Sin nombre

Días malos

Día 319.

by Itahisa on Nov.15, 2009, under Días, Días malos

Mucha gente me pregunta estos días qué me pasa.

O por qué estoy tan seria.

Y es cierto, estoy extraña, y seria, pero… ¿qué otra cosa puedo hacer si cada vez que sonrío me siento culpable? ¿Qué hago si cuando intento reírme algo en mi cabeza me dice que eso está mal, que no debería hacerlo?

Resulta frustrante saber que no importa cuánto trates de explicar lo que sientes, porque nadie lo va a entender. Ni siquiera creo que yo lo sepa con certeza, y con cada pregunta que me hacen me siento peor, porque realmente no soy capaz de explicarlo ni de sentirme mejor. Ni siquiera sé qué hago escribiendo esto aquí…

No sé qué hago… no me sirve… pero cuando ni siquiera las palabras sirven… ¿qué me queda?

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#Escuchando… Nocturne in E minor, Op.72, No.1 - Chopin

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Día 313. Mirando hacia delante.

by Itahisa on Nov.09, 2009, under Días, Días malos, Foto del día

Jode y es duro, pero no me queda otra… tengo que seguir como sea…

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#Escuchando… Asa No Inori (Rising Sun) - Kitaro

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Día 311. Bye, bye…

by Itahisa on Nov.07, 2009, under Días, Días malos, Foto del día

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#Escuchando… Don’t let me get me - Pink

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Adiós, pequeña mía…

by Itahisa on Nov.01, 2009, under Días malos, Foto del día

Despierto, y es una mañana como cualquier otra. Nada parece haber cambiado, pero en realidad todo ha cambiado y para siempre. Nada, nunca, volverá a ser lo mismo.

Porque ella ya no está.

Porque, aunque me esfuerce, ya no puedo sentir su calor a mi lado, su presencia haciéndome compañía, siempre junto a mí, callada, observándome, durmiendo en su rincón o ronroneando cada vez que me acerco. Ya no vendrá más a pedirme mimos ni una golosina antes de dormir.

Ella ya no está, y no puedo soportarlo.

¿Cómo hago para seguir sin ella? Era más importante para mí que la mayoría de las personas, era mi compañera, mi amiga, mi hermana, mi mascota, mi hija.

Los recuerdos, eso es lo único que me queda ahora. Los recuerdos, los mismos que me asaltan y me torturan. Los recuerdos de tantos días felices, tantos momentos hermosos, pero también de su cuerpecito inmóvil, aún caliente, de su sangre corriendo por mis manos y mis brazos.

Se ha ido.

Se ha ido.

Se ha ido…

¿Y qué hago yo sin ella?

No lo sé… no lo sé… aún no soy capaz de asimilar que no volveré a verla, me parece escuchar el tintineo de su cascabel en cada rincón, creo que si la llamo va a aparecer en cualquier momento, maullando alegre por volver a verme.

Pero sé que eso no volverá a suceder, y se me parte el alma cada vez que lo pienso. Mi mundo, yo… nada será igual ya, una parte de mí se ha ido con ella para siempre.

Para siempre… cómo me duele escribir esas palabras… pero no me queda más remedio…

Adiós, Capri, querida mía, mi pequeña… has alegrado e iluminado cada uno de mis días, has hecho que de mi mundo un lugar mejor. Mimi, mimito… te he querido,y te querré por siempre con toda el alma y ahí te llevaré, conmigo, esté donde esté.

Nunca, nunca, jamás, te olvidaré.

Adiós, Capri, pequeña mía.

Adiós….

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El milagro que nunca llegó.

by Itahisa on Jul.22, 2009, under Días especiales, Días malos

No hemos visto el eclipse.

Con esa sencilla frase se puede resumir todo, aunque en realidad nadie puede imaginarse lo que esas malditas cinco palabras significan para mí.

He pasado un año entero viviendo sólo para este momento, pensando en este día, deseando que llegara cuanto antes, ansiosa por volver a estar bajo la sombra de la Luna.

Y aquí estoy, desolada, llorando amargamente de pura impotencia, porque no hemos podido hacer absolutamente nada.

Ese maldito cielo blanco que ahora, como yo, llora inconsolable, nos ofreció una engañosa tregua durante la primera parcialidad para después dejarnos con la miel en los labios sólo un minuto antes de la totalidad.

No hemos visto nada. Ni la sombra, ni las bandas, ni el ocaso en todo el horizonte, ni el anillo de diamantes, ni las perlas, ni nada.

Nada de nada.

En medio de la neblina fantasmal que cubría todo el paisaje, la luz se fue atenuando cada vez más hasta dar paso a la noche más amarga de mi vida. La gente gritaba, incluso sin ver nada, pero ya no había esperanza.

Las nubes, implacables, apenas mostraron un atisbo de la totalidad durante menos de un segundo antes de que amaneciera de nuevo tras esta extraña noche.

Después, igual que se habían acabado nuestras esperanzas, terminó el mayor espectáculo que puede ver una persona. Cerró el telón un aguacero que nos obligó a desmontar rápidamente y nos dejó totalmente empapados y de camino a la no menos desoladora Shanghai.

Me da igual lo que me digan.

Me da igual ser joven y que tenga mil oportunidades más para ver un eclipse.

Me da igual no haber sido la única que no lo vio.

Me da igual todo.

Nada va a hacer que me sienta mejor ahora mismo, aunque mis compañeros traten de animarme como pueden.

Sé exactamente qué me he perdido.

Sé que es muy posible que no vuelva a ver algo así hasta dentro de muchos años.

Sé que, al menos para mí, esa espera siempre será demasiado larga.

Qué quieren que les diga.

Al menos vimos algo, podría haber sido peor, mucho peor. Eso me dicen.

Y qué más da a mí eso, casi preferiría no haber visto nada.

Desde mi ventana, en las alturas de una de estas imponentes torres de Shanghai, miro el mundo, que sigue como si nada hubiera pasado. La gente va, viene, indiferente, y yo no puedo. Esta tarde hemos seguido visitando esta fascinante ciudad, que casi parece encontrarse en un Universo diferente, y aunque ha sido divertido y emocionante, el recuerdo de mis ilusiones frustradas de esta mañana no me abandona, no puedo sentirme completamente feliz con todo lo demás, aunque lo intente.

No puedo evitar preguntarme cómo habría sido verlo.

No puedo evitar recordar la imagen que vi hace un año y compararla con la triste estampa de hoy.

No puedo evitar seguir soñando con el milagro que nunca llegó.

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Día 33.

by Itahisa on Feb.02, 2009, under Días malos

Lo siento.

Está ahí, detrás de mí, persiguiéndome, echándome en la nuca su aliento fétido y caliente, conteniendo la risa a cada paso que doy. Se esconde en el viento que me silba en los oídos, en la sombra de las nubes y en el repiqueteo constante de la lluvia en todas partes.

Se cierne sobre mí, sin prisa, esperando a que llegue por fin el día en que me rinda a la evidencia. Algún día eso tendrá que ocurrir, tendré que darle la razón y entonces sí que escucharé en mi cabeza su carcajada triunfal. Y su sonoro “Te lo dije”, repetido hasta la saciedad. En el fondo de mi ser sé ya que tiene razón pero aún soy lo suficientemente necia y cabezota como para intentarlo una vez más, aunque sea inútil, otra pérdida de tiempo y amor propio, amén del dinero y del respeto de quienes me rodean.

Pero no lo voy a hacer hoy.

Hoy no le doy la razón al maldito fracaso que me persigue como si del Cobrador del Frac se tratase.

Hoy no.

Porque hoy un completo desconocido me ha enviado desde la otra punta del planeta un mensaje que me ha hecho recordar de pronto qué es lo que quiero, por qué sigo adelante, qué me hace vivir y qué puede hacerme sonreír con toda mi alma. Sí, todo eso de golpe, con unas cuantas palabras de alguien que no me conoce y que seguramente ni siquiera se ha dado cuenta o sabe lo que ha hecho.

Tiene narices, pero hoy, gracias a un completo desconocido, tengo ganas de seguir adelante.

Así que mi amigo invisible tendrá que esperar.

Ya me ganará la partida otro día.

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Día 31. Volviendo a las andadas.

by Itahisa on Ene.31, 2009, under Días, Días malos, Foto del día

Hoy nada ha cambiado.

Lo mismo de todo, de nuevo.

Pero hoy alguien me ha dicho que yo tengo mi vida, al margen del resto del mundo. Al margen de toda esa gentecilla que me hace sentir mal, que hace daño sin importarle nada ni nadie. Y aunque parezca una estupidez, me he dado cuenta de que es cierto.

Tengo mi vida.

Y sigo siendo yo a pesar de ellos, a pesar de todo.

Y aunque resulte muy duro vivir conmigo misma, es algo que no cambiaría por nada. Por más que me odie un día sí y otro también, por más que sea de lo más difícil que he hecho, siempre es mejor que nada o que el resto del mundo. En mí tengo todo lo que amo y lo que odio, todo lo que hace que vivir valga la pena, para qué necesito más.

Así que sumo y sigo.Yo sola, piense lo que piense el mundo, diga lo que diga.

Y no hay más.

Bueno, sí, la foto de hoy. Dedicada a esa gentecilla.

Hasta luego Lucas.

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#Escuchando… HIM - Gone with the sin

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Día 1. D.

by Itahisa on Ene.01, 2009, under Días malos

Despedida

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Miro por la ventana, por la que los rayos de sol entran a raudales.

Ha amanecido un día de sol radiante, pero sigo viéndolo todo gris, como cada uno de estos últimos días. No tengo ánimos para hacer casi nada y unas ganas casi incontenibles de llorar me asaltan más a menudo de lo que me gustaría, pero intento animarme a mí misma.

Me he estado preguntando durante muchos días por qué me sentía tan mal, hasta que al fin lo supe. En ciertas ocasiones cuesta mucho tiempo ser capaz de darse cuenta de algo y más aún tener la determinación suficiente para hacer algo al respecto.

Pero esta vez la tengo. Aunque duela, aunque cueste muchísimo y deje detrás una parte de mí, sé lo que tengo que hacer y voy a hacerlo, porque sé que es lo mejor, sé que no puedo seguir así. Ya ha durado demasiado esta absurda comedia de falsedades, está claro que no hay nada más que hacer para solucionarlo o para cambiar la situación.

Así que está decidido.

Y no hay vuelta atrás. No quiero que la haya.

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DEMENTE

by Itahisa on May.07, 2008, under Días malos, Relatos y otras tonterías

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Escribí este relato hace algunas semanas,
no he vuelto a leerlo desde entonces, pero me parece que
se merece un lugar en el blog y si no lo pongo ahora, probablemente
lo olvide…

A ver qué les parece…

___________________________

No podía ser. Otra vez no.

Aquellos que con una sola palabra podían destrozar sus más anhelados sueños habían vuelto a hacerlo.

Y sin ninguna compasión.

Otra vez.

Poco importaba lo que había estado esperando la ocasión, las ganas o ilusiones que tenía al respecto.

Habían sido más inflexibles que el acero, más crueles que el inexorable tiempo y de un plumazo habían hecho volar el hermoso pero frágil castillo de naipes al que había dedicado tanto tiempo y esfuerzo. Pero ellos eran así.

Ahora era su turno. Tenía que recoger los pedazos para tratar de rehacer el delicado cristal de su vida, pero sabía muy bien que sería difícil, muy difícil.

¿Qué debería hacer ahora? ¿A quién recurrir cuando todos los que estaban a su alcance le habían fallado? ¿Cuándo no tenía a nadie que le ofreciera una mano amiga?

Un susurro atrajo su atención hacia la pequeña y cálida criatura que se había situado a sus pies. Con tristeza, sonrió y dedicó un gesto de cariño hacia ella.

Sí, a ella siempre la tendría cerca para brindarle todo el cariño que cabía esperar de un ser de su especie. Y le ofrecía una oportunidad diaria de mostrar todo lo que podía dar cuando se le permitía, que no era muy a menudo.

Atraída por el nuevo olor que había surgido en su entorno, la criatura se alzó con parsimonia y olisqueó el húmedo rastro que las lágrimas habían dejado en la cara de su amigo. Como deseando hacer algo por él, acercó la suya propia a la hirviente piel de aquel que la miraba guardando en sus ojos todo el amor del mundo, que era para ella, una pequeña e insignificante criatura invisible a los ojos de todos. No tenía a nadie mejor a quien ofrecerlo. Y ella al menos lo apreciaba.

¿Por qué no podemos quedarnos siempre aquí dentro, amiga? –se preguntó el humano con pesar.

El mundo y las personas que lo habitaban hacían demasiado daño y tanto ella como él lo habían experimentado demasiadas veces como para resistirlo por mucho tiempo más. Resultaba mucho más sencillo aislarse, pero la soledad era dura, muy dura, especialmente en momentos como ese… aunque la criatura que se agazapaba a sus pies la hiciese más llevadera.

Sin embargo, tenía demasiado orgullo como para decir a nadie una sola palabra acerca de sí mismo o sus necesidades. Nadie sabría jamás por su propia boca lo mucho que había deseado algunas veces una presencia cercana o un simple gesto amigo.

El aire comenzaba a enrarecerse entre aquellas cuatro paredes que le encerraban desde hacía demasiado tiempo. Hacía tantos días que no salía más que para lo más estrictamente necesario que ya ni recordaba cuándo había sido la última vez ni por qué lo había hecho.

Una lágrima se deslizó por su rostro al recordar algunos momentos felices vividos hacía demasiado tiempo en un lugar muy muy lejano. Entonces había deseado que todo pudiera ser siempre así, pero sabía que era un deseo absurdo e irreal, pues aquel micromundo en el que se permitía relajarse y ser feliz probablemente terminaría destruyéndose si se convertía en algo cotidiano. La rutina, el big bang de aquel universo maravilloso. De todos modos, había quedado demasiado atrás, demasiado en la distancia y el tiempo como para recurrir a él ni siquiera en esos momentos en los que se sentía tan miserable.

Cada vez era más duro respirar, el aire parecía fuego al inspirar y hielo al exhalarlo. Tenía que salir de allí, lo necesitaba. Buscaría un lugar en el que gritar su frustración y su rabia con el mundo sin que alguien le considerara demente. Él no era un loco, simplemente necesitaba sacar de sí mismo todo aquello que le carcomía el alma. Porque no podía entender qué había hecho para que ese mundo le correspondiera con tanta desilusión y fracaso. Porque le había pasado demasiadas veces pero aún no había podido hacerse a la idea.

Sin pensarlo demasiado, se levantó y comenzó a ponerse los zapatos que tenía más cerca, sin fijarse en si iban bien con lo que llevaba puesto. No pensaba cambiarse de ropa, aquel viejo chándal negro y la camiseta raída y desteñida que un día había sido del mismo color serían suficientes. Hacía mucho frío fuera, pero no importaba, pensaba correr y gritar hasta que las fuerzas le abandonaran por completo.

Ella protestó al perder el apoyo y el calor que había buscado intencionadamente junto a sus pies. Al percatarse de que su amigo dejaba la habitación, se levantó para después desperezarse con elegancia.

No puedes venir conmigo –dijo con dulzura-. Mejor quédate durmiendo.

Como respondiendo a sus palabras, la criatura bostezó. Dedicándole una última caricia, el humano salió rápidamente de la estancia dejando la puerta abierta.

Con sigilo, bajó las escaleras hasta la gran sala que ocupaba toda la planta baja del edificio. Aquellos a quienes tanto temía, los mismos que ese día habían vuelto a acabar con su ilusión, no estaban allí, por suerte para él. De cualquier modo, extremó las precauciones al llegar hasta la puerta de la calle, que se abrió sin un sonido. Al cerrarla, en lugar de hacerlo con un golpe, como hacía la mayoría de la gente, sacó la llave con cuidado de que no tintinearan los cascabeles que llevaba junto a ellas y cerró muy cuidadosamente. Doble vuelta.

La verja metálica que separaba el diminuto jardín de la calle era su último obstáculo. Sabiendo que haría mucho ruido si usaba la llave para abrirla, optó por saltarla y dejarse caer el otro lado con suavidad.

Ya estaba.

Lo había conseguido.

Respiró hondo y miró a su alrededor. Las espesas nubes presagiaban lluvia, pero seguramente no tendría tanta suerte como para que cayera una sola gota del cielo. Algunas farolas estaban apagadas y conferían a la calle un curioso aspecto siniestro con sus luces y sombras.

En el cielo, la luna creciente reinaba esplendorosa sobre un mundo plagado de nubes que parecían rendirle eterna pleitesía tiñéndose de blanco con su ceniciento resplandor. Otras, más atrevidas, se atrevían a acercarse a ella para obsequiar a su emperatriz con las más tenues caricias.

Incluso la Luna lo tiene más fácil que yo, siendo inalcanzable… -dijo para sí mismo, observando con tristeza.

Debía dejar aquellos pensamientos. Él no necesitaba a nadie, podía vivir solo. Concentró sus pensamientos en el futuro más inmediato.

Hacia su derecha, la calle interminable iluminada de forma intermitente. Nada interesante le esperaba por allí.

Hacia la izquierda, un sinfín de posibilidades asaltó su mente, deseosa de hallar un lugar en el que nadie destruyera lo que más quería. Si algún día lo encontraba, regresaría sólo para buscarla a ella, a su compañera, su amiga. No podía dejarla allí. Pero… ¿lo encontraría realmente?

Dio un paso al frente.

Respira, se dijo.

Otro paso más.

Sentía el olor de la libertad. Echó a correr mientras gritaba, emocionado, ante la sensación más auténtica que había experimentado en mucho tiempo. Libre. Era libre. Sólo tenía que desearlo para serlo realmente.

Libre.


Y de pronto, la luz. Nunca había visto algo similar. Estaba totalmente cegado por el deslumbrante resplandor que irradiaba aquella inmensa ventana. Con sorpresa, descubrió unos gruesos barrotes metálicos tras ella. Las paredes, de un blanco inmaculado, reflejaban cada una de las partículas luminosas y las llevaban hasta sus ojos para herirlos sin piedad.

El silencio más profundo dejó paso a un sonido nuevo. Alguien gritaba.

Eran sus propios chillidos los que escuchaba como si provinieran de otro mundo.

No sabía por qué lo hacía. Estaba solo de nuevo entre cuatro paredes, pero aquellas ya no eran las mismas. Éstas estaban desnudas, no había en ellas rastro alguno de su escasa vida.

Y allí no estaba ella. El terror atenazó sus músculos al comprenderlo. Desesperado, la buscó por los rincones, sin éxito. Estaba solo de verdad.

La nívea puerta se abrió de golpe a sus espaldas. Pensando que podría ser ella, el humano se volvió para contemplar con horror cómo unos brazos fuertes y duros como el acero le levantaban en peso y le sacaban a rastras de la relativa seguridad del cuarto.

Desde la puerta, una mujer vestida de blanco contemplaba la escena con lástima. El chico gritaba sin cesar, llamando con la más auténtica angustia a la compañera inexistente. Entre lamentos, sonidos ininteligibles sin lógica y palabras que se entremezclaban de la forma más confusa que cabía imaginar. Alcanzó a comprender algunas.

Libre. Compañera. Sueños. Ayuda.

No.

No quería seguir escuchando, pues sabía que los sentimientos podían a llegar a obstaculizar su trabajo. Eso era lo más importante para ella.

Mientras observaba cómo se llevaban al joven, echó una ojeada a la carpeta que yacía sobre una mesita junto a la puerta.

Sin familia.

Sin amigos.

Situación de abandono.

Inestabilidad.

Ataques de ira.

Angustia.

Tristeza.

Soledad.

Depresión.

Alucinaciones.

Paranoia.

Con un gesto de indiferencia, dio la espalda a aquellas palabras que parecían resumir una vida.

Sabía exactamente qué era aquel chico al que por un instante compadeció. Poco importaba qué había detrás de aquellas letras que le etiquetaban tan implacablemente. Nunca sería más que lo que ellas proclamaban. Nadie podría escapar de la última palabra escrita en la carpeta, y mucho menos él. Porque era lo que era.

Un demente.

DEMENTE.

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