis compañeros de eclipse, mis padres y a unas cuantas personas más, desconocidas, que supuse eran la tripulación: un hombre mayor, con pelo y barba blancos, que se parecía al capitán de barco de los Simpsons, una mujer de unos cincuenta años, de pelo negro y piel muy blanca y varios hombres más que nunca hablaron y a los que de hecho ni siquiera vi la cara en ningún momento.

Por lo que entendí, íbamos hacia Venecia, pero no tengo ni idea de por qué en un submarino y menos aún por qué el bicho iba siempre sobre la superficie. En un momento dado, estaba en cubierta, respirando aire puro y aparece el marino de los Simpsons, caminando muy despacio y mirando fijamente a algo que está a mi espalda.

Curiosa, me giro, y veo un barco enorme y blanco que navega en paralelo con el submarino, totalmente silencioso. Y en la cubierta, hay una chica joven que se parece mucho a la mujer que está abajo, que creo que es la mujer del capitán. El hombre sigue caminando, despacio, y baja entonces hasta el nivel más bajo del submarino, que está casi a ras del agua y me hace una señal para que le siga.

La chica está echando una escala de cuerda por la borda, así que interpreto que, por algún motivo, vamos a subir al barco y sigo al hombre con cierta dificultad. Cuando consigo poner los pies de nuevo sobre algo firme, busco con la mirada a mi guía para descubrir, no sin cierto asombro, que está caminando (caminando, literalmente) bajo el agua, entre el submarino y el barco, y que sólo se ve su blanca coronilla por encima de la superficie. Me meto rápidamente en el agua, desconfiada, intentando no perder pie.

Entonces, en un segundo, todo cambia. Siento de repente que el submarino se sacude y comienza a sumergirse y el barco desaparece sin dejar ni rastro. Angustiada, me revuelvo sin saber qué hacer, las corrientes que crea el submarino al hundirse no me dejan nadar y me arrastran con él hacia el fondo. Intento pensar en qué hacer cuando noto algo.

Mi pie. Está enganchado en alguno de los salientes del submarino y comienza a doblarse de forma antinatural. Y duele. El bicho sigue arrastrándome hacia el fondo, sin piedad, y lo único que puedo hacer es tratar de liberar el pie para volver a la superficie. Me doblo sobre mí misma, no sé qué hago y al final el pie se suelta. Me empieza a faltar el aire y trato de impulsarme contra la corriente del submarino cuando una mano agarra con mucha fuerza la mía y tira de mí hacia el interior del submarino.

Caigo pesadamente al suelo y veo que estoy en una de las habitaciones, que hay cuatro literas y en ellos están sentados todos y me miran como si fuera retrasada o algo. La mujer mayor se agacha y pregunta por qué había saltado al agua y si no había oído la alarma que avisa de que el submarino se va a sumergir. No había escuchado nada de nada, les dije, y luego conté lo del capitán, el barco y la chica.

La mujer se puso muy seria y me dijo que aquella chica era su hija, que había muerto hacía mucho tiempo y que no era la primera vez que veían su barco fantasma siguiéndoles en medio de la niebla del mar. El capitán no había podido soportarlo más y había ido hacia ella. Estaba muerto.

Y entonces, de repente, estábamos en Venecia. Atardecía.

No sé cómo, un segundo después estábamos todos en dos coches y yo abrazaba a Capri, que ronroneaba en mi regazo. Paramos delante de un bar minúsculo con pinta de antro chungo y bajamos. Unos metros más allá había un coche azul con los cristales más sucios que he visto en mi vida y había un chico en él. Al vernos, se baja enseguida y viene a saludarnos.

Mientras pienso en lo guapo que es (para algo el sueño es mío! xD), dejo a Capri en el suelo. Para mi asombro, se queda tranquilita a mis pies en lugar de salir corriendo por ahí como hace siempre. El chico se acerca, me da la mano y dice que no nos esperaba tan pronto. Luego se gira y se pone a hablar con mi padre.

En medio de la algarabía de conversaciones, escucho un ruido extraño en el coche y me acerco al maletero. Al abrirlo, descubro una cabecita peluda y amarilla que asoma por entre las maletas y demás bultos. ¡Nani! Dejo que salga del maletero y entonces oigo un maullido lastimero cerca de mí. Capri está revolviéndose, nerviosa y rascándose. Mi madre y yo nos acercamos rápidamente y vemos que está completamente llena de pulgas, garrapatas y otros bichos. Miro al suelo y veo que hay millones de ellos por todas partes, aunque a nosotros no nos atacan. Cojo a la gata en brazos y trato de quitarle todos los que puedo mientras noto cómo sufre con las picaduras y mordiscos. En un momento dado, veo que en la mandíbula tiene un bicho gigantesco, por lo menos de cinco centímetros de largo, de un extraño color verde. Tiro de él para quitárselo, pero sólo consigo arrancarle la cabeza (WTF??) y el resto del cuerpo se queda enganchado a la pobre Capri. Vuelvo a tirar, esta vez sale todo, y lo lanzo al suelo cerca de donde estaban los demás, sentados en la puerta del bar.

Estaba comprobando que la gata estaba bien cuando se me acerca el chico guapo y me dice que no me preocupe, que ya pararemos en algún descampado o algo. Al preguntarle yo para qué íbamos a parar allí, me dice que, obviamente, para abandonar a Capri y a Nani. Enfadadísima, le grito que no, que son mis gatos y que para algo les he traído conmigo desde tan lejos, que irán conmigo a donde yo vaya y que eso de abandonarlos en un campo es algo asqueroso. El chico me mira extrañado, se ríe y se va. Ya no me gusta tanto.

Aún cabreada, me acerco a uno de los compañeros del GOAT, que está sentado en el escalón de la entrada del bar. Justo detrás de él está el cadáver del bicho de antes y como nunca había visto uno igual, le pido que lo coja y mire a ver si sabe qué bicho es. Lo levanta por una de las patas, lo mira, me mira y ¡se ríe! El bicho era de alambre y plástico y donde debía estar la cabeza (que yo le había arrancado) había cuatro subrayadores de colores fluorescentes chillones.

Estaba preguntándome qué diablos era aquella cosa cuando escucho a mi madre gritar y señalar hacia la carretera a mis espaldas. Rápidamente me doy la vuelta y veo a Capri, que estaba muy cerca del borde…. salí corriendo lo más deprisa que pude…

…y…

¡me desperté!

Y ahora pregunto… ¿qué clase de persona tiene un sueño como éste? ¿es normal? ¿Alguien sabría decirme qué quiere decir?

¡Hasta la próxima!

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Cuento surrealista improvisado

by Itahisa on May.16, 2008, under Paridas varias, Relatos y otras tonterías

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No tengo muy claro qué título debería ponerle al cuento, aunque surgió en principio como “Itahisita y la mascarilla mágica”, aunque luego fue deformándose y ha terminado siendo una cosa totalmente surrealista y carente de sentido. Fue escrito prácticamente de forma automática, tecleando lo primero que se me ocurría, durante una conversación en el msn, así que no lo tengan demasiado en cuenta…

Simplemente me pareció una pequeña historia simpática que podría valer la pena compartir aquí…

_________________

Había una vez…

Una pobrecita niña huérfana en el país de los caramelos peludines. La malvada dueña y directora del orfanato siempre la obligaba a limpiar todos y cada uno de los pelos que cubrían las alfombras, paredes y cristales de la gran mansión peluctoriana, pues todos aquellos objetos estaban hechos del más puro y dulce caramelo que se pueda imaginar y para ello servían todos aquellos cabellos metálicos que los cubrían, para evitar que los curiosos humanos cayeran en la tentación de acercar sus primitivas bocas a ellos.

Debido a esta composición magnífica y estrafalaria a la vez, todos los edificios del país de los caramelos peludines eran curiosamente translúcidos y convertían cada uno de los hogares en excepcional escaparate del modo de vida local.

Un día especialmente caluroso, Itahisita, la huérfana, hervía agua para preparar la más deliciosa infusión de camomila para su ama, Dorilda, cuando el accidente ocurrió. Distraída por el canto de un canario caramelizado peludín, la pobre niña derramó sobre el suelo una importante cantidad de agua en ebullición, derritiendo así todo el caramelo que constituía el suelo de la casa.

Antes de que pudiera reaccionar, cayó por el agujero abierto en el suelo hasta alcanzar el sótano, milagrosamente mullido debido a que era el lugar habitual de almacenamiento de las alfombras fuera de temporada. Sin embargo, no estaba a salvo, ya que el caramelo derretido cobró vida rápidamente y comenzó a destruir todo cuanto se ponía a tiro, incluyendo el resto del suelo de la maltrecha cocina. La pobre Itahisita, que había quedado tendida sobre las alfombras, nada pudo hacer al respecto, pues había quedado inmovilizada por las agudas espinas de los guardianes del caramelo derretido.

Y entonces…

Una furiosa corriente de caramelo líquido se precipitó desde la puerta de la cocina y fluyó hasta el sótano, sepultando a la pobre Itahisita en un cuasihirviente y dulce mar. No mucho después, llegó hasta el lugar Dorilda rugiendo y gritando a los cuatro vientos que si todo aquello había sido obra de la inepta Itahisita la echaría a la calle sin la menor compasión

Sin embargo, al verla gritar y patalear en el interior del caramelo cristalizado, sus compañeras de orfanato se compadecieron de ella y lloraron y lloraron hasta conseguir retirar de su cuerpo hasta el último dulce cristal

Pero hubo algo que no consiguieron reparar…

La melena de Itahisita, antaño sedosa y brillante, era ahora una opaca maraña salida de la peor de las pesadillas, tan enredado que nadie se atrevía a intentar deshacer ni uno sólo de aquellos infernales nudos. Por si fuera poco, cientos, miles, quizá millones de fragmentos de dorado cristal de caramelo se adherían a las fibras y convertían la cabeza de la niña en una desgracia de espantosa escultura capilar

Al ver el estado en que había quedado, todos supieron lo que aquello significaba: para poder vivir en el país de los caramelos peludines era estrictamente necesario poseer una melena perfecta, pues de otro modo sería una pesadilla la vida en el lugar. A pesar de eso, Itahisita era una niña terca y decidió intentarlo. Menos de dos días después, sucumbió ante la evidencia

El espanto que había anidado en su cabeza se enredaba en todos y cada uno de los metálicos cabellos de las paredes, alfombras y cristales y la huérfana se veía obligada a gritar y llorar hasta que alguien acudía y rescataba su cabeza, algo que no siempre sucedía con la suficiente rapidez. Finalmente, con gesto apesadumbrado, Itahisita abandonó el país de los caramelos peludines una fría mañana de enero.

Nadie acudió a despedirse de ella.

Todos estaban demasiado ocupados cuidando de sus hermosas y perfectas melenas como para preocuparse por una andrajosa como ella.

Así, la niña se puso en camino, sin saber exactamente a dónde debía ir, ni si habría alguien que pudiera ayudarla en algún sitio.

No sabía nada.

Y estaba sola.

La primera noche que pasó fuera de su hogar, observó atentamente el gran techo oscuro que todo lo cubría. En él brillaban millones de diminutos puntitos de distintos colores, que a Itahisita se le antojaron lo más bello que había visto en su vida y se preguntó qué clase de caramelos serían.

-No puedes saberlo -dijo una voz a su espalda.

Confusa, Itahisita miró a su alrededor, pero no encontró a nadie ni nada que hubiera podido emitir aquella voz.

-Aquí, aquí abajo -dijo la voz.

Al mirar con más atención, Itahisita descubrió a un diminuto jilguero caramelizado peludín que observaba con curiosidad.

-Me llamo Jilguero Caramelizado Peludín -dijo el animalito-. Pero puedes llamarme Jil.

Tras esto, guiñó uno de sus simpáticos y dulces ojos y revoloteó hasta el hombro de la niña, que aún no salía de su asombro.

-Yo… me llamo Itahisita -respondió.

-Ya lo sé -interrumpió Jil-. Te he estado siguiente desde hace unos días. Sé a dónde debes ir.

-¿Ah, si?

-Sí, debes ir al país de las pelambres esculturizadas, allí nadie te marginará, Itahisita.

-¿El país de las pelambres esculturizadas?

-Sí, me han dicho que allí todos tienen el mismo problema que tú, así que han aprendido a vivir con ello.

Un poco triste, la niña comprendió que Jil hablaba de resignarse a tener por siempre aquella melena tiesa y maloliente que tanto le desagradaba y un par de peludas lágrimas corrieron por sus líquidas mejillas.

-No -anunció Itahisita con determinación-. Sé que en algún lugar habrá alguien que pueda ayudarme a recuperar mi pelo. No me rendiré tan fácilmente ante los guardianes del caramelo, ¡lucharé! No sé dónde ni cuando, pero encontraré algo que me salve de la marginación del país de los caramelos peludines.

Jilguero caramelizado peludín emitió una serie de soniditos ininteligibles que llamaron la atención de Itahisita.

-¿Qué te ocurre, Jil?

-Yo… es que… yo…

Sus caramelizadas mejillas se tiñeron de gominola de fresa mientras levantaba una verde hoja de azúcar glass que había cubierto hasta entonces su cabeza. Y entonces Itahisita pudo contemplar el gran secreto de Jil: una trenza muy larga y con mal aspecto se enrollaba en torno a su cráneo, formando un extraño cono peludo que a nadie hubiera extrañado encontrar en un almacén de productos de limpieza de baja estofa.

-¿Puedo ir contigo? -susurró Jilguero Caramelizado Peludín mientras contenía las lágrimas.

-¡Oh, claro que sí, Jil! Juntos encontraremos la solución al pelo estropajo, ya lo verás.

Y así, pájaro caramelizado y huérfana desgraciada comenzaron a recorrer los múltiples caminos del mundo de las Ciudades sin Sentido.

Un día, vieron en el horizonte la silueta de la ciudad más espantosa que podían imaginar. Un sinfín de palos marrones de distintas alturas y grosores se alzaba hacia el cielo, llegando a triplicar el menor de ellos a la más alta casa de caramelo peludín. Sobre aquellos palos marrones, unas bolas verdes y huecas alojaban a unos esmirriados seres portadores de narices ganchudas y afiladas y cuatro hileras de dientes que sobresalían por las comisuras de su boca vertical. Eran aquellos los llamados entíforos, aunque Itahisita y Jilguero Caramelizado Peludín no lo sabían aún.

Si lo hubieran sabido, no habrían trata de acercarse a ellos…

Cuando apenas debían recorrer unas decenas de metroludines para entrar en la ciudad, un gran foso se abrió bajo sus pies, tragándose sus cuerpos y consciencias al instante. Para cuando despertaron, se encontraron en una sala oscura, muy oscura. Por encima de ellos, la tierra del techo rezumaba humedad y llenaba el estrecho lugar de un olor ciertamente desagradable.

Algo confusa, Itahisita trató de ponerse en pie, moviendo con el máximo cuidado su voluminosa cabeza peluda para evitar que la maraña que tenía por cabellera se enganchara en cualquier sitio. Sin embargo, para su sorpresa, su cabeza parecía más ligera que nunca. A su lado, Jil se había despertado y parecía notar la misma sensación de ligereza que ella, a juzgar por su carita caramelizadamente asombrada. Cuando alzó el piquito y observó a su compañera de viaje, un chillido salió de él hasta casi quebrar la delicada estructura que lo componía.

-Itahisita… -dijo, cuando consiguió recuperarse-. Estás…. ¡¡¡calva!!!!

-¿¿¿¿¿¿Quéeeeeeeeeeeeee?????? -preguntó la niña mientras alzaba las manos para tocarse la cabeza.

Era cierto.

Ni el más mínimo rastro de pelo quedaba en ella. Era la suya una bola lisa y brillante capaz de rivalizar con la luna gominolizada en su más hermosa noche. Con cuidado, Jil retiró la verde hoja de azúcar de su cabeza y miró hacia Itahisita, que le miró fijamente, desconsolada.

-Tú… también estás calvo… -dijo, con pesar.

-¿De qué os sorprendéis? -dijo la gumivoz más aguda que cualquiera de los dos había oído en toda su vida-. Los entíforos son así, todos lo saben….

Caminando a tres patas por el techo, apareció una monstruosa criatura con ojos enormes y blancos y un cuerpecito esmirriado que culebreaba entre las piedras que sobresalían aquí y allá de la masa terrosa.

-¿De dónde venís que no sabéis que los entíforos consideran el pelo como el manjar más delicioso?

-Del país de los caramelos peludines -respondió Jil, en el acto.

-¡Oh! Hermoso país… yo pasé allí la más hermosa temporada de mi existencia, claro que eso fue antes de caer en las manos de estos apestosos entíforos

Sorprendida de encontrar allí a alguien que conocía su país, Itahisita comenzó a preguntar inmediatamente cosas al extraño, que se mantenía fijo al techo por medio de su uña central en forma de garfio

-No siempre he tenido este aspecto -comentó el ser-. En mi juventud podía ciertamente considerárseme hermoso y fueron muchas las criaturas que me amaron en diversas Ciudades sin Sentido, pero la más especial de ellas vivía en vuestro país, el de los caramelos peludines. Se llamaba Zaibrega y tenía la melena más hermosa de todas cuantas puedas hallar en el país con las más hermosas cabelleras del universo.

-¡Eh, viejo! ¿A qué viene esta historia?

-Tú a callar, si la cuento es porque me da la gana, pajarraco –replicó con aspereza el bicho-. Nunca nadie había visto antes un color como el suyo, un brillo como aquel. Por ello, había sido nombrada princesa peludina de honor y todos la admiraban. Pocos días después de conocernos nació nuestra hija, Pelufrina de los Macalufos. Lamentablemente, justo después, por accidente, Zaibrega murió.

-¿Por accidente? -inquirió Itahisita.

-Sí, un día se agachó para atarse los cordones de sus zapatos nuevos y al levantarse, pisó uno de los mechones de su pelo, dio una voltereta y se estranguló con él… Algo realmente trágico…

Jil contuvo la risa a duras penas y recibió a cambio una mirada asesina por parte del curioso ser que seguía anclado al techo mediante la afilada garra que salía de su abdomen.

-¿Qué pasó después?

-Veo que he captado vuestra atención -continuó el desconocido, mirando significativamente a Jil-. Una vez muerta Zaibrega, Pelufrina no me interesaba lo más mínimo, así que la dejé donde mismo estaba y me fui sin volverme a mirar atrás.

Jil, que tenía una intuición, interrumpió una vez más.

-¿Cómo era aquella Zaibrega? ¿Cuándo ocurrió todo esto?

-Ya te he dicho cómo era, pájaro idiota -respondió, malhumorado-. Lo que más llamaba la atención en ella era su magnífico pelo rosa chicle, el color era tan intenso como el de las gominolas de fresa recién cosechadas, o el de las nubes de algodón bañadas por el zumo del atardecer. Nada podía compararse a ella.

-¿Rosa chicle? -preguntó Itahisita, estupefacta.

-Acaso tenéis caramelo en los oídos?

-Es que yo… yo… mi pelo… era de color rosa… -dijo Itahisita-. Y todo el mundo me dijo siempre que nadie, salvo mi madre, había tenido nunca el cabello de ese color…

Tras mantener el silencio por algunos segundos, el desconocido descolgó su cola reptiliana del techo y miró fijamente a la niña calva.

-Pelufrina… –comenzó a decir, con una voz extrañamente grave y metálica-. Yo soy tu padre…

Contemplando con tristeza la prístina cabeza de su hija, el de los garfios comenzó a llorar amargas lágrimas de blandiglue. En ello estaba, muy entretenido, cuando un sonido proveniente del exterior atrajo su atención.

-¡¡¡¡¡Debes salir de aquí!!!!!!!! -gritó, histérico.

Su voz se había vuelto tan aguda que producía dolor de cabeza pero Itahisita, comprendiendo que en aquella tortura sonora se escondía su libertad, aguantó y trató de comprender cada una de las palabras que el bicho que dijo que era su padre había pronunciado a toda velocidad.

-Veteporlaizquierdaalfondodeltúnelluegosiguetodorecto –paró un instante para respirar- cuandonoteselairefétidodelasalcantarillasentíforastírateaellasynadahastaqueveaslaluz…

-¡Oh, gracias, papá!

Itahisita se inclinó para abrazar al semireptil cuando este hizo un gesto negativo revolvió entre algunas de las escamas de su costado y sacó una preciosa cajita rosa brillante. La abrió con muchísimo cuidado mientras con uno de sus tentáculos impedía a Itahisita que se moviera de donde estaba.

-Esto… –dijo-. Perteneció a tu madre, a Zaibrega… Ella habría querido que fuera para tí en este momento…

Itahisita sintió que las lágrimas de emoción se agolpaban en sus ojos.

-Por cierto –continuó el bicho-, debes saber que la saliva de los entíforos es poderosamente tóxica y que posiblemente te queden menos de cinco horas de vida, hija mía… ¡ah, no! Lo siento, ¡me he confundido! Esta saliva sólo es tóxica para los seres caramelizados con vida propia, así que lo siento, pajarraco cabrón, vas a morirte enseguida…

Al acabar de decir estas palabras, la risa más sincera y divertida salió de su garganta de crustáceo reptiliano y recorrió el húmedo túnel.

-Bueno, volviendo a la cajita de tu madre…

Itahisita estaba a punto de echarse a llorar, tanto por lo que había dicho su adorado padre al pobrecito Jil como por el momento en que había creído que había sido ella la que iba a morir. Y aunque no dijo nada en voz alta, se alegró de que fuera el jilguero caramelizado peludín el que la diñara y no ella.

-¡Que me hagas caso, niña! -chilló su padre, histérico de nuevo.

Atraída por el grito, Itahisita observó atentamente la caja de plástico rosa que tenía una B grabada en la parte superior.

-Nunca se lo dijo a nadie -comentó-, pero a tu madre no le gustaba nada su nombre y siempre prefería que la llamara Barbie, por eso esta ridícula B, ya ves… He guardado esta diminuta cajita durante años y ahora por fin le encuentro una utilidad, además de la de rascar con ella entre las escamas cuando no alcanzo bien con los tentáculos… Este es el último regalo que me hizo tu madre, Epinefrina…

-Pelufrina, papá…

-¿Qué más da?

Mientras desenroscaba con cuidado la tapa con ayuda de uno de sus babosos tentáculos acorazados, el padre de Itahisita contó que en aquella época había comprado su primera nevera peludita, pues era verano y los pelados no se conservaban igual sin frío.

-Barbie, queriendo añadir algo al recién comprado peluctrodomestico, me hizo este regalo –añadió.

Y por fin, pudieron verlo.

En el tarrito rosa había un extraño potingue blanco que olía ciertamente mal y despedía un sospechoso vapor verdecillo.

-Esta es la mascarilla capilar que usaba tu madre, Pulefrani.

-Pelufrina, papá -respondió con fastidio.

-¡Que me dejes, niña!

-Papá… si no tengo pelo… ¿para qué quieres que use esa cosa?

-Para cuidar la herencia de tu madre… Yo ya soy viejo y no puedo seguir haciéndome cargo de algo tan importante. Los entíforos hace años que lo buscan, saben que es el cabello más sabroso al oeste del Missisipi y pelean entre ellos por ver quién será el afortunado que le hinque el diente.

-Y… ¿qué es la herencia esa, papá?

-Ven conmigo, hija mía…

Se dirigieron ambos con paso solemne hasta el final de la galería y allí, en vez de girar a la izquierda como había indicado anteriormente el crustáceo insecto se desviaron hacia la derecha, donde un par de lucecitas parpadeantes indicaban la existencia allí de un poderoso peluctrodoméstico.

- Esta es mi nevera, hija. Saluda, que no crea que eres maleducada

-Ehm… Hola, nevera.

-Así me gusta –dijo, sonriente.

Al encender el padre-sin-nombre una de las luces del túnel-celda, Itahisita Pelufrina vio aquello que su padre había dicho que sería suyo. La herencia de su madre.

El más maravilloso imán para la nevera que nadie había visto jamás.

Un larguísimo y precioso cabello rosa chicle se doblaba sobre sí mismo formando fractálicos y peludos bucles que se mantenían firmemente unidos gracias a la más efectiva gomina de todos los tiempos. En el extremo superior, un poderoso imán mantenía la obra de arte sujeta a la metálica cubierta de la nevera.

-Este ha sido mi mayor tesoro durante años, hija mía. Ahora debes tenerlo tú…

Itahisita Pelufrina, incapaz de contener las lágrimas, comenzó a agradecer el regalo a su padre en un ininteligible galimatías semicaramelizado. Tomándolo delicadamente con los dedos, Itahisita acercó el imán hasta su calva cabeza y… lo fijó.

Padre-sin-nombre, asombrado, observó.

-No quiero que te enfades por esto, papá, pero creo que realmente mi padre es esta nevera. Las radiografías lo confirman…

El crustáceo insecto suspiró, resignado, antes de contestar.

-Siempre supe que me la pegaba con alguien… Creía que era aquel pipiolo del Ken, pero esta nevera… nunca lo habría imaginado.

-Vete, hija. Esto tenemos que solucionarlo entre hombres –dijo, con gesto triste-. ¡Te reto a duelo, neverucha desagradecida!!!

Mientras escuchaba a su padre vociferar contra el peluctrodoméstico, Itahisita corrió en busca de Jil, que convulsionaba en los últimos estertores, agonizando horrorosamente mientras de su boca surgía con cada tos un hilillo de azúcar glass.

-¡Oh, Jil, lo siento! No debí dejarte acompañarme, era un viaje demasiado peligroso para un pajarillo como tú… Deberías haber ido al país de las pelambres esculturizadas, como siempre quisiste…

-Sí, cabrona, ya lo sé, no debí seguirte, ahora por tu culpa la estoy palmando… cof, cof…

Y con un vapor de harina integral, Jilguero Caramelizado Peludín VIII, heredero de la saga más famosa de jilgueros peludines, la palmó.

Itahisina Pelufrina corrió entonces hacia la salida que su padre le había indicado. Corrió con toda su alma, esquivando por el camino los garfios y las pinzas asesinas de su padre que luchaba a calambrazos contra la malévola nevera que le había birlado la novia en sus narices.

Estaba exhausta cuando llegó finalmente al comienzo de las alcantarillas entíforas, el lugar más pestilente y asqueroso de todo el continente. Antes de lanzarse, tuvo una ocurrencia.

Sacó con cuidado la cajita rosa con la mascarilla de su madre y untó delicadamente cada centímetro de la fibra capilar rosa chicle que llevaba ahora adherida a la frente.

Así no se estropeará, se dijo. Y al terminar, sacudió la cabeza para airear su preciosa y recién nutrida melena.

-Si es que yo lo valgo –dijo.

Epinefrina, digo Pelufrina Itahisita de los Macalufos, tomó aire hasta llenar al completo sus pulmones, apretó con fuerza la cajita rosa con la B inscrita contra su pecho antes de saltar al agua fangosa y oscura.

La libertad, aunque apestosa, ya estaba allí. Y su nueva melena.

Podría regresar a casa.

FIN

_____________________

¿Posible título?

Hasta pronto!!!

PD: Lo próximo, PUM…
·

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