Relatos y otras tonterías
Zen.
by Itahisa on May.21, 2010, under Foto del día, Relatos y otras tonterías
Caminó, despacio, muy despacio, mientras trataba de acompasar su respiración al lento movimiento.
Aquel lugar era lo que siempre había buscado, un oasis de tranquilidad en medio de la delirante algarabía de la gran ciudad.
Muy lejos quedaban ya de ella los interminables atascos, aderezados por el humo y el estridente sonido del claxon de miles de coches al mismo tiempo. Olvidadas ya estaban las prisas con las que se movía la ingente masa humana por las amplias calles flanqueadas por edificios que casi impedían ver el cielo. Inconcebible le parecia en aquel momento que apenas unas horas antes se hubiera sentido estresada, agobiada por el trabajo y las obligaciones cotidianas, por las responsabilidades y la presión social.
Cuando estaba allí, nada más existía, allí estaba sólo ella.
Ella y el silencio.
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#Escuchando… Only the beginning of the adventure (from Cronicles of Narnia OST) - Harry Gregson-Williams
Día 301. Shanghai
by Itahisa on Oct.28, 2009, under Días, Foto del día, Relatos y otras tonterías
Miró a su alrededor y fracasó en su intento por contener la exclamación de asombro que surgía espontáneamente de sus labios al contemplar lo grandioso del paisaje que la rodeaba.
Se sentía minúscula, pero al mismo tiempo inmensa, orgullosa, en medio de los millones de luces que brillaban por doquier, que se alzaban mágicas hasta donde la vista alcanzaba, casi uniéndose en el cielo nocturno al brillo, más débil, de las estrellas, que allí quedaban relegadas a un triste segundo puesto.
Había realizado un viaje largo, muy largo, hasta aquel lugar y, sin embargo, le parecía más bien que había sido corto.
Aquello no parecía otro país, no parecía parte del mismo mundo que había conocido hasta aquel momento.
No.
Aquello era otro universo, más similar a cualquiera de los que podía encontrar en un libro o una película de ciencia ficción. Era difícil creer que fuera real y, sin embargo, allí estaba.
Suspiró y sonrió, mientras daba la espalda a las majestuosas torres que se erguían a sus espaldas, al bullicioso tráfico que se elevaba en varios niveles por encima de su cabeza, al serpenteante río flanqueado por los más increíbles edificios que pudiera imaginar.
Ahora no le quedaba duda. Por fin estaba en Shanghai.
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PD: ¡No, no estoy muerta!! Sólo he tenido una mala temporada con muchos problemas y quebraderos de cabeza, y unido a eso unos cuantos problemas más con el blog, que están casi solucionados, así que, por fin (al menos por fin para mí, que sé que nadie más lee esto), vuelvo a la carga con un par de cosillas que tenía por ahí atrasadas y unas cuantas más que están en proyecto. ¡A ver qué sale!
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#Escuchando… Going out (from Kikujiro) - Joe Hisaishi
Día 166. Esas pequeñas cosas y alguna chorrada antigua.
by Itahisa on Jun.15, 2009, under Días, Foto del día, Relatos y otras tonterías
Ayer fue un día gris, como tantos otros últimamente.
Pero en medio del gris, a veces aparecen a veces pequeños rincones llenos de color. Detalles, cosas simples, en muchas ocasiones imperceptibles, pero que en un determinado momento pueden cambiar tu forma de ver las cosas.
Ayer, en medio de mi día gris, hubo varios de esos instantes a todo color que brillaron con luz propia, de esos que siempre se recuerdan con una sonrisa. De esos que hacen que todo valga la pena.
Esas pequeñas cosas a veces marcan una gran diferencia.
Gracias ^_^
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Caragrís y los colores
Hacía mucho tiempo que Caragrís no veía los colores, tanto en realidad, que ya no era capaz de recordarlos, pues era apenas un bebé cuando el humo había llenado por completo la cúpula que protegía su ciudad de los implacables rayos del sol, borrando así cualquier atisbo de color.
Esa mañana había despertado en medio de aquel mundo gris y, tras desayunar, había salido de su casa a la calle gris, tomado de la mano de su madre, a la que acompañaría hasta el trabajo para después regresar andando él solo. Por el camino fueron saludando a otras personas, todas ellas grises, que tenían voces, ropas y casas del mismo color. Caragrís sabía que todo era así por culpa del humo, y que antes habían existido otros colores, aunque no los conocía.
Pensaba en todo esto mientras paseaba en silencio por la ciudad, observando las paredes que la rodeaban y permitían que las personas pudieran vivir allí. Cuando era más pequeño siempre quería salir, ir a otros lugares, pero su madre le había explicado que el aire que había fuera de la burbuja era muy malo y no debía respirarse, así que no podían irse. Hacía mucho tiempo, la contaminación se había extendido por todo el mundo, así que se habían inventado aquellas cúpulas gigantes en las que habían construido las pocas ciudades que quedaban sobre la Tierra.
Ahora que tenía ocho años, ya no quería marcharse, pero no podía dejar de imaginar qué habría más allá de todo lo que conocía. Precisamente por eso su juego favorito era aquél en el que era un intrépido explorador que viajaba por todo el mundo, descubriendo lugares que nadie había soñado jamás encontrar. Cada día, tras acompañar a su madre a la biblioteca en la que trabajaba, regresaba a casa por un camino distinto, imaginando que visitaba sitios que sólo existían en su imaginación.
Esa mañana sus pasos le habían llevado a un lugar que no recordaba haber visitado antes: los límites de la ciudad. Allí la gran burbuja que la rodeaba se unía al suelo, impidiendo que el aire dañino del exterior entrara. Caragrís no se acordaba de haber estado tan cerca de ella antes, así que, con curiosidad, se fue acercando.
‹‹Parece que al otro lado de la burbuja no hay nada››, pensó Caragrís mientras recorría los pocos metros que le separaban de ella.
Finalmente llegó a tocarla con la punta de los dedos y se dio cuenta de que se había equivocado. Detrás de aquel muro invisible había un prado, pero era muy extraño porque las plantas, aunque apenas habían comenzado a crecer, estaban muertas. Ahora estaba seguro de que nunca antes había estado en aquel lugar, pues no sabía que el mundo fuera de su ciudad era así.
Triste, se sentó en el suelo para estar más cómodo mientras contemplaba aquel paisaje gris y desolado. Todo parecía igual ante sus ojos y, sin quererlo, fue bajando la vista hasta que finalmente contempló el suelo que tenía ante sí. Estaba muy cerca del borde de la burbuja, donde encontró algo que le llamó mucho la atención.
Al otro lado de la pared, muy cerca de ella, había una planta que no estaba muerta. Sus pequeñas hojas, de color gris, parecían de terciopelo y entre ellas había algo que Caragrís no había visto nunca con sus propios ojos: una flor. Aún estaba cerrada, era muy pequeña y de color gris, pero él sabía qué era porque su madre solía mostrarle antiguos libros en los que había muchas fotos de la Tierra antes de la contaminación.
Sorprendido por su nuevo descubrimiento, se tumbó en el suelo con las manos debajo de la barbilla y observó atentamente aquella florecilla. Para su asombro, notó que se movía lentamente, así que se quedó inmóvil, casi aguantando la respiración, para ver qué sucedía. Entonces, ante sus ojos, la pequeña flor gris se abrió, mostrando al mundo el auténtico color de sus pétalos, que no eran grises, como Caragrís había pensado, sino del mismo color que había visto algunas veces en el cielo borroso de algunas viejas fotografías. Ante tanta belleza, no pudo evitar quedarse sin aliento, temeroso de que cualquier suspiro pudiera dañarla.
‹‹¿Cómo se llama el color que tenía el cielo?››, se preguntó Caragrís, pues no era capaz de recordarlo.
Aún no sabía cuál era el nombre de aquel increíble color que tenía delante cuando la flor, tan rápidamente como se había abierto, comenzó a marchitarse. Sus pétalos, que tan suaves parecían, se arrugaron repentinamente y se volvieron grises, como el resto del mundo. Caragrís, que se encontraba seguro bajo la burbuja, contempló desesperado cómo moría, sin poder hacer nada por evitarlo. Supo entonces que su madre había tenido razón al decirle que aquel aire no era bueno, y lloró silenciosamente por aquella flor que nadie más que él había llegado a ver.
Como acompañando sus lágrimas, del cielo comenzaron a caer algunas gotas que se estrellaron con violencia contra la pared transparente que Caragrís tenía ante sí. Aquello lo había visto algunas veces ya, se llamaba lluvia. Su madre le había contado que antiguamente la lluvia traía la vida a la superficie de la Tierra, haciendo que las plantas crecieran fuertes y hubiera agua para que las personas pudieran beber.
‹‹Hoy es un día especial››, pensó Caragrís, mientras miraba la marca que aquellas gotas habían dejado en la burbuja. ‹‹Primero veo esa bonita flor y ahora comienza a llover››.
Esperando ver algo de lo que su madre le había contado, se puso en pie y apoyó las manos y la cabeza en la pared. La intensidad de la lluvia había aumentado ya y podía ver cómo las gotas llegaban hasta el suelo pero, al contrario de lo que había esperado, ninguna hierba creció bajo el agua. Por el contrario, las plantas resecas que poblaban el prado comenzaron a desaparecer, convertidas en polvo. Caragrís, que no sabía qué ocurría, comenzó a gritar cuando una de aquellas gotas llegó hasta la flor que había visto abrirse hacía un rato. Lo que quedaba de ella, apenas unas hojas resecas y marchitas, tembló levemente y, ante los ojos asombrados del niño, se deshizo en un fino polvo que cayó rápidamente al suelo.
Apenado, Caragrís no quiso seguir mirando y se dio la vuelta para regresar a su casa. Varias horas después, cuando su madre llegó, enseguida fue a contarle lo que había visto, pues aún estaba muy triste.
-Hace muchísimo tiempo –comenzó a relatar la mamá de Caragrís-, la Tierra era conocida como “el Planeta azul”. En aquel tiempo, no sólo las personas vivíamos aquí, sino que había muchos animales distintos que nos acompañaban y con los que compartíamos el mundo. El agua corría en abundancia, pues había ríos, lagos, cascadas y mares…
-¿De verdad eso era así, mamá? –preguntó el niño, sentado junto a ella.
-Claro que sí, hijo, la Tierra antes era un planeta maravilloso, pero un día todo eso se estropeó.
-¿Qué pasó?
-Verás, Caragrís, las personas vivían como si fueran los únicos habitantes del planeta y sólo pensaban en su propio bienestar, por lo que construían cosas sin control. Todos necesitaban nuevos aparatos, coches, edificios, carreteras, fábricas y energía que les permitiera vivir cómodamente, sin importar que todo aquello estuviera estropeando el resto del mundo. Muchas personas se dieron cuenta de que estaban haciendo las cosas mal y trataron de que se arreglara el problema, pero nadie les escuchó y así siguieron por mucho tiempo más, ensuciando el agua y contaminando el suelo y el aire, hasta que hemos llegado a lo que tenemos hoy. No olvides nunca esto, hijo, las personas no somos tan importantes como parecemos, aunque nos esforcemos por creerlo.
Caragrís y su madre hablaron mucho rato más sobre ese tema y finalmente decidieron que por la tarde irían juntos a la biblioteca y buscarían libros de fotos antiguas. Allí, mientras ella trabajaba, él vio aquellas imágenes durante varias horas. Casi le parecía increíble que en el siglo XXI aún vivieran tantas especies animales distintas, pues él jamás había visto uno en toda su vida. Los gatos y los perros, que habían sido los últimos en desaparecer, se habían extinguido hacía más de cincuenta años, a pesar de todo lo que se había hecho para evitarlo.
-Cuando se dieron cuenta de que tenían que cuidar el planeta, ya era demasiado tarde –dijo su madre, poniendo una mano en su hombro-. No quisieron escuchar y nos han condenado a vivir así, sin agua ni aire, sin plantas o animales, sin colores ni libertad. Recuerda siempre esto, hijo.
Aquella noche, cuando Caragrís se fue a la cama, recordó de nuevo aquella flor que había visto por la mañana y supo que jamás podría olvidarla. Aunque su madre le contó uno de sus cuentos favoritos, él casi no prestó atención porque la imagen de aquellos pétalos brillantes volvía una y otra vez a sus pensamientos. Cuando finalmente se durmió, vencido por el cansancio, tuvo sueños en los que seguía viendo la maravillosa flor.
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El ruido de una molesta alarma hizo que Caragrís despertara y estirase la mano hacia el lugar de donde provenía. Enfadado, apagó el despertador y decidió seguir durmiendo unos minutos más.
-Buenos días, dormilón –dijo su madre, suavemente, mientras abría la puerta-. Es hora de levantarse.
Caragrís abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor. Su madre estaba apartando las cortinas y la brillante luz del sol entraba a raudales por la ventana. Asombrado, se puso en pie de un salto.
-¡Mamá! ¡Puedo ver los colores! –dijo el niño, observando cada objeto de la habitación-. ¡Y el Sol!
-Álvaro, ¿te encuentras bien? –preguntó la madre, extrañada.
Pasmado, Caragrís se había sentado de nuevo en la cama deshecha y entonces recordó. Todo había sido un sueño, pues no vivía en un mundo en blanco y negro y tampoco se llamaba Caragrís. Rápidamente, se lo contó todo a su madre, que le miró con ternura al terminar.
-Hijo, no te preocupes, sólo ha sido una pesadilla –le dijo mientras salía de la habitación-. Venga, vístete que voy a preparar el desayuno.
Mientras se vestía, aún algo aturdido, no podía dejar de pensar en aquella extraña visión. Parecía tan real…
-Álvaro, date prisa, ¡vas a llegar tarde! –dijo su madre, desde la cocina.
Al mirar el reloj, comprendió que tenía razón y, tras terminar de vestirse, fue a la cocina a desayunar. Su hermana mayor estaba sentada a su lado, como cada día, con la nariz metida en un libro bastante gastado. Cuando terminaron, Álvaro salió con su mochila y se detuvo en el jardín, antes de llegar al coche. Allí, en su casa, había flores como aquella que había visto en su sueño.
-Sólo ha sido una pesadilla, cariño –dijo de nuevo la mamá de Álvaro, al verle mirando las flores de aquella manera-. Vamos, sube al coche.
El niño miró a su madre y luego de nuevo a la flor, tan suave y bonita y con un color azul tan brillante. No había sido un simple sueño, se dijo. Sabía que era mucho más que eso. Mientras subía al coche, se prometió a sí mismo que nunca permitiría que existiera un mundo en el que las flores no tuvieran color.
FIN
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PD: Tanto hablar de colores y colores, me he acordado de este cuento que escribí hace ya bastante tiempo… Le tengo bastante cariño, espero que les haya gustado ^_^
PD2: Las flores de la foto se abrieron ayer por primera vez en uno de mis cactus… Al final seré buena jardinera y todo! =) (Foto original, sólo editado el marco).
I miss you…
by Itahisa on Mar.26, 2009, under Foto del día, Relatos y otras tonterías
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I miss you…
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Mis pasos sobre la gravilla resuenan con estrépito en medio del silencio del lugar. Como si fuera a importunar a alguien, procuro andar más despacio y cierro la antigua y oxidada verja de hierro tan despacio como puedo, evitando que cualquier sonido innecesario perturbe la paz que flota en el aire a mi alrededor.
Esa es la sensación que reina en este sitio, la paz. En completa soledad, comienzo a andar por entre los árboles de formas tenebrosas y las esculturas de rostros melancólicos, sintiendo cómo el extraordinario silencio que se oculta en los rincones comienza a envolverme. En él, camuflados, viajan levísimos susurros, pasos aún más silenciosos que los míos, que me siguen, me acompañan, presencias que suspiran por las esquinas mientras observan cada uno de mis movimientos.
Me detengo de vez en cuando aquí y allá para prestar un instante de atención a algunos viejos conocidos desconocidos. En realidad, apenas sé más de ellos que su nombre y el par de fechas más importantes de su historia. Sólo en algunos casos alguien pareció preocuparse por añadir alguna fotografía, que se ve ahora antigua y descolorida, luchando día a día por evitar que el rostro de esa persona caiga en el olvido.
No sé cuánto tiempo dedico a vagar, aparentemente sin rumbo. Puede que hayan sido apenas unos minutos o tal vez mucho más. No lo sé. Y tampoco me importa.
Cuando finalmente me detengo, el silencio que resuena con estruendo parece espesarse hasta casi impedirme cualquier movimiento. Alzo la vista y contemplo aquello que he ido buscando. Ese nombre que, como tantos otros, está grabado en la fría piedra. Ese nombre que la mayoría pasaría por alto, por no ser más que uno entre una multitud, sin nada especial que atraiga la atención.
Pero para mí, ese nombre es distinto.
Para mí, ese nombre es… mágico. Al leerlo, aparecen ante mí imágenes de otros tiempos, vuelvo a ver, aunque sea por un instante, su rostro, sonriente y con los ojos brillando de alegría al verme. Un puñado de rosas otrora hermosas y suaves reposan ahora sin vida alguna junto a las letras y números que se esfuerzan inútilmente por resumir lo que fue una vida. Reemplazo con delicadeza las flores por las que llevo en la mano, limpio un poco con la mano el exceso de polvo que inevitablemente se acumula por todas partes. Me siento y vuelvo a posar mis ojos en esas letras doradas y frías.
Me asaltan de nuevo los recuerdos, los momentos, la memoria. Y casi puedo sentir de nuevo su abrazo, suave y cálido. Casi siento sus labios, dándome un millón de besos cada vez. Casi escucho su voz, hablándome con cariño, susurrándome al oído esas palabras que sabe que irán directas a mi alma y que ahora me hacen sentir feliz y desgraciada al mismo tiempo.
No la siento, pero una lágrima, pequeña y caliente, ha comenzado a deslizarse por mi mejilla.
Porque ella ya no está aquí y ese “casi” se me hace insoportable.
Porque ya no veo su sonrisa ni oigo su voz.
Porque ya no siento sus brazos rodeándome.
Porque no va a volver.
Porque la echo tanto, tanto de menos…
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Para ella, que siempre me acompaña, de una forma u otra.
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Gracias a AndreS - por la foto y el título
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#Escuchando… Wishing you where somehow here again - The Phantom of the Opera
Blanco puro. (Completo)
by Itahisa on Dic.15, 2008, under Relatos y otras tonterías
Blanco puro
Abrió lentamente los ojos.
Otra vez aquel maldito cielo blanco. Cómo lo odiaba.
Se sentó en el apestoso jergón que le servía de cama, con desgana, y se frotó los ojos. Mientras esperaba a que se habituaran a la luz, se miró las rodillas. Pequeñas costras de mugre marrón se pegaban a su piel, especialmente en los pliegues de la articulación, lo que le hacía parecer alguna clase de extraño y sucio reptil. Unos centímetros más allá, un bicho diminuto correteaba entre los pelos de sus piernas.
Estupendo.
Ahora no sólo necesitaba desesperadamente un baño, algo a todas luces imposible en aquel lugar, sino que además tenía parásitos.
«Las maravillas de la vida extraterrestre», pensó, con ironía.
-¡Ja! ‒dijo en voz alta, mientras se ponía en pie.
Mientras caminaba hacia la puerta del frágil tenducho de plástico semitransparente que se suponía su hogar, pensó que era asombroso que hubiera resistido la tormenta que se había desatado la noche anterior. Parece que los precarios remedios que le había aplicado habían servido para algo.
Blanco.
Todo blanco.
Cómo lo odiaba.
Deslumbrado por la radiante luz del exterior, aguardó unos instantes y a continuación avanzó, arrastrando los pies, hacia la caseta en cuya puerta había un cartel que rezaba “Comedor”.
-¡Ja! –repitió, tratando de no alzar demasiado la voz.
Otros como él se deslizaban, somnolientos, en busca de su ración diaria de nutrientes. Sin dejar de caminar, levantó el brazo izquierdo y comprobó el estado de la bolsita que llevaba pegada allí de forma permanente. El adhesivo la mantenía firmemente fijada a la delicada piel de la cara interna de su brazo, que desde hacía tiempo aparecía cubierta de diminutas ronchas rojas que delataban su alergia al plástico.
Fantástico.
Minutos después, mientras se cambiaba de forma mecánica la bolsa de suero que le proporcionaba las calorías, nutrientes y vitaminas que le mantenían aún con vida, pensó en qué podía suceder si no la conectaba al catéter que iba directo a la vena humeral. ¿Cuánto duraría con vida? Sin comida ni agua, era probable que no más de unos días, y más teniendo en cuenta la clase de vida que se veía obligado a llevar.
Sin embargo… ¿qué perdería? ¿Acaso había algo en aquella existencia miserable que le sirviera de aliciente para continuar? ¿Era realmente mejor seguir viviendo en aquellas condiciones que terminar con todo?
Una estridente alarma apartó momentáneamente aquellos pensamientos de su cabeza.
Mierda. Lo había olvidado.
El traslado.
Los zumbidos insistentes y repetitivos provocaron una estampida general. Por todas partes se oían los golpes sordos y metálicos de las puertas de las casetas principales al cerrarse bruscamente. Nadie debía quedar dentro, todos lo sabían muy bien.
Todos menos uno.
De forma automática, el grupo se había congregado en el centro del amplio semicírculo que formaban las casetas principales, aquellas que no estaban destinadas a servir de hogar a ninguno de aquellos desdichados y por ello poseían paredes sólidas y puertas automáticas. Y era precisamente desde detrás de una de ellas desde donde los oyeron venir.
Los gritos.
Enseguida supieron de quién se trataba. El novato. Había llegado hacía apenas unos días y no había tardado en ganarse la antipatía del resto del campamento. Aún no había dejado atrás la arrogancia y el orgullo que habían sido hasta entonces los rasgos principales de su carácter. Había sido importante en la Tierra, sí, muy importante. Pero ahora no era nadie.
Nadie.
Y ahí estaba, gritando desde detrás del inamovible muro de acero, sufriendo cortas pero intensas descargas eléctricas cada vez que se acercaba y lo golpeaba. Varios de los allí reunidos recordaron en aquel momento cómo el novato se había pavoneado ante ellos de los muchos contactos que aún tenía, de todo lo que aún poseía, y esbozaron una irónica sonrisa. Desgraciado. Como si fuera a servirle de algo en aquel maldito lugar.
No se podía escapar de aquella maldita roca ni de su cielo blanco.
Era simplemente imposible.
Imposible.
Nadie salía de allí.
De pronto, allí estaba de nuevo. El silencio. Al parecer, la última descarga había dejado inconsciente al estúpido novato. O tal vez le había matado. No lo sabían.
No querían saberlo.
A nadie le importaba.
Sin una palabra, el grupo se puso en marcha. Debían llegar al siguiente campamento antes de la caída del Sol o estarían muertos. Precisamente por eso los trasladaban, por el atardecer. Porque después de él llegaría la noche, y con ella, la oscuridad mortal. No necesitaban guardias que les obligaran a avanzar, látigos que restallaran en sus encorvadas espaldas, pues cada uno de ellos sabía que su supervivencia dependía de llegar al siguiente campamento antes del anochecer.
Ninguno de ellos había visto nunca con sus propios ojos lo que ocurría al ponerse al Sol, pero habían sido seriamente advertidos de las consecuencias que tendría el quedarse a comprobarlo. Los vientos ululaban al arrasar la superficie a varios cientos de kilómetros por hora mientras la temperatura descendía hasta casi el cero absoluto. La desolación que encontraban al regresar a los campamentos que dejaban atrás era la prueba de que nadie sobrevivía a la noche en aquella piedra.
Mientras andaba, cabizbajo y arrastrando los pies, mantenía la mente en blanco, evitaba pensar en lo que les esperaba al llegar a su destino, a más de cien kilómetros de allí. Colocar un pie delante del otro, eso es todo lo que tenía que hacer, que pensar. Pronto, el movimiento se convirtió en una inercia, en una repetición automática que mantenía su mente en blanco durante horas.
Cuando el desgraciado que le precedía en la silenciosa comitiva se detuvo, no pudo evitar chocar con él. Sus piernas estaban tan habituadas al movimiento que no sabían cómo parar.
-¡Ten más cuidado! ‒gritó el hombre, apenas mirándole por encima del hombro con el ceño fruncido.
Habían llegado a la primera de las casetas de suministros, igual en todo a las que había en el campamento que habían abandonado. No podían detenerse mucho rato allí, sólo lo imprescindible para cambiar los sueros, aunque que hubieran llegado hasta allí cuando el Sol aún se mantenía sobre el horizonte era una buena señal.
Mientras esperaba a que llegara su turno, recordó su último traslado, ya un poco borroso en su memoria. Había algo realmente potente en aquellas mezclas químicas que les daban durante los viajes. Al menos era lo suficientemente fuerte como para hacerles olvidar el dolor en los pies, los músculos acalambrados y la angustia de saber que cualquier retraso significaría la muerte. Gracias a aquellos sedantes, durante los próximos días no serían más que autómatas con la mente completamente vacía y el cuerpo ajeno a su voluntad.
«Qué mierda de vida», pensó, al recoger su bolsa de suero.
Un instante después se detuvo, absorto en el pensamiento más inquietante que había tenido desde que había llegado a aquel lugar.
«¿Qué pasaría si… no se ponía…?», se preguntó, antes de que el que le sucedía en la cola comenzara a insultarle por hacerle perder el tiempo.
Se apartó de la fila, con gesto ausente, mientras en su cabeza hervía aquella idea incendiaria. Miró atónito el blando objeto que sostenía en la mano, como si no supiera exactamente de qué se trataba.
«¿Por qué iba a hacerlo?», se preguntó.
Se recordó a sí mismo que apenas unos minutos antes había pensado en lo miserable que era su vida allí.
«¿O acaso había algo en ella que hiciera que valiera la pena?».
Pensó en los últimos meses. Un día blanco tras otro, solo, privado de su propia personalidad y voluntad, repitiendo de forma automática lo mismo una y otra vez, sin oportunidad para pensar, para sentir.
Miró, una vez más, el suero. Si lo tiraba, moriría. Sin embargo, ¿qué más daba? ¿Habría alguna diferencia entre morir y seguir llevando aquella existencia vacía?
Miró a su alrededor.
Blanco. Todo blanco.
Cómo lo odiaba.
Con una amarga sonrisa de despedida, lanzó hacia la caseta, ahora vacía, la bolsa de suero y comenzó a caminar en dirección opuesta a la silenciosa comitiva que se encontraba ya a muchos metros de distancia. Ya no tenía por qué seguir al grupo.
Apenas unos segundos después comenzó a escuchar un zumbido proveniente de su brazo derecho.
Mierda.
Hacía tanto tiempo que llevaba aquel maldito chip que lo había olvidado. Ahora no tardarían en ir a por él, sabía que en cualquier momento podían estar allí.
Sintiendo cómo un escalofrío le recorría lentamente la espina dorsal, echó a correr hacia delante, simplemente hacia delante. Una dirección u otra, no tenía importancia y no podía detenerse a pensar. Le encontrarían fuera a donde fuese, tenía que escapar cuanto antes.
Tras tropezar con una piedra y caer pesadamente al suelo, se levantó y continuó corriendo tan rápido como sus músculos ateridos le permitían. Y mientras lo hacía, prestó especial atención a su respiración entrecortada, al dolor en las pequeñas heridas que tenía en piernas y brazos a causa de la caída, en su corazón latiendo desbocado. Sonrió al pensar en todo ello y corrió aún más rápido, exprimiendo al máximo cada una de aquellas sensaciones únicas y preciosas.
Lo estaba haciendo.
Gritó como un loco, de pura alegría, mientras corría sin rumbo.
Hasta que no pudo seguir.
Ante él se abría un precipicio de varios cientos de metros de altura. Absorto como estaba en el tumulto de sensaciones que le recorrían, no lo había visto y apenas unos pocos centímetros de suelo arenoso le habían salvado de despeñarse. Se detuvo y apoyó las manos en las rodillas mientras recuperaba el aliento.
El pitido del chip se había vuelto más agudo e insistente con cada metro que se alejaba del grupo y en ese momento resultaba casi insoportable. Pero exceptuando eso, el silencio era absoluto en el lugar.
Miró al horizonte, al Sol que casi lo rozaba y se estremeció cuando un soplo de gélida brisa le alcanzó. ¿Qué se ocultaría en la oscuridad de la noche? ¿Sería tan terrible?
El cielo había dejado su anodino color lechoso para dar paso a una amplia gama de rojos, rosas, amarillos y naranjas que competían entre sí en belleza y convertían el ocaso en todo un espectáculo. Respiró hondo y lo contempló, conteniendo el aliento como si cualquier movimiento fuera a romper aquella hermosa ilusión.
El zumbido continuo de su brazo, que ya casi había dejado de escuchar, dio paso repentinamente a una serie de intermitentes chirridos y enseguida lo supo.
Ya venían.
Se volvió y observó el paisaje que había dejado a sus espaldas. En el horizonte, aquel cielo blanco, el mismo que había visto día tras día durante los últimos años.
Cómo lo odiaba.
En él, poco a poco, despuntaron tres luces que avanzaron paralelas con gran rapidez, hacia él. No tardarían mucho.
¿Había valido la pena?
Recordó cada una de las sensaciones que le habían embargado mientras escapaba. Había sido magnífico, no cabía la menor duda.
Temblando, se dio la vuelta y contempló el horizonte, ansioso. Se había levantado mucho viento y la temperatura había bajado varios grados, pero aún así no le parecía una situación tan peligrosa como para obligarles a trasladarse una y otra vez.
Hasta que la vio.
Allá, a lo lejos, muy por encima del lugar por donde se había ocultado el Sol, había una brillantísima estrella azul. Preciosa y única, se alzaba orgullosa y traía con su luz constante una marea de recuerdos, de momentos.
De instantes en los que no habría dudado al describir la felicidad, la belleza o el amor. Pero también el odio y la maldad, se dijo al recordar por qué estaba allí. La sola visión de aquella estrella solitaria bastaba para remover en su interior sentimientos y recuerdos que ya creía olvidados, le daba fuerzas renovadas y parecía simbolizar la llama de la esperanza que nadie debería perder. Pero él sabía a ciencia cierta que ya nada de aquello que había cnocido estaría allí para él, ni siquiera si conseguía regresar.
Y no podía volver.
A los pitidos del chip se había sumado ahora el ruido de los motores de las aernoaves que se acercaban con rapidez. Desde donde estaban podrían verle con facilidad, pero aún estaba demasiado lejos para ser abatido por sus armas de asalto, aunque sabía que no le matarían si podían evitarlo. La vida de un esclavo era demasiado útil como para desperdiciarla así como así.
Se obligó a sí mismo a recordar cómo había vivido día tras día alienado, sin voluntad ni razón, y lo comparó con los brevísimos pero preciosos instantes que había vivido poco antes y tomó una decisión.
No volvería a ser un esclavo.
No volvería a ver aquel maldito cielo blanco.
Cómo lo odiaba.
Decidido, miró por última vez a las luces que se acercaban, se volvió y dio un paso al frente al mismo tiempo que sentía cómo el tiempo se detenía, como el universo entero parecía concentrarse en aquel lugar. Sintió cómo su cuerpo se deslizaba en la gélida oscuridad del abismo, ingrávido, cada vez a más velocidad. La sensación de libertad era indescriptible.
A escasos metros del frío y duro lecho de roca, lo comprendió.
Por fin lo había conseguido.
Estaba viviendo.
Itahisa Nesoya González Álvarez
Blanco puro
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Ya lo sé, ya era hora de que lo terminara…
Y un día llegó desde el mar
by Itahisa on Dic.01, 2008, under Foto del día, Relatos y otras tonterías
Me he quedado mirándolo un rato, como ausente, creyendo tener la mente en blanco cuando en realidad había una idea, más bien un recuerdo, que me ronda. ¿Cuánto tiempo lleva con nosotros? No lo recuerdo.
Apareció una tarde como cualquier otra, solo, en silencio. Una ola tranquila y juguetona lo arrastró hasta aquellas piedras afiladas en las que quedó enganchado, colgando precariamente. Por lo que sé, pudo haber estado ahí durante horas, hasta que su balanceo al son del mar atrajo mi curiosidad y bajé por la senda estrecha del acantilado para saber qué era.
Nunca habría imaginado encontrar algo así en aquel lugar.
Lo recogí con cuidado y me lo traje a casa, donde lo lavamos y curamos sus (muchas) heridas. Después de eso, fue recorriendo la casa poco a poco, según dónde nos parecía que quedaba mejor o molestaba menos, hasta que un día simplemente dejé de verlo. Al menos, de verlo como aquel primer día.
Ahí estaba hoy, en el suelo, roto, sucio y solo.
Me parece que me tocará salvarle.
Otra vez.
Cuento surrealista improvisado
by Itahisa on May.16, 2008, under Paridas varias, Relatos y otras tonterías
No tengo muy claro qué título debería ponerle al cuento, aunque surgió en principio como “Itahisita y la mascarilla mágica”, aunque luego fue deformándose y ha terminado siendo una cosa totalmente surrealista y carente de sentido. Fue escrito prácticamente de forma automática, tecleando lo primero que se me ocurría, durante una conversación en el msn, así que no lo tengan demasiado en cuenta…
Simplemente me pareció una pequeña historia simpática que podría valer la pena compartir aquí…
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Había una vez…
Una pobrecita niña huérfana en el país de los caramelos peludines. La malvada dueña y directora del orfanato siempre la obligaba a limpiar todos y cada uno de los pelos que cubrían las alfombras, paredes y cristales de la gran mansión peluctoriana, pues todos aquellos objetos estaban hechos del más puro y dulce caramelo que se pueda imaginar y para ello servían todos aquellos cabellos metálicos que los cubrían, para evitar que los curiosos humanos cayeran en la tentación de acercar sus primitivas bocas a ellos.
Debido a esta composición magnífica y estrafalaria a la vez, todos los edificios del país de los caramelos peludines eran curiosamente translúcidos y convertían cada uno de los hogares en excepcional escaparate del modo de vida local.
Un día especialmente caluroso, Itahisita, la huérfana, hervía agua para preparar la más deliciosa infusión de camomila para su ama, Dorilda, cuando el accidente ocurrió. Distraída por el canto de un canario caramelizado peludín, la pobre niña derramó sobre el suelo una importante cantidad de agua en ebullición, derritiendo así todo el caramelo que constituía el suelo de la casa.
Antes de que pudiera reaccionar, cayó por el agujero abierto en el suelo hasta alcanzar el sótano, milagrosamente mullido debido a que era el lugar habitual de almacenamiento de las alfombras fuera de temporada. Sin embargo, no estaba a salvo, ya que el caramelo derretido cobró vida rápidamente y comenzó a destruir todo cuanto se ponía a tiro, incluyendo el resto del suelo de la maltrecha cocina. La pobre Itahisita, que había quedado tendida sobre las alfombras, nada pudo hacer al respecto, pues había quedado inmovilizada por las agudas espinas de los guardianes del caramelo derretido.
Y entonces…
Una furiosa corriente de caramelo líquido se precipitó desde la puerta de la cocina y fluyó hasta el sótano, sepultando a la pobre Itahisita en un cuasihirviente y dulce mar. No mucho después, llegó hasta el lugar Dorilda rugiendo y gritando a los cuatro vientos que si todo aquello había sido obra de la inepta Itahisita la echaría a la calle sin la menor compasión
Sin embargo, al verla gritar y patalear en el interior del caramelo cristalizado, sus compañeras de orfanato se compadecieron de ella y lloraron y lloraron hasta conseguir retirar de su cuerpo hasta el último dulce cristal
Pero hubo algo que no consiguieron reparar…
La melena de Itahisita, antaño sedosa y brillante, era ahora una opaca maraña salida de la peor de las pesadillas, tan enredado que nadie se atrevía a intentar deshacer ni uno sólo de aquellos infernales nudos. Por si fuera poco, cientos, miles, quizá millones de fragmentos de dorado cristal de caramelo se adherían a las fibras y convertían la cabeza de la niña en una desgracia de espantosa escultura capilar
Al ver el estado en que había quedado, todos supieron lo que aquello significaba: para poder vivir en el país de los caramelos peludines era estrictamente necesario poseer una melena perfecta, pues de otro modo sería una pesadilla la vida en el lugar. A pesar de eso, Itahisita era una niña terca y decidió intentarlo. Menos de dos días después, sucumbió ante la evidencia
El espanto que había anidado en su cabeza se enredaba en todos y cada uno de los metálicos cabellos de las paredes, alfombras y cristales y la huérfana se veía obligada a gritar y llorar hasta que alguien acudía y rescataba su cabeza, algo que no siempre sucedía con la suficiente rapidez. Finalmente, con gesto apesadumbrado, Itahisita abandonó el país de los caramelos peludines una fría mañana de enero.
Nadie acudió a despedirse de ella.
Todos estaban demasiado ocupados cuidando de sus hermosas y perfectas melenas como para preocuparse por una andrajosa como ella.
Así, la niña se puso en camino, sin saber exactamente a dónde debía ir, ni si habría alguien que pudiera ayudarla en algún sitio.
No sabía nada.
Y estaba sola.
La primera noche que pasó fuera de su hogar, observó atentamente el gran techo oscuro que todo lo cubría. En él brillaban millones de diminutos puntitos de distintos colores, que a Itahisita se le antojaron lo más bello que había visto en su vida y se preguntó qué clase de caramelos serían.
-No puedes saberlo -dijo una voz a su espalda.
Confusa, Itahisita miró a su alrededor, pero no encontró a nadie ni nada que hubiera podido emitir aquella voz.
-Aquí, aquí abajo -dijo la voz.
Al mirar con más atención, Itahisita descubrió a un diminuto jilguero caramelizado peludín que observaba con curiosidad.
-Me llamo Jilguero Caramelizado Peludín -dijo el animalito-. Pero puedes llamarme Jil.
Tras esto, guiñó uno de sus simpáticos y dulces ojos y revoloteó hasta el hombro de la niña, que aún no salía de su asombro.
-Yo… me llamo Itahisita -respondió.
-Ya lo sé -interrumpió Jil-. Te he estado siguiente desde hace unos días. Sé a dónde debes ir.
-¿Ah, si?
-Sí, debes ir al país de las pelambres esculturizadas, allí nadie te marginará, Itahisita.
-¿El país de las pelambres esculturizadas?
-Sí, me han dicho que allí todos tienen el mismo problema que tú, así que han aprendido a vivir con ello.
Un poco triste, la niña comprendió que Jil hablaba de resignarse a tener por siempre aquella melena tiesa y maloliente que tanto le desagradaba y un par de peludas lágrimas corrieron por sus líquidas mejillas.
-No -anunció Itahisita con determinación-. Sé que en algún lugar habrá alguien que pueda ayudarme a recuperar mi pelo. No me rendiré tan fácilmente ante los guardianes del caramelo, ¡lucharé! No sé dónde ni cuando, pero encontraré algo que me salve de la marginación del país de los caramelos peludines.
Jilguero caramelizado peludín emitió una serie de soniditos ininteligibles que llamaron la atención de Itahisita.
-¿Qué te ocurre, Jil?
-Yo… es que… yo…
Sus caramelizadas mejillas se tiñeron de gominola de fresa mientras levantaba una verde hoja de azúcar glass que había cubierto hasta entonces su cabeza. Y entonces Itahisita pudo contemplar el gran secreto de Jil: una trenza muy larga y con mal aspecto se enrollaba en torno a su cráneo, formando un extraño cono peludo que a nadie hubiera extrañado encontrar en un almacén de productos de limpieza de baja estofa.
-¿Puedo ir contigo? -susurró Jilguero Caramelizado Peludín mientras contenía las lágrimas.
-¡Oh, claro que sí, Jil! Juntos encontraremos la solución al pelo estropajo, ya lo verás.
Y así, pájaro caramelizado y huérfana desgraciada comenzaron a recorrer los múltiples caminos del mundo de las Ciudades sin Sentido.
Un día, vieron en el horizonte la silueta de la ciudad más espantosa que podían imaginar. Un sinfín de palos marrones de distintas alturas y grosores se alzaba hacia el cielo, llegando a triplicar el menor de ellos a la más alta casa de caramelo peludín. Sobre aquellos palos marrones, unas bolas verdes y huecas alojaban a unos esmirriados seres portadores de narices ganchudas y afiladas y cuatro hileras de dientes que sobresalían por las comisuras de su boca vertical. Eran aquellos los llamados entíforos, aunque Itahisita y Jilguero Caramelizado Peludín no lo sabían aún.
Si lo hubieran sabido, no habrían trata de acercarse a ellos…
Cuando apenas debían recorrer unas decenas de metroludines para entrar en la ciudad, un gran foso se abrió bajo sus pies, tragándose sus cuerpos y consciencias al instante. Para cuando despertaron, se encontraron en una sala oscura, muy oscura. Por encima de ellos, la tierra del techo rezumaba humedad y llenaba el estrecho lugar de un olor ciertamente desagradable.
Algo confusa, Itahisita trató de ponerse en pie, moviendo con el máximo cuidado su voluminosa cabeza peluda para evitar que la maraña que tenía por cabellera se enganchara en cualquier sitio. Sin embargo, para su sorpresa, su cabeza parecía más ligera que nunca. A su lado, Jil se había despertado y parecía notar la misma sensación de ligereza que ella, a juzgar por su carita caramelizadamente asombrada. Cuando alzó el piquito y observó a su compañera de viaje, un chillido salió de él hasta casi quebrar la delicada estructura que lo componía.
-Itahisita… -dijo, cuando consiguió recuperarse-. Estás…. ¡¡¡calva!!!!
-¿¿¿¿¿¿Quéeeeeeeeeeeeee?????? -preguntó la niña mientras alzaba las manos para tocarse la cabeza.
Era cierto.
Ni el más mínimo rastro de pelo quedaba en ella. Era la suya una bola lisa y brillante capaz de rivalizar con la luna gominolizada en su más hermosa noche. Con cuidado, Jil retiró la verde hoja de azúcar de su cabeza y miró hacia Itahisita, que le miró fijamente, desconsolada.
-Tú… también estás calvo… -dijo, con pesar.
-¿De qué os sorprendéis? -dijo la gumivoz más aguda que cualquiera de los dos había oído en toda su vida-. Los entíforos son así, todos lo saben….
Caminando a tres patas por el techo, apareció una monstruosa criatura con ojos enormes y blancos y un cuerpecito esmirriado que culebreaba entre las piedras que sobresalían aquí y allá de la masa terrosa.
-¿De dónde venís que no sabéis que los entíforos consideran el pelo como el manjar más delicioso?
-Del país de los caramelos peludines -respondió Jil, en el acto.
-¡Oh! Hermoso país… yo pasé allí la más hermosa temporada de mi existencia, claro que eso fue antes de caer en las manos de estos apestosos entíforos
Sorprendida de encontrar allí a alguien que conocía su país, Itahisita comenzó a preguntar inmediatamente cosas al extraño, que se mantenía fijo al techo por medio de su uña central en forma de garfio
-No siempre he tenido este aspecto -comentó el ser-. En mi juventud podía ciertamente considerárseme hermoso y fueron muchas las criaturas que me amaron en diversas Ciudades sin Sentido, pero la más especial de ellas vivía en vuestro país, el de los caramelos peludines. Se llamaba Zaibrega y tenía la melena más hermosa de todas cuantas puedas hallar en el país con las más hermosas cabelleras del universo.
-¡Eh, viejo! ¿A qué viene esta historia?
-Tú a callar, si la cuento es porque me da la gana, pajarraco –replicó con aspereza el bicho-. Nunca nadie había visto antes un color como el suyo, un brillo como aquel. Por ello, había sido nombrada princesa peludina de honor y todos la admiraban. Pocos días después de conocernos nació nuestra hija, Pelufrina de los Macalufos. Lamentablemente, justo después, por accidente, Zaibrega murió.
-¿Por accidente? -inquirió Itahisita.
-Sí, un día se agachó para atarse los cordones de sus zapatos nuevos y al levantarse, pisó uno de los mechones de su pelo, dio una voltereta y se estranguló con él… Algo realmente trágico…
Jil contuvo la risa a duras penas y recibió a cambio una mirada asesina por parte del curioso ser que seguía anclado al techo mediante la afilada garra que salía de su abdomen.
-¿Qué pasó después?
-Veo que he captado vuestra atención -continuó el desconocido, mirando significativamente a Jil-. Una vez muerta Zaibrega, Pelufrina no me interesaba lo más mínimo, así que la dejé donde mismo estaba y me fui sin volverme a mirar atrás.
Jil, que tenía una intuición, interrumpió una vez más.
-¿Cómo era aquella Zaibrega? ¿Cuándo ocurrió todo esto?
-Ya te he dicho cómo era, pájaro idiota -respondió, malhumorado-. Lo que más llamaba la atención en ella era su magnífico pelo rosa chicle, el color era tan intenso como el de las gominolas de fresa recién cosechadas, o el de las nubes de algodón bañadas por el zumo del atardecer. Nada podía compararse a ella.
-¿Rosa chicle? -preguntó Itahisita, estupefacta.
-Acaso tenéis caramelo en los oídos?
-Es que yo… yo… mi pelo… era de color rosa… -dijo Itahisita-. Y todo el mundo me dijo siempre que nadie, salvo mi madre, había tenido nunca el cabello de ese color…
Tras mantener el silencio por algunos segundos, el desconocido descolgó su cola reptiliana del techo y miró fijamente a la niña calva.
-Pelufrina… –comenzó a decir, con una voz extrañamente grave y metálica-. Yo soy tu padre…
Contemplando con tristeza la prístina cabeza de su hija, el de los garfios comenzó a llorar amargas lágrimas de blandiglue. En ello estaba, muy entretenido, cuando un sonido proveniente del exterior atrajo su atención.
-¡¡¡¡¡Debes salir de aquí!!!!!!!! -gritó, histérico.
Su voz se había vuelto tan aguda que producía dolor de cabeza pero Itahisita, comprendiendo que en aquella tortura sonora se escondía su libertad, aguantó y trató de comprender cada una de las palabras que el bicho que dijo que era su padre había pronunciado a toda velocidad.
-Veteporlaizquierdaalfondodeltúnelluegosiguetodorecto –paró un instante para respirar- cuandonoteselairefétidodelasalcantarillasentíforastírateaellasynadahastaqueveaslaluz…
-¡Oh, gracias, papá!
Itahisita se inclinó para abrazar al semireptil cuando este hizo un gesto negativo revolvió entre algunas de las escamas de su costado y sacó una preciosa cajita rosa brillante. La abrió con muchísimo cuidado mientras con uno de sus tentáculos impedía a Itahisita que se moviera de donde estaba.
-Esto… –dijo-. Perteneció a tu madre, a Zaibrega… Ella habría querido que fuera para tí en este momento…
Itahisita sintió que las lágrimas de emoción se agolpaban en sus ojos.
-Por cierto –continuó el bicho-, debes saber que la saliva de los entíforos es poderosamente tóxica y que posiblemente te queden menos de cinco horas de vida, hija mía… ¡ah, no! Lo siento, ¡me he confundido! Esta saliva sólo es tóxica para los seres caramelizados con vida propia, así que lo siento, pajarraco cabrón, vas a morirte enseguida…
Al acabar de decir estas palabras, la risa más sincera y divertida salió de su garganta de crustáceo reptiliano y recorrió el húmedo túnel.
-Bueno, volviendo a la cajita de tu madre…
Itahisita estaba a punto de echarse a llorar, tanto por lo que había dicho su adorado padre al pobrecito Jil como por el momento en que había creído que había sido ella la que iba a morir. Y aunque no dijo nada en voz alta, se alegró de que fuera el jilguero caramelizado peludín el que la diñara y no ella.
-¡Que me hagas caso, niña! -chilló su padre, histérico de nuevo.
Atraída por el grito, Itahisita observó atentamente la caja de plástico rosa que tenía una B grabada en la parte superior.
-Nunca se lo dijo a nadie -comentó-, pero a tu madre no le gustaba nada su nombre y siempre prefería que la llamara Barbie, por eso esta ridícula B, ya ves… He guardado esta diminuta cajita durante años y ahora por fin le encuentro una utilidad, además de la de rascar con ella entre las escamas cuando no alcanzo bien con los tentáculos… Este es el último regalo que me hizo tu madre, Epinefrina…
-Pelufrina, papá…
-¿Qué más da?
Mientras desenroscaba con cuidado la tapa con ayuda de uno de sus babosos tentáculos acorazados, el padre de Itahisita contó que en aquella época había comprado su primera nevera peludita, pues era verano y los pelados no se conservaban igual sin frío.
-Barbie, queriendo añadir algo al recién comprado peluctrodomestico, me hizo este regalo –añadió.
Y por fin, pudieron verlo.
En el tarrito rosa había un extraño potingue blanco que olía ciertamente mal y despedía un sospechoso vapor verdecillo.
-Esta es la mascarilla capilar que usaba tu madre, Pulefrani.
-Pelufrina, papá -respondió con fastidio.
-¡Que me dejes, niña!
-Papá… si no tengo pelo… ¿para qué quieres que use esa cosa?
-Para cuidar la herencia de tu madre… Yo ya soy viejo y no puedo seguir haciéndome cargo de algo tan importante. Los entíforos hace años que lo buscan, saben que es el cabello más sabroso al oeste del Missisipi y pelean entre ellos por ver quién será el afortunado que le hinque el diente.
-Y… ¿qué es la herencia esa, papá?
-Ven conmigo, hija mía…
Se dirigieron ambos con paso solemne hasta el final de la galería y allí, en vez de girar a la izquierda como había indicado anteriormente el crustáceo insecto se desviaron hacia la derecha, donde un par de lucecitas parpadeantes indicaban la existencia allí de un poderoso peluctrodoméstico.
- Esta es mi nevera, hija. Saluda, que no crea que eres maleducada
-Ehm… Hola, nevera.
-Así me gusta –dijo, sonriente.
Al encender el padre-sin-nombre una de las luces del túnel-celda, Itahisita Pelufrina vio aquello que su padre había dicho que sería suyo. La herencia de su madre.
El más maravilloso imán para la nevera que nadie había visto jamás.
Un larguísimo y precioso cabello rosa chicle se doblaba sobre sí mismo formando fractálicos y peludos bucles que se mantenían firmemente unidos gracias a la más efectiva gomina de todos los tiempos. En el extremo superior, un poderoso imán mantenía la obra de arte sujeta a la metálica cubierta de la nevera.
-Este ha sido mi mayor tesoro durante años, hija mía. Ahora debes tenerlo tú…
Itahisita Pelufrina, incapaz de contener las lágrimas, comenzó a agradecer el regalo a su padre en un ininteligible galimatías semicaramelizado. Tomándolo delicadamente con los dedos, Itahisita acercó el imán hasta su calva cabeza y… lo fijó.
Padre-sin-nombre, asombrado, observó.
-No quiero que te enfades por esto, papá, pero creo que realmente mi padre es esta nevera. Las radiografías lo confirman…
El crustáceo insecto suspiró, resignado, antes de contestar.
-Siempre supe que me la pegaba con alguien… Creía que era aquel pipiolo del Ken, pero esta nevera… nunca lo habría imaginado.
-Vete, hija. Esto tenemos que solucionarlo entre hombres –dijo, con gesto triste-. ¡Te reto a duelo, neverucha desagradecida!!!
Mientras escuchaba a su padre vociferar contra el peluctrodoméstico, Itahisita corrió en busca de Jil, que convulsionaba en los últimos estertores, agonizando horrorosamente mientras de su boca surgía con cada tos un hilillo de azúcar glass.
-¡Oh, Jil, lo siento! No debí dejarte acompañarme, era un viaje demasiado peligroso para un pajarillo como tú… Deberías haber ido al país de las pelambres esculturizadas, como siempre quisiste…
-Sí, cabrona, ya lo sé, no debí seguirte, ahora por tu culpa la estoy palmando… cof, cof…
Y con un vapor de harina integral, Jilguero Caramelizado Peludín VIII, heredero de la saga más famosa de jilgueros peludines, la palmó.
Itahisina Pelufrina corrió entonces hacia la salida que su padre le había indicado. Corrió con toda su alma, esquivando por el camino los garfios y las pinzas asesinas de su padre que luchaba a calambrazos contra la malévola nevera que le había birlado la novia en sus narices.
Estaba exhausta cuando llegó finalmente al comienzo de las alcantarillas entíforas, el lugar más pestilente y asqueroso de todo el continente. Antes de lanzarse, tuvo una ocurrencia.
Sacó con cuidado la cajita rosa con la mascarilla de su madre y untó delicadamente cada centímetro de la fibra capilar rosa chicle que llevaba ahora adherida a la frente.
Así no se estropeará, se dijo. Y al terminar, sacudió la cabeza para airear su preciosa y recién nutrida melena.
-Si es que yo lo valgo –dijo.
Epinefrina, digo Pelufrina Itahisita de los Macalufos, tomó aire hasta llenar al completo sus pulmones, apretó con fuerza la cajita rosa con la B inscrita contra su pecho antes de saltar al agua fangosa y oscura.
La libertad, aunque apestosa, ya estaba allí. Y su nueva melena.
Podría regresar a casa.
FIN
¿Posible título?
Hasta pronto!!!
PD: Lo próximo, PUM…
·
DEMENTE
by Itahisa on May.07, 2008, under Días malos, Relatos y otras tonterías
Escribí este relato hace algunas semanas,
no he vuelto a leerlo desde entonces, pero me parece que
se merece un lugar en el blog y si no lo pongo ahora, probablemente
lo olvide…
A ver qué les parece…
___________________________
No podía ser. Otra vez no.
Aquellos que con una sola palabra podían destrozar sus más anhelados sueños habían vuelto a hacerlo.
Y sin ninguna compasión.
Otra vez.
Poco importaba lo que había estado esperando la ocasión, las ganas o ilusiones que tenía al respecto.
Habían sido más inflexibles que el acero, más crueles que el inexorable tiempo y de un plumazo habían hecho volar el hermoso pero frágil castillo de naipes al que había dedicado tanto tiempo y esfuerzo. Pero ellos eran así.
Ahora era su turno. Tenía que recoger los pedazos para tratar de rehacer el delicado cristal de su vida, pero sabía muy bien que sería difícil, muy difícil.
¿Qué debería hacer ahora? ¿A quién recurrir cuando todos los que estaban a su alcance le habían fallado? ¿Cuándo no tenía a nadie que le ofreciera una mano amiga?
Un susurro atrajo su atención hacia la pequeña y cálida criatura que se había situado a sus pies. Con tristeza, sonrió y dedicó un gesto de cariño hacia ella.
Sí, a ella siempre la tendría cerca para brindarle todo el cariño que cabía esperar de un ser de su especie. Y le ofrecía una oportunidad diaria de mostrar todo lo que podía dar cuando se le permitía, que no era muy a menudo.
Atraída por el nuevo olor que había surgido en su entorno, la criatura se alzó con parsimonia y olisqueó el húmedo rastro que las lágrimas habían dejado en la cara de su amigo. Como deseando hacer algo por él, acercó la suya propia a la hirviente piel de aquel que la miraba guardando en sus ojos todo el amor del mundo, que era para ella, una pequeña e insignificante criatura invisible a los ojos de todos. No tenía a nadie mejor a quien ofrecerlo. Y ella al menos lo apreciaba.
–¿Por qué no podemos quedarnos siempre aquí dentro, amiga? –se preguntó el humano con pesar.
El mundo y las personas que lo habitaban hacían demasiado daño y tanto ella como él lo habían experimentado demasiadas veces como para resistirlo por mucho tiempo más. Resultaba mucho más sencillo aislarse, pero la soledad era dura, muy dura, especialmente en momentos como ese… aunque la criatura que se agazapaba a sus pies la hiciese más llevadera.
Sin embargo, tenía demasiado orgullo como para decir a nadie una sola palabra acerca de sí mismo o sus necesidades. Nadie sabría jamás por su propia boca lo mucho que había deseado algunas veces una presencia cercana o un simple gesto amigo.
El aire comenzaba a enrarecerse entre aquellas cuatro paredes que le encerraban desde hacía demasiado tiempo. Hacía tantos días que no salía más que para lo más estrictamente necesario que ya ni recordaba cuándo había sido la última vez ni por qué lo había hecho.
Una lágrima se deslizó por su rostro al recordar algunos momentos felices vividos hacía demasiado tiempo en un lugar muy muy lejano. Entonces había deseado que todo pudiera ser siempre así, pero sabía que era un deseo absurdo e irreal, pues aquel micromundo en el que se permitía relajarse y ser feliz probablemente terminaría destruyéndose si se convertía en algo cotidiano. La rutina, el big bang de aquel universo maravilloso. De todos modos, había quedado demasiado atrás, demasiado en la distancia y el tiempo como para recurrir a él ni siquiera en esos momentos en los que se sentía tan miserable.
Cada vez era más duro respirar, el aire parecía fuego al inspirar y hielo al exhalarlo. Tenía que salir de allí, lo necesitaba. Buscaría un lugar en el que gritar su frustración y su rabia con el mundo sin que alguien le considerara demente. Él no era un loco, simplemente necesitaba sacar de sí mismo todo aquello que le carcomía el alma. Porque no podía entender qué había hecho para que ese mundo le correspondiera con tanta desilusión y fracaso. Porque le había pasado demasiadas veces pero aún no había podido hacerse a la idea.
Sin pensarlo demasiado, se levantó y comenzó a ponerse los zapatos que tenía más cerca, sin fijarse en si iban bien con lo que llevaba puesto. No pensaba cambiarse de ropa, aquel viejo chándal negro y la camiseta raída y desteñida que un día había sido del mismo color serían suficientes. Hacía mucho frío fuera, pero no importaba, pensaba correr y gritar hasta que las fuerzas le abandonaran por completo.
Ella protestó al perder el apoyo y el calor que había buscado intencionadamente junto a sus pies. Al percatarse de que su amigo dejaba la habitación, se levantó para después desperezarse con elegancia.
–No puedes venir conmigo –dijo con dulzura-. Mejor quédate durmiendo.
Como respondiendo a sus palabras, la criatura bostezó. Dedicándole una última caricia, el humano salió rápidamente de la estancia dejando la puerta abierta.
Con sigilo, bajó las escaleras hasta la gran sala que ocupaba toda la planta baja del edificio. Aquellos a quienes tanto temía, los mismos que ese día habían vuelto a acabar con su ilusión, no estaban allí, por suerte para él. De cualquier modo, extremó las precauciones al llegar hasta la puerta de la calle, que se abrió sin un sonido. Al cerrarla, en lugar de hacerlo con un golpe, como hacía la mayoría de la gente, sacó la llave con cuidado de que no tintinearan los cascabeles que llevaba junto a ellas y cerró muy cuidadosamente. Doble vuelta.
La verja metálica que separaba el diminuto jardín de la calle era su último obstáculo. Sabiendo que haría mucho ruido si usaba la llave para abrirla, optó por saltarla y dejarse caer el otro lado con suavidad.
Ya estaba.
Lo había conseguido.
Respiró hondo y miró a su alrededor. Las espesas nubes presagiaban lluvia, pero seguramente no tendría tanta suerte como para que cayera una sola gota del cielo. Algunas farolas estaban apagadas y conferían a la calle un curioso aspecto siniestro con sus luces y sombras.
En el cielo, la luna creciente reinaba esplendorosa sobre un mundo plagado de nubes que parecían rendirle eterna pleitesía tiñéndose de blanco con su ceniciento resplandor. Otras, más atrevidas, se atrevían a acercarse a ella para obsequiar a su emperatriz con las más tenues caricias.
–Incluso la Luna lo tiene más fácil que yo, siendo inalcanzable… -dijo para sí mismo, observando con tristeza.
Debía dejar aquellos pensamientos. Él no necesitaba a nadie, podía vivir solo. Concentró sus pensamientos en el futuro más inmediato.
Hacia su derecha, la calle interminable iluminada de forma intermitente. Nada interesante le esperaba por allí.
Hacia la izquierda, un sinfín de posibilidades asaltó su mente, deseosa de hallar un lugar en el que nadie destruyera lo que más quería. Si algún día lo encontraba, regresaría sólo para buscarla a ella, a su compañera, su amiga. No podía dejarla allí. Pero… ¿lo encontraría realmente?
Dio un paso al frente.
Respira, se dijo.
Otro paso más.
Sentía el olor de la libertad. Echó a correr mientras gritaba, emocionado, ante la sensación más auténtica que había experimentado en mucho tiempo. Libre. Era libre. Sólo tenía que desearlo para serlo realmente.
Libre.
Y de pronto, la luz. Nunca había visto algo similar. Estaba totalmente cegado por el deslumbrante resplandor que irradiaba aquella inmensa ventana. Con sorpresa, descubrió unos gruesos barrotes metálicos tras ella. Las paredes, de un blanco inmaculado, reflejaban cada una de las partículas luminosas y las llevaban hasta sus ojos para herirlos sin piedad.
El silencio más profundo dejó paso a un sonido nuevo. Alguien gritaba.
Eran sus propios chillidos los que escuchaba como si provinieran de otro mundo.
No sabía por qué lo hacía. Estaba solo de nuevo entre cuatro paredes, pero aquellas ya no eran las mismas. Éstas estaban desnudas, no había en ellas rastro alguno de su escasa vida.
Y allí no estaba ella. El terror atenazó sus músculos al comprenderlo. Desesperado, la buscó por los rincones, sin éxito. Estaba solo de verdad.
La nívea puerta se abrió de golpe a sus espaldas. Pensando que podría ser ella, el humano se volvió para contemplar con horror cómo unos brazos fuertes y duros como el acero le levantaban en peso y le sacaban a rastras de la relativa seguridad del cuarto.
Desde la puerta, una mujer vestida de blanco contemplaba la escena con lástima. El chico gritaba sin cesar, llamando con la más auténtica angustia a la compañera inexistente. Entre lamentos, sonidos ininteligibles sin lógica y palabras que se entremezclaban de la forma más confusa que cabía imaginar. Alcanzó a comprender algunas.
Libre. Compañera. Sueños. Ayuda.
No.
No quería seguir escuchando, pues sabía que los sentimientos podían a llegar a obstaculizar su trabajo. Eso era lo más importante para ella.
Mientras observaba cómo se llevaban al joven, echó una ojeada a la carpeta que yacía sobre una mesita junto a la puerta.
Sin familia.
Sin amigos.
Situación de abandono.
Inestabilidad.
Ataques de ira.
Angustia.
Tristeza.
Soledad.
Depresión.
Alucinaciones.
Paranoia.
Con un gesto de indiferencia, dio la espalda a aquellas palabras que parecían resumir una vida.
Sabía exactamente qué era aquel chico al que por un instante compadeció. Poco importaba qué había detrás de aquellas letras que le etiquetaban tan implacablemente. Nunca sería más que lo que ellas proclamaban. Nadie podría escapar de la última palabra escrita en la carpeta, y mucho menos él. Porque era lo que era.
Un demente.
DEMENTE.
Donde viven los ángeles
by Itahisa on Abr.22, 2008, under Relatos y otras tonterías
No me ha quedado como yo quería. A pesar de eso, lo dejo aquí
porque después de un montón de horas con él me siento
incapaz de expresarlo mejor…
Tal vez algún día lo reescriba,
pero de momento,
no doy más…
U_U
No podía dejar de observarla. En vida, había sido su protector, su ángel guardián, pero ahora ya no podía hacer nada por ella más que mirarla, preocuparse y sentir cómo se le encogía el alma un poco más cada día. Había acudido a su encuentro cuando murió, sola en aquella calle fría y húmeda, pero ella gritó y corrió. Su rechazo aún le dolía, pero podía comprenderlo.
Hacía demasiado tiempo de aquello. Temeroso de que perdiera el rumbo en su alocada huida y se perdiera para siempre, había proyectado en la Oscuridad el Universo que su protegida tanto amaba y había mantenido así abierta para ella una puerta a la Luz. Aquel mundo de tinieblas era bello, pero también muy peligroso, aunque ella no podía saberlo. Su esencia se debilitaba minuto a minuto, y muy pronto desaparecería por completo. Y él con ella.
Su princesa de las estrellas.
Había comenzado a llamarla así aún en vida. Seguía cada uno de sus pasos, compartía sus alegrías y desdichas. Lloró cada una de sus lágrimas, que por desgracia fueron muchas, y había amado su sonrisa, haciéndole olvidar las reglas de la prudencia. Si hubiera podido, habría vuelto a la vida por ella, para darle un poco de la felicidad que merecía. Sin embargo, era imposible, así que se había conformado con ser una parte invisible de su vida, una presencia que la acompañaba cada minuto, sin descanso. Y ahora veía cómo su auténtica muerte provenía del lugar que había sido el origen de sus mayores alegrías.
Ella le había condenado al huir. El limbo no era lugar para un alma como la suya. Allí vagaría sin rumbo, sola, por siempre, desapareciendo poco a poco. Había tratado de llegar hasta ella, pero su condición angélica se lo impedía. Había gritado su nombre mil veces, pero ella no escuchaba. Ahora sólo podía esperar el momento de su muerte, que llegaría cuando el alma de su protegida desapareciera para siempre.
Sabía que ocurriría pronto. Tal vez ella lo supiera también, pues con cada suspiro sus fuerzas se iban debilitando y aquella ilusión que había creado para ella comenzaba a esfumarse. Cuando la oscuridad volviera a reinar a su alrededor, ambos morirían.
No le quedaba sino esperar.
—
Flotaba, ligera e ingrávida, inmersa en aquel espacio negro e infinito. Tumbada en un halo de nube, contemplaba la sutil belleza de las estrellas mientras el más auténtico silencio que se pueda imaginar resonaba en sus oídos.
Suspiró.
¿Desde cuándo estaba allí?
No lo sabía, ni quería saberlo. Para ella todo era igual, el espacio, el tiempo… Podría haber estado allí toda la eternidad.
Tal vez llevaba allí desde entonces.
Estaba volviéndose loca.
Algo llamó su atención y apartó aquellos pensamientos de su cabeza. Una de sus estrellas había muerto. En su lugar habitual ya no estaba su delicada luz. No. Ahora su materia se dispersaba por el negro océano del universo en una onda llena de color. Cualquiera vería aquello como el más maravilloso de los espectáculos, quedaría extasiado ante la muerte más hermosa que se podía contemplar.
Pero ella no.
Se mantuvo tan silenciosa e indiferente como el resto de las gigantes luminosas que la rodeaban. Algo en su interior se agitó, pero el sentimiento desapareció en un instante. Estaba acostumbrada. Su rebaño había sido lo suficientemente numeroso como para que una más o una menos no hicieran una gran diferencia. Ahora ya no había tantas estrellas en su cielo, pero poco le importaba.
Silencio.
Vacío.
Muerte.
Aburrimiento.
Nada ocurría, nada salvo la lentísima expansión del cadáver de aquella estrella. El color que irradiaba suponía una agradable novedad en el paisaje, pero sabía que, a sus ojos, tardaría poco en transformarse en una anodina mancha gris del cielo.
Cuando había llegado a aquel lugar que ahora era su hogar, había sido incapaz de ver nada allí más que oscuridad y vacío. Pero poco después, cuando sus ojos se adaptaron, habían ido apareciendo, uno a uno, los majestuosos gigantes que lo poblaban y hacían de él el lugar en el que siempre le habría gustado vivir.
Galaxias. Nebulosas. Estrellas. Luz.
Habían sido un descubrimiento fascinante y a partir de entonces dedicó cada segundo de su existencia a observarlas, a desplazarse entre ellas para poder verlas de cerca, hasta que llegó un día en que el hastío se apoderó de ella. Todas eran iguales, enormes, calladas, lentas, preciosas. Pero día tras día, siempre eran lo mismo.
Miró hacia un diminuto punto azul, insignificante en la distancia. En la Tierra había personas que dedicaban toda su vida a desentrañar los misterios del Universo. Ella había sido una de ellas, estaba segura de ello, aunque apenas podía recordar nada de lo que había sido su existencia terrenal.
Los humanos creían que no había más vida en aquella inmensidad que la suya propia, sin saber que en realidad cada átomo estaba animado, si no con una vida como la humana, con una igualmente preciosa. Pero probablemente nunca lo sabrían. Sus escalas de tiempo eran tan distintas que lo que para una galaxia era un suspiro requería eras en tiempos humanos.
No, nunca lo sabrían.
Y ella ya no podría decírselo, aunque tampoco querría hacerlo.
Recordaba muy bien cómo había llegado hasta allí. Había deseado acabar con su existencia miserable tantas, tantas veces… Pero le faltaba valor. Finalmente, alguien lo había hecho por ella. No sabía quién era, pero sí que le estaba muy agradecida. Y entonces llegaron ellos.
Los ángeles.
Uno de ellos se había acercado, hablando con voz suave mientras se movía a su alrededor, envolviéndola. Le tendía la mano. Sus ojos la miraban fijamente y gritaban palabras que la voz no se atrevía a pronunciar. Sin saber por qué, había creído reconocerle. Había demasiado en aquella mirada que la había tentado, pero entonces escuchó lo que decían las voces. Iban a llevarla a un lugar mejor, donde mucha gente estaba esperando por ella.
No.
Gente.
No quería más gente. Necesitaba y deseaba sobre todas las cosas estar sola. La muerte debía ser su liberación, no una nueva condena. Así que había huido, despavorida, hasta llegar a aquel lugar. Había abandonado el mundo de la luz, del sol, por aquella oscuridad infinita en la que no había nadie más que ella y aquellos colosos inmutables a los que no importaba nada si estaba allí o no.
Y era feliz allí.
O lo había sido al menos durante algún tiempo, hasta que dejó de sentir. Se había divertido mucho en su soledad. Pero ya nada despertaba ninguna emoción en ella, nada le interesaba. Se estaba transformando en un gélido objeto celeste más, aunque a diferencia de los que la rodeaban, ella no poseía belleza alguna.
Suspiró.
Qué aburrida era la eternidad de la muerte. No, era más que eso. Llegaba a ser desquiciante. Recordó que mientras fue humana había deseado con todas sus fuerzas poder estar donde estaba ahora.
Silencio.
Luz.
Oscuridad.
Nada más que eso encontraría allí.
Ten cuidado con lo que deseas, puede hacerse realidad. Se acordó de que más de una vez había pronunciado aquellas palabras en vida.
La desesperación se hizo sentir una vez más. Le parecía no poder controlar sus brazos y piernas, que gritaban y exigían echar a correr lejos, cada vez más lejos. Pero ya sabía que no había ningún lugar al que pudiera ir, siempre sería lo mismo, aquellas tinieblas infinitas. Y el frío.
Se giró sobre la nube para adoptar una posición más cómoda. Aquel punto estaba ahora frente a ella, llamándola, invitándola. Sabía que no era una estrella como las demás. Allí estaban los ángeles. Molesta, se puso en pie y dio la espalda a la radiante luz, la más deslumbrante de su cielo.
¿Cuántas veces había recordado su encuentro con ellos?
Se sentía avergonzada de sí misma al pensarlo. Ellos habían pretendido convertir su libertad actual en otro infierno como el que había padecido en vida. Pero ella lo había impedido y ahora su existencia era lo que siempre le habría gustado que fuera. O no. Ya no lo sabía.
Toda la belleza que había descubierto al llegar se había marchitado como una flor termina haciéndolo tarde o temprano. Si sólo ella podía verla y apreciarla, ¿de qué servía?
Estaba sola…
Tal como había querido, sólo que en algún momento su deseo se había esfumado y sólo quedaba ahora una amarga insatisfacción.
Sola.
La palabra resonó en sus oídos de forma antinatural y se dio cuenta de que, por primera vez en muchísimo tiempo, había hablado. Su voz, débil y vacilante había quebrado el silencio de su Universo particular y realzó el significado de aquellas escasas cuatro letras.
Sola.
Y no podía escapar de allí.
Miró a su alrededor y no reconoció el lugar que tanto había deseado habitar. Aquel no era su cielo. No era más que un conjunto de puntos y manchas grises sobre un fondo de frío y oscuridad. Sólo uno destacaba por encima de los demás.
Había pensado aquello más de una vez, pero nunca había sido capaz de reunir el valor necesario para dar un paso hacia ellos. Hacia los ángeles. Había despreciado su ayuda cuando se la ofrecieron y ahora posiblemente era demasiado tarde.
Comenzó a temblar. Observó su Universo, inmutable, silencioso.
Se sentía extrañamente débil.
Volvió a mirar la luz que seguía pronunciando su nombre.
No. No debía escuchar. Se forzó a recordar su vida. Sufrimiento. Dolor. Fracaso. Soledad. Desamparo. Pero también había habido belleza. Y amistad. Amor… no, no recordaba amor.
¿Valdría la pena?
De nuevo la luz. Ni siquiera la supernova que desplegaba aquellos impresionantes colores a su espalda superaba en belleza al sencillo punto luminoso. Porque detrás de él se abría algo nuevo, diferente.
Sin embargo, tenía demasiado miedo como para aproximarse.
No quería acercarse, pero si continuaba allí, ¿qué le quedaba?
Soledad.
Aburrimiento.
Vacío.
Muerte.
Su pie, como por voluntad propia, dio un paso, vacilante.
Todo su cuerpo temblaba con violencia.
Otro paso.
Por el rabillo del ojo, vio que algo cambiaba en su entorno. Volvía a ver los colores. Y su pierna ya no temblaba, como antes. El siguiente paso fue el más firme que había dado en toda su vida.
Nuevas fuerzas comenzaban a invadirla, poco a poco.
Tomó aire hasta que sintió sus pulmones plenos y entonces exhaló con calma, sintiendo como si fuera la primera vez el placer de respirar.
Avanzó un poco más.
La sensación de bienestar que la recorría de arriba a abajo hizo que sintiese ganas de reír, de gritar de alegría.
Entonces lo comprendió.
Estaba viva.
Cada paso que daba hacía que aquella nueva y maravillosa sensación se incrementara. Su corazón, henchido de una felicidad que apenas había conocido, latía desbocado.
Sin más, echó a correr.
No pensaba, sólo sentía. La vida volvía a fluir por sus venas y daba a su frágil cuerpo la fuerza necesaria para seguir adelante, para llegar a su meta, su destino. Había tardado demasiado en darse cuenta. Tal vez era demasiado tarde.
El miedo la paralizó. Dejó de moverse.
¿Y si…?
Había algo en la luz. Una sombra, una silueta. Parecía estar haciéndole señales, animándola a continuar, a que no tuviera miedo.
Miró a su espalda. Sombras. Silencio. Abandono.
Frente a ella la luz. Vida. Esperanza.
Tenía que intentarlo.
Cerró los ojos con todas sus fuerzas, apretó los puños y comenzó la carrera más difícil de su existencia. La más importante.
Cuando sintió el cambio, se dejó caer, exhausta. Respiraba con dificultad, de rodillas en el suelo, cuando alguien se acercó y le tendió la mano. Alzó la mirada.
–Bienvenida a casa –dijo el ángel.
Era él, el que se había acercado antes con su voz suave. El mismo que había rechazado. Parecía cansado, tal vez débil, como ella.
Sin embargo, sonreía. Y sus ojos…
Ella le devolvió la sonrisa, tomó su mano y se puso en pie. Una sensación indescriptible recorrió su mano y se propagó rápidamente por el resto de su cuerpo.
Miró de nuevo aquellos hermosísimos ojos que le sonreían.
Tenía razón. Estaba en casa.
Para cierto caballero andante con tendencias angélicas que inspiró el relato.
Porque te lo debo.
Me has ganado.
GRACIAS
Violant
by Itahisa on Abr.19, 2008, under Relatos y otras tonterías
A este relato llevaba dándole vueltas bastante tiempo, pero por una cosa o por otra no terminaba de ponerle letras a las imágenes que pasaban por mi cabeza… Pero finalmente encontré el titulo y lo demás… empezó a salir solo prácticamente…
¡Espero que les guste!
Violant.
Aquel lugar era sagrado para él.
Y a juzgar por el silencio reverencial que mantenían las escasas personas que había allí a aquellas horas, no era el único que lo consideraba así.
Mientras ocupaba su lugar de costumbre en la última mesa de la sala dejó vagar su vista por los rincones que tan bien conocía. La luz del amanecer entraba a raudales por los gigantescos ventanales que ocupaban todo el largo y el alto de las casi interminables paredes laterales. La que quedaba a su espalda y la que daba entrada a la habitación, al frente, eran de un blanco tan absoluto que reflejaban a la perfección la maravillosa claridad.
Respiró hondo.
Observó divertido las caras somnolientas de las tres personas que se sentaban frente a él. Como el propio Héctor, habían entrado hacía escasos minutos, pero a diferencia de ellos él se sentía mucho más despierto durante la madrugada y a primera hora de la mañana. Otras cinco personas permanecían de espaldas a él, pero habría apostado algo a que tenía la misma cara de sueño que el resto.
No sabía en qué momento de su vida había dejado de ser una criatura diurna para convertirse en lo que sus amigos denominaban cariñosamente un “bicho nocturno”, pero tenía muy claro que sacaba mucho más partido a cada una de sus horas desde que era así.
Sacó de la pesada mochila la voluminosa carpeta en la que aparentaba guardar los apuntes de alguna aburrida asignatura que se le resistía. Fingió revisarlos durante un minuto y supo que aunque estuvieran allí no contendrían lo que necesitaba para aprobar un examen. Siempre había sido muy malo cogiendo apuntes, tal vez por eso estudiaba lo que estudiaba. Con cuidado, se levantó en silencio y se dirigió hacia la hilera de estanterías que se alineaban frente a la cristalera de la izquierda.
La luz que pasaba entre ellas creaba un hermoso patrón de sombras y contraluces rodeado por la más pura claridad que no podía dejar de admirar a pesar de haberlo visto tantas veces. Antes de buscar en los estantes el libro que quería, se detuvo frente a la cristalera para contemplar cómo la vida comenzaba a llegar, poco a poco, a la facultad.
El rocío que cubría el césped brillaba bajo el dorado sol. Dos chicos que andaban sin prisa por el patio se unieron al trío de chicas que charlaban animadamente junto a la puerta mientras se fumaban el primer cigarrillo del día. Un par de profesores bajaban las escaleras discutiendo y gesticulando de forma exagerada. Seguramente debatían algún punto de un proyecto común o acerca de los exámenes que habían estado corrigiendo en los últimos días.
Respiró hondo de nuevo y dio la espalda al patio, al sol, a las altas montañas que se insinuaban por encima de los edificios que había al otro lado de la carretera. Ahora frente a él, en perfecto orden, miles de libros cuidadosamente colocados en su lugar. No necesitaba mirar los rótulos escritos en las cabeceras. Cada día, desde hacía varias semanas, repetía lo mismo con precisión y puntualidad obsesivas, pues creía que un mínimo cambio en aquella estudiadísima rutina alteraría el resultado final.
Y últimamente sólo vivía para comprobar que cada día culminaba con éxito su particular experimento.
Entró en el pasillo 12A con el pie derecho mientras alzaba la mano izquierda y pasaba la yema del dedo índice por el lomo de todos y cada uno de los libros del tercer estante empezando por el suelo. Hincó la rodilla izquierda en el suelo y con el dedo corazón de la mano derecha, extrajo del anaquel más bajo el libro que buscaba, el de la cubierta amarilla y brillante con tejuelo rojo, sin rozar ningún otro ejemplar. Lo agarró con la palma de la mano izquierda bien extendida, para que los dedos no lo tocaran.
Lo más importante ya estaba hecho. Con un suspiro, se puso en pie.
De vuelta a su lugar, observó que varias personas más habían llegado en los minutos que habían pasado desde que comenzara su ritual. Dos chicas cuchicheaban acerca de algo que debía ser muy divertido e interesante mientras un delgadísimo y pecoso pelirrojo les dirigía una miraba furibunda desde la mesa de enfrente. Desde donde estaba, Héctor no podía escuchar nada, pero dedujo que aquel pobre chico estaba conociendo más detalles de los que le gustaría acerca de la última cita de alguna de aquellas dos. Cosas que solían pasar.
Miró el título del libro. Aquellas dos palabras que había visto, escrito y escuchado tantísimas veces en los últimos días y que, sospechaba, formarían parte importante de sus recuerdos en el futuro. No sabía qué significaban, qué misterios de la Ciencia ayudaría a desvelar, pero nada de eso le importaba. Él no estaba allí por la física. De nuevo un suspiro, esta vez de resignación, antes de abrirlo por la página 142. Capítulo 12. Su favorito, pensó con sarcasmo mirando una vez más aquel galimatías de símbolos ininteligibles.
Sin mover más que el brazo, rebuscó en el interior de la mochila, que colgaba fláccida del respaldo de la silla y buscó lo único que faltaba sobre la mesa: el estuche. De tipo lata, era muy pequeño. Un lápiz, un bolígrafo y una goma pequeña era todo lo que podía guardar en él, pero no necesitaba ninguna otra cosa, así que estaba contento con él. Con cuidado, colocó el lápiz a la izquierda y el bolígrafo, con la tapa aún puesta, a la derecha y depositó la caja metálica frente a él, perfectamente paralelo al borde de la mesa y justo en su mitad geométrica, como estableciendo una endeble y móvil barrera entre él y la persona imaginaria que ocupaba la otra mitad del escritorio.
Miró el reloj, consciente de que faltaba muy poco para que pudiera comprobar si, una vez más, había salido todo como esperaba. Ése era, con diferencia, el mejor momento del día para él. El instante previo a que todo ocurriera, a que la vida volviera a cobrar sentido. El instante en que su corazón latía tan rápido que siempre temió ser escuchado por los demás estudiantes de la sala.
Pum.
Pum pum.
El retumbar de ese pequeño músculo en su pecho y su cabeza era tan atronador que le resultaba incomprensible que no hubiera sido echado ya de la biblioteca.
Respiró hondo.
Debía tranquilizarse.
Bajó la vista hasta el libro y trató de descifrar alguna de las numerosas líneas de texto. Las letras se movían vertiginosamente.
Inspira.
Expira.
Las letras volvieron a su lugar.
Y entonces ocurrió.
Con precisión matemática, justo en el momento en que él sabía que sucedería.
Su universo, pulcra y estrictamente ordenado, se paralizó en aquel instante y la contempló, a ella, a la causante de todo el Caos que había en él.
A Violant, la emperatriz de sus pensamientos.
Con paso firme, la chica avanzó por el ancho pasillo que separaba las estanterías de las mesas de la zona de estudio, aparentemente sin darse cuenta del crimen que cometía cada uno de sus pasos contra el sacrosanto silencio que reinaba en aquel lugar.
De sus auriculares escapaba la música dura y repetitiva de alguna banda de heavy metal que debía sonar en sus oídos con un volumen ciertamente peligroso. Las pulseras que adornaban sus delgadas muñecas producían un repetitivo sonido metálico que complementaba al que hacían las dos cadenas plateadas que colgaban del lateral izquierdo de su pantalón.
No veía a nadie. No oía a nadie. Nada le importaba.
Héctor la contempló con disimulo, embelesado. Era todo lo opuesto a aquel lugar. Todo lo opuesto a él, de hecho. Su ropa negra, su tintineo, su cabello oscuro y largo, aquella escandalosa melodía que no sólo salía del cable que llegaba hasta sus oídos sino que parecía rezumar de cada uno de los poros de su piel.
Pero había en ella algo que hacía que para él no importara nada más. Que le hacía olvidar por completo que existía algo más que ella en el Universo. Algo que le llevaba a repetir día tras día la misma rutina supersticiosa con la esperanza de volver a verlo.
Sus ojos. El brillo que habitaba en ellos. Y la increíble sensación de haber encontrado la paz y el hogar que experimentaba al ver que, durante un ínfimo instante, iba dirigido hacia él.
Su mente artística sabía que la perfección habitaba en el interior de aquellos enigmáticos ojos rodeados de maquillaje negro.
Nunca se atrevería a hablar con ella.
Violant.
¿Qué le diría?
Nada. No podría decir nada.
Su corazón se detuvo justo después de enviar hasta la última gota de sangre de su cuerpo hacia el rostro. Ella le miraba. Había notado que no podía apartar la vista de ella. No quería ni podía imaginar qué pensaría ella de él. Seguro que sabía que no tenía nada que hacer allí.
Mecánica Clásica, leyó en la portada del libro amarillo, que se había cerrado por voluntad propia. Respiró hondo. Una vez. Otra vez. Con horror descubrió que aquella mañana había escogido aquella camiseta que tanto odiaba y que delataba su auténtica profesión. Manchas de pintura. Mierda.
Manteniendo la mano derecha sobre el libro para evitar que volviera a su posición de equilibrio, cogió el lápiz con la temblorosa izquierda y fingió copiar alguna cosa en los folios en blanco que tenía delante. Por el rabillo del ojo, miró de nuevo hacia ella y vio que no estaba allí. Debía de haber ido en busca de algún libro.
Respiró hondo.
No era suficiente, le faltaba el aire.
Suspiró.
Su mano izquierda, ahora más relajada, comenzó un lento movimiento. Héctor sabía exactamente cómo iba a terminar, pues lo había repetido un sinnúmero de veces. Conocía exactamente la trayectoria de cada una de aquellas armoniosas líneas como si hubieran sido creadas por él.
No, eso no podía ser. Él era demasiado torpe, demasiado estúpido, para haber ideado semejante perfección.
El lápiz volaba ligero sobre el papel, dejando tras de sí un levísimo rastro gris que, poco a poco, comenzaba a tomar forma. Sin embargo, no estaba bien.
Nunca podría estar bien.
Con una exclamación de rabia, rompió el papel.
Era imposible.
–¿Por qué lo has roto?
Esa voz suave.
Esos ojos maravillosos.
Su corazón aterrorizado.
Violant.
Pum.
Pum pum.



