Archive for Enero, 2010
PUM. Capítulo 11.
by Itahisa on Ene.29, 2010, under PUM
Hoy no tengo tiempo de escribir nada sobre el capítulo, así que simplemente, ¡espero que les guste!
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Todo ocurría durante la hora que precedía al alba. En esos momentos, en los que el aire es más frío y la noche aún más oscura si cabe, comenzaba lenta y casi imperceptiblemente aquella transformación casi milagrosa. El cielo celebraba la llegada del nuevo día con una auténtica fiesta de colores, y con toda aquella belleza el resto del mundo despertaba poco a poco del sueño de las tinieblas.
Mientras paseaba hacia su lugar favorito, Byshael no podía dejar de percibir cómo la brisa era cada vez más cálida, cómo comenzaban a escucharse aquí y allá los tímidos trinos de las aves más madrugadoras, cómo el bosque entero parecía estremecerse de emoción esperando los primeros rayos de aquella luz que para todos significaba la vida. Había visto muchos amaneceres en su largo camino, pero aquel tenía el encanto de lo conocido y largamente añorado.
Desde donde estaba, ya podía ver una buena parte de Aghya extendiéndose ante sus pies. Al contemplar la belleza, aún en sombras, de aquel pequeño mundo, no pudo evitar preguntarse dónde estaría ahora la extraña muchacha que había robado su Yhaara. Su rostro aparecía una y otra vez en su cabeza, con aquella extraña expresión de felicidad mientras dormía. Y entonces volvía a escuchar sus sollozos desesperanzados y debía admitir ante sí mismo que ella le intrigaba, aunque su instinto le aseguraba una y otra vez que ella no era sino una humana más.
La silueta del brillante Ayron recortándose contra el horizonte del oeste alejó de su mente cualquier pensamiento ajeno a la hermosa escena que tenía delante. Sintiendo la brisa en el rostro, Byshael se recostó contra el majestuoso tronco del goeb en el que estaba apoyado y respiró hondo, dejando que el aire aún fresco de la madrugada sacara de su interior todo cuanto le perturbaba, para dejar paso a aquella única sensación de simple tranquilidad que le resultaba tan difícil encontrar en cualquier otro sitio y momento.
Los colores cambiaban ahora rápidamente en el inmenso cielo, como si algún pintor loco se divirtiera variando mil veces cada tonalidad sin quedar nunca totalmente satisfecho. Sin embargo, cuando la radiante luz del día hubo invadido con descaro completamente los antiguos dominios de las sombras, el joven se obligó a regresar a casa de Silara. Había mucho que hacer, que hablar, antes de la reunión que se celebraría por la tarde, de la que dependía en gran medida el futuro de todos los habitantes de las Edhëreas. Se forzó a repasar mentalmente todo lo que debía decir, los puntos en los que tenía que hacer especial hincapié, mientras emprendía el camino de regreso.
Al llegar, encontró a Silara atareada junto al fuego, sobre el que humeaban varios brebajes de olores, colores y consistencias muy diferentes.
-Casi había olvidado tu antigua costumbre de escabullirte de madrugada -dijo ella, sin volverse a mirarle-. Pensé que los años y el polvo del camino te habrían hecho apreciar una cama cálida y cómoda.
-No podía dormir -dijo él, pensativo, mientras apoyaba la espalda en el marco de la puerta-. Y me ha hecho bien recordar lo hermosos que pueden ser los lugares más comunes, los más conocidos. El hecho de tenerlos ante nosotros cada día no hace que sean menos especiales, pero tal vez resulta más difícil darse cuenta de que realmente lo son.
-Es una hermosa conclusión, y muy acertada -contestó Silara, sonriendo y mirándole por primera vez desde que había entrado.
Un sonido del exterior interrumpió repentinamente la conversación. Alguien se acercaba rápidamente a la puerta y Silara se levantó con agilidad y salió a su encuentro. Era una ninfa muy joven, y por la expresión seria y preocupada de su rostro, se podía imaginar que acudía a Silara en busca de ayuda. Recordando que aquellas visitas repentinas eran habituales en casa de la mujer, Byshael se mantuvo al margen, escuchando con atención pero sin intervenir, a pesar de las miradas curiosas que de vez en cuando le dirigía la ninfa. Uno de los nespit que hacían guardia junto al río, se había asustado al ver a varios hombres remontándolo en una barca y, al caerse al suelo desde la rama en la que estaba, se había herido con varias de las agudas púas de los arbustos, además de haber sufrido un fuerte golpe. Silara dirigió una mirada a Byshael a modo de excusa y se alejó rápidamente junto a la jovencita.
Sonriendo, Byshael se sirvió una taza de la infusión que Silara había estado preparando y salió al exterior. No muy lejos de allí vio a Hekki que, junto a otros ilanit, estaba siendo entrenado por un grupo de hábiles nespit que montaban a su vez en varios ilanits, pero en cuanto vio que su amigo salía de la casa, se las ingenió para volar a su encuentro. Los demás ilanit se sumaron con gusto al motín y fueron tras él, chillando emocionados por la forma en que habían abandonado el entrenamiento y comenzaron a revolotear a su alrededor, eufóricos.
-Parece que habrá que dar por terminada la sesión de hoy -dijo, malhumorado, uno de los nespit, acercándose al vuelo mientras agitaba sus diminutas manos.
-Vamos, Jyri, no me lo tengas en cuenta -respondió Byshael, sonriendo divertido al reconocerle-. Supongo que Hekki me ha echado de menos.
-¡Vaya! ¡Si aún sabes reconocer a los amigos! -replicó el nespit, con una nota de rencor en la voz-. Pensé que a estas alturas ya me habrías olvidado.
-¿Cómo iba a olvidar al único nespit con mal genio de toda Ayua?
-Al único… ¡Habráse visto! ¡Mal genio! ¡Yo! ¡Es intolerable! Si no fuera porque eres quien eres ya te habría…
-¡De acuedo, de acuerdo! -exclamó Byshael, interrumpiéndole, al tiempo que soltaba una sonora carcajada-. Queda claro que no tienes mal genio.
-¡Faltaría más! -respondió, indignado, Jyri.
Hekki, al margen de la discusión que mantenían su amo y su entrenador, continuaba revoloteando alrededor del primero, en un vano intento de captar su atención.
-Él no es el único que te ha echado de menos -dijo el nespit, mientras observaba al pequeño ilanit-. Todos por aquí hemos estado ansiando tu regreso desde casi el mismo momento en que te fuiste.
-Lo sé -respondió Byshael, cabizbajo y pensativo-. He estado demasiado tiempo fuera, pero espero que haya valido la pena
-Todos lo deseamos. Sabes que estamos en tus manos.
-Sí, Jyri -contestó el joven, sonriendo con aparente calma-. En un rato se celebrará una asamblea junto al Haradyan. Espero verte allí.
-Por supuesto que estaré allí -contestó el nespit, al tiempo que se alejaba junto al pequeño grupo de ilanits.
Una de aquellas pequeñas criaturas, desconcertada, voló rápidamente hasta Hekki y tiró de él para que les acompañara, como habitualmente. Esa vez, sin embargo, el ilanit le silbó a modo de despedida y se aferró firmemente al brazo de Byshael. Tras dedicarle una sonrisa y una caricia de agradecimiento, el joven continuó caminando por los alrededores mientras contemplaba la ciudad. A pesar de ser casi última hora de la mañana, la actividad era incesante. El pequeño mercado diario tendía sus puestos a pocos metros de allí, y todos se esmeraban por convencer al resto de que sus productos eran los mejores, a fin de obtener a cambio de ellos lo que necesitaban.
Le sorprendía muchísimo ver cómo había cambiado todo durante su ausencia. La ciudad se había extendido y ahora ya tenía más de un millar de habitantes. Mucha gente le miraba con mal disimulada curiosidad mientras paseaba junto a Hekki con tranquilidad y un grupito de niños de distintas especies incluso había comenzado a seguirle mientras trataban de imitarle entre risas divertidas. Cuando al fin uno de ellos se atrevió a acercársele, Byshael vio que Silara se dirigía hacia él, de modo que se excusó rápidamente con los pequeños y les prometió que más tarde tendrían muchas historias nuevas de sus aventuras.
-¿Cómo se encuentra el nespit? –preguntó, interesado.
-Bien, sólo tenía un arañazo con un poco de veneno y algunas magulladuras –respondió ella con una sonrisa-. Se pondrá bien enseguida.
-Hablábamos de tu paseo de esta mañana -preguntó Silara, cuando estuvieron de nuevo en su casa, para retomar el hilo de la conversación anterior-. ¿Has conseguido ordenar tus ideas?
-Sí… -dijo el joven, sin sorprenderse ya de que ella pudiera adivinar tan fácilmente sus intenciones-. Creo que sí. He estado dándole vueltas a la reunión de esta tarde, tengo que encontrar la forma de explicarlo todo sin crear alarma entre la gente.
-Sí, eso es cierto -dijo Silara, deteniéndose un momento-. Has de ser muy prudente, cuando hables esta tarde, pero eso no lo único que te inquieta.
Esta vez fue Byshael el que se mantuvo inmóvil, junto a la puerta abierta, con la vista fija en algún punto indeterminado del exterior. Suspirando, entró y se sentó sobre unos cojines, apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos.
Imágenes.
Una visión acelerada de varios momentos de los últimos años apareció ante sus ojos, haciéndole revivir con intensidad cada uno de ellos. La impotencia que había sentido en aquellos instantes se sumó ahora a la rabia y a la vergüenza y sellaron sus labios antes de que alcanzara siquiea a abrirlos. Había cosas de las que no se sentía capaz de hablar aún, pues aún le resultaban demasiado dolorosas o frustrantes como para tratar de compartirlas con nadie.
-No he visto el Yhaara entre tu equipaje -comentó Silara, cambiando de tema al adivinar que él no estaba preparado todavía para hablar-. ¿Tampoco vas a hablarme de ella?
Aquellas palabras tomaron por sorpresa a Byshael, que dio un respingo y miró de hito en hito a la mujer. Se sentía demasiado avergonzado por su torpeza, por haber perdido aquello que debía ser lo más importante para él, como para iniciar aquella conversación por él mismo, a pesar de que aquél era uno de sus mayores problemas. Su vida, en gran medida, dependía de aquel aparentemente insignificante pedazo de madera, y lo había perdido de la forma más estúpida que pudiera imaginar, pero lo peor es que no tenía la menor idea de cómo recuperarlo.
-No es necesario que seas tan duro contigo mismo -dijo Silara, con suavidad, al ver que él se llevaba las manos a la cabeza, presa de la frustración-. Fue un accidente, nada más.
-¡Un accidente! -replicó él, de inmediato, con amargura-. No es necesario que seas tan condescendiente conmigo. Ambos sabemos que ha sido un error imperdonable por mi parte y que no podré estar tranquilo de nuevo hasta que vuelva a tener el Yhaara sano y salvo en mis manos.
-Sí, debes recuperarlo cuanto antes -respondió ella, con calma-, pero no tienes por qué torturarte cada segundo. No vas a solucionar nada de esa manera…
-Claro que no solucionaré el problema torturándome, Silara, pero no puedo evitarlo. ¿Tienes idea de lo que podría hacer conmigo esa humana si supiera lo que tiene entre las manos?
-¿No crees que si tuviera idea de que la bonita figura de madera que encontró tirada en el bosque es algo más que eso ya habría hecho algo al respecto?
-Tal vez esté esperando algo, o a alguien, no sé… -dijo Byshael, nervioso, mientras se levantaba y comenzaba a andar por la habitación-. Nunca hay que fiarse de los humanos, por inocentes que parezcan.
-Nunca hay que… -repitió Silara, pensativa-. Esa es una opinión muy radical, ¿no te parece?
-Es la verdad -contestó él, volviéndose hacia la puerta, que continuaba abierta-. Son mezquinos, traidores y mentirosos. Les complace ser crueles y destruir todo cuanto les rodea, se regodean en la desgracia ajena, ni siquiera se preocupan por sus propios semejantes, lo único que les interesa es conseguir todo cuanto se les antoja, cueste lo que cueste.
-Tú no eres muy distinto a esos humanos a los que tanto odias, Byshael -sentenció la mujer, con seriedad-. Tal vez te convendría no olvidarlo.
-Hace mucho que dejé de ser uno de ellos, y lo sabes -respondió el joven, con su rostro deformado por el rencor y el desprecio.
-Por más que reniegues de tu pasado, siempre estará ahí, y no puedes hacer nada para cambiarlo. Algún día tendrás que aceptarlo.
Llegados a este punto, alguien llamó a la puerta, interrumpiendo una vez más la conversación. Silara se levantó, y tras hablar brevemente con la misma ninfa que antes había avisado del accidente del nespit, se dirigió con seriedad a Byshael.
-La reunión junto al Haradyan ya está preparada –anunció la mujer-. Es hora de que vayamos.
-Será mejor que no les hagamos esperar.
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Todos los derechos reservados
(All rights reserved)
La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
Prohibida la distribución o copia.
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Bueno, algo sí tengo que decir, y es que he reescrito prácticamente todo este capítulo en un tiempo record, así que no me lo tengan muy en cuenta si encuentran muchos fallos por ahí. En cuanto disponga de un poco más de tiempo lo revisaré con más calma.
¡Hasta la próxima!
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#Escuchando… The Chairman’s Waltz (from Memoirs of a Geisha) - John Williams
PUM. Capítulo 10.
by Itahisa on Ene.22, 2010, under PUM
¡Y volvemos a la rutina de los viernes! Capítulo 10 ya, ¡vamos avanzando! Y para estrenar nueva decena, capítulo de un color nuevo, ¡blanco! Eso quiere decir que el punto de vista será el de otro personaje distinto en este capítulo. Tengo que decir que, en mi original, el capítulo es de color NEGRO, pero claro, en un blog con fondo negro, poner texto en negro…
En fin, que me estoy enrollando mucho, ¡espero que les guste!
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El día, aunque había comenzado en medio de una espesa y húmeda niebla, transcurría ahora bajo la cálida y radiante luz del sol, y de igual modo parecían haberse disipado las dudas que había albergado la noche anterior respecto a qué haría su rebelde nieta aquella mañana. Hacía ya varias horas que había salido el sol y nadie había visto aún a Khuanya, lo cual le resultaba de lo más conveniente, puesto que podría demostrar una vez más a su yerno la conveniencia de imponer una disciplina aún más dura a la muchacha e, incluso, la posibilidad de hacer que alguno de sus múltiples parientes la acogiera lejos de allí. Pensaba en todo esto, satisfecha al ver cómo aquel plan comenzaba a realizarse ante sus ojos, cuando una criada llamó con timidez a su puerta para informarla de que el desayuno ya estaba servido.
Sabiendo que debía presentar convincentemente sus argumentos a Khar cuanto antes, se dispuso a bajar al salón, al que entró en el preciso momento en que el Rey preguntaba por su hija a una de las doncellas.
-Nadie la ha visto hoy, Majestad -contestó la muchacha rápidamente.
-¡Desvergonzada! -exclamó Sinea al escuchar la respuesta, mientras ocupaba su lugar junto a Khar en la mesa y comprobaba que, efectivamente, Khuanya no estaba allí-. Toda la ciudad comenta cómo sale a hurtadillas del castillo cada noche, y fueron muchos los que la vieron regresar ayer con ese asquecto de vagabunda miserable. ¡Por Ayron! Si parecía una cualquiera, con ese vestido de campesina que se empeña en llevar siempre todo roto y mojado.
Se interrumpió sólo el tiempo necsario para dar un sorbo a su infusión y mirar con severidad al resto de los comensales. Comprobó con interés si le estaban prestando atención. Khar, que se había decidido a dejar la cama a pesar de no estar totalmente restablecido, parecía escuchar mientras en su cabeza se libraba la eterna lucha entre lo que sabía que debía hacer y lo que le gustaría. Khure, por el contrario, parecía más concentrado en el bienestar de Yanara, que se sentaba frente a él, que en atender a lo que se estaba diciendo sobre su hermana. Sinea carraspeó sonoramente par captar su interés antes de proseguir.
-Si estuviera en tu lugar, Khar, no permitiría ni un día más esa conducta indigna de una princesa de Kharsean -continuó, convencida-. Opino que tendrías que ser más firme con ella, es lo que siempre te he dicho. Quizás, incluso sería conveniente enviarla lejos una temporada, de ese modo las malas lenguas se acallarían y tal vez así pudiéramos conseguirle un buen casamiento antes de que termine de echar por tierra su reputación. Si escribiera a mi hermano…
-Tú no estás en mi lugar, Sinea -sentenció Khar, de inmediato-. Y aunque lo estuvieras, sólo yo tomaría una decisión tan importante respecto a mi hija. No vas a escribir nada a tu hermano sobre enviar a Khuanya lejos de su hogar. Ella no se irá de aquí a menos que yo lo estime conveniente.
-Pero tú mismo viste ayer de lo que es capaz -interrumpió Sinea, molesta-. No le importa arrastrar por el lodo su buen nombre y mucho menos el de la familia si con ello consigo satisfacer sus ridículos caprichos. Y a pesar de todo, hoy ha vuelto a escaparse, haciendo oídos sordos a mi prohibición de salir de nuevo al menos hasta que el vergonzoso incidente de ayer se olvidara.
-La abuela tiene razón, padre -intervino Khure, que hasta el momento se había limitado a ser un mero espectador-. Khuanya siempre hace lo que quiere, sin pensar en las consecuencias que sus actos pueden tener para los demás.
-No seas tan duro con tu hermana, hijo -respondió el Rey, mientras miraba más allá del joven príncipe-. Yeixa…
-¿Sí, Majestad? -contestó la muchacha, acercándose unos pasos a la mesa.
-¿Has visto hoy a mi hija?
-¿La has vigilado, como te ordené? -interrumpió Sinea-. Deberías haber avisado de inmediato a alguien al ver que la Princesa salía sola del castillo sin autorización una vez más.
-Sí, Majestad, lo sé. Pero…
-¿Qué excusa tienes para tan imperdonable negligencia, muchacha? -interrogó la anciana.
-La Princesa no ha salido de su habitación, Majestad -se apresuró a decir la doncella-. Sigue en su habitación.
-¿Cómo lo sabes? -continuó, desconfiada, Sinea.
-Poco después del amanecer me asomé discretamente a su puerta y la Princesa aún dormía. Hoy no ha ido a pasear, Majestad.
-¿Y por qué no ha bajado a desayunar con nosotros?
-No… no lo sé, señora. Yo bajé a las cocinas hace apenas unos minutos, pues debía cumplir con mis obligaciones en la mesa.
-Sube a buscarla, por favor, Yeixa -pidió Khar.
-¿Qué es lo que estás esperando, muchacha? -ordenó Sinea, alzando la voz, al ver que la doncella dudaba un instante-. ¡Sube a buscarla! Si piensa que podrá quedarse en su habitación todo el día por una pataleta de niña consentida, está muy equivocada. Si no baja a desayunar con nosotros enseguida, se quedará sin tomar nada todo el día.
-Sí, Majestad. Se lo diré enseguida.
Yeixa corrió por los pasillos y corredores hasta llegar a la habitación de su señora. Realmente apreciaba a Khuanya, ella siempre la había tratado bien, con respeto, y no quería ocasionarle más problemas con su abuela de los que ya tenía. Llamó con la aldaba, pero nadie respondió. Pensando que la Princesa tal vez estaría en el estudio, como tantas otras veces, y no la escucharía desde allí, abrió la puerta y entró, en silencio.
-¿Princesa? -llamó, cautelosa.
Una tenue claridad penetraba en la habitación por el espacio que había entre los pesados cortinajes de las ventanas, pero era suficiente para ver con claridad el interior de la estancia. Para asombro de la doncella, Khuanya aún dormía, o eso es lo que parecía desde la puerta. Se acercó, lentamente, y la llamó.
-Princesa, debéis levantaros -dijo, en voz baja, para no sobresaltarla-. Vuestra familia os está esperando en la mesa para desayunar.
Tras estas palabras, la única respuesta que obtuvo fue un sonoro maullido de Khaisa, que observaba atentamente desde los pies de la cama de su ama. Pensando en algo que fuera más convincente e hiciera levantarse a la Princesa, continuó.
-Vuestra abuela ha dicho que si no estáis allí en diez minutos os quedaréis sin tomar nada todo el día -prosiguió, mientras seguía avanzando hacia la cama.
Estaba ya muy cerca de Khuanya, que yacía con los ojos cerrados. Parecía muy abrigada, a pesar de que no hacía frío en la habitación, y no se movía. Le pareció que su rostro lucía aún más pálido que de costumbre. Además, se aferraba con fuerza a algo que llevaba en las manos, lo apretaba contra su pecho. No podía ver bien de qué se trataba, pero le pareció muy extraño.
-¿Os encontráis bien, Majestad? -preguntó, inquieta, al fin.
Al no hallar respuesta tampoco esta vez, se atrevió a extender la mano y rozar la frente de la joven. Estaba muy caliente y el sudor perlaba todo su rostro, pero a pesar de aquel calor que emanaba, la Princesa temblaba como si tuviera mucho frío.
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La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
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¡Mua ha ha!
¿¿Qué creen que hará ahora Sinea??
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#Escuchando… All of them! (from King Arthur OST)- Hans Zimmer
PUM. Capítulo 9 (9a + 9b).
by Itahisa on Ene.20, 2010, under PUM
¡Hola hola!
Sí, de nuevo sé que ya debería haber puesto este capítulo, que me estoy saltando los plazos como me da la gana, ¡pero tengo testigos de que me ha sido imposible publicarlo antes! De modo que espero que me perdonen por la tardanza, una vez más…
En cuanto a este capítulo, no es el 10, como correspondería, porque no me ha parecido lo suficientemente largo (entre otras razones) para ponerlo como tal, así que lo voy a dejar como capítulo 9b. El trozo anterior será entonces el 9a y entre los dos el capítulo 9 al completo. Pongo aquí los dos juntos, formando un único capítulo. El auténtico capítulo 10… ¡muy pronto!
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Mientras andaba, en la más completa oscuridad, no podía evitar sentir la ira en su interior. Le enfurecía pensar que una humana, una miserable humana, tenía ahora su Yhaara. Ella se lo había robado, se lo había llevado con ella quién sabe cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera descubrir dónde estaba y recuperarlo. Porque iba a recuperarlo, de eso estaba completamente seguro.
Pensaba en la muchacha, en que, por un momento, le había engañado completamente con su rostro angelical y su dulce expresión mientras dormía. Sin duda alguna ella no era más que una arpía, alguien indigno de toda confianza, como cualquier otro humano.
Se agachó con agilidad para esquivar una rama baja que le impedía el paso. Aunque ya era noche cerrada, conocía aquel camino a la perfección, de modo que andaba por las altas y estrechas ramas con tanta seguridad como si fuera pleno día y tuviera los pies en el suelo. Sabía que ya estaba muy cerca de la ciudad de Ayua. Seguía furioso por haber perdido el Yhaara, pero regresar a su hogar le animaba más de lo que había imaginado. Se sentía cada vez mejor a medida que avanzaba por entre la espesura del bosque de Thrakien. Pensaba en su gente, en lo mucho que les echaba a todos de menos, cuando un agudo chillido, seguido de un extraño ruido, atrajo su atención.
Se volvió a toda prisa, alarmado, pero lo único que pudo ver antes de que algo le golpeara en la cara y le hiciera caer al suelo fue una mancha de color verde que volaba hacia él a toda velocidad. Quedó tumbado sobre la gruesa rama del árbol en el que se encontraba, un tanto aturdido. Movió la cabeza a uno y otro lado, despacio, para espabilarse un poco, mientras notaba una extraña opresión en el pecho. Cuando finalmente abrió los ojos, lo que vio ante sí le resultó muy familiar: un pequeño ser verde y naranja, con patas cortas y fuertes, alitas pequeñas y ojos enormes le miraba fijamente, totalmente inmóvil, pero al ver que reaccionaba comenzó a dar pequeños saltos y a emitir un curioso gorjeo, similar al ronroneo de un gato, y sus ojos se iluminaron con el brillo de una emoción que cualquiera podría identificar como la más pura alegría.
-¡Hekki! –exclamó, sorprendido, al reconocerle, mientras abrazaba con fuerza a la pequeña criatura y se sentaba, riéndose sin parar-. ¡Hekki, Hekki, cuánto me alegro de volver a verte!
Casi no podía creer que Hekki estuviera realmente allí. Hacía tanto tiempo que no le veía que, mientras jugaba con él, observó atentamente cada uno de sus rasgos, buscando los cambios que el tiempo, implacable, habría dejado en su querida mascota. Sus alitas, pequeñas en comparación con su tamaño, como todas las de los ilanit, aún conservaban toda su fuerza, así como las cortas patas delanteras, que asían con firmeza sus manos y parecían no querer soltarle nunca más. Las traseras, mucho más robustas, parecían en cambio haber perdido alguna agilidad, pero el brillo en sus enormes ojos naranjas continuaba allí cada vez que le miraba. Sonriendo una vez más, el joven pensó que sin duda Hekki se alegraba tanto de volver a verle como él de haberse reencontrado con su antiguo compañero.
-Creo que no es el único que se alegra de tu regreso –dijo una voz femenina a sus espaldas.
En cuanto escuchó la primera palabra, el joven se levantó, dejando en el suelo al ilanit y se volvió para mirar a los ojos a su interlocutora.
-Silara… -respondió, casi sin aliento.
Avanzó lentamente, sin poder apartar los ojos de la mujer. Se detuvo un instante frente a ella y entonces ambos sonrieron. Esa fue la única señal que el joven necesitaba para recorrer la escasa distancia que aún les separaba y rodearla con sus brazos mientras pensaba en lo mucho que la había echado de menos y en lo culpable que se sentía por haber tardado tanto en regresar al hogar.
-Yo también te he echado de menos -dijo ella, separándose un poco de él para observar su hermosa sonrisa-. Bienvenido a casa, Byshael.
-¡Me siento tan feliz por estar de nuevo aquí, Silara! Cuando me fui, nunca creí que sería por tanto tiempo ni que llegaría a extrañar tanto esta ciudad. Tú sabes que siempre me sentí más cómodo solo, en los caminos.
-No podías pasar tu vida entera vagando en soledad, huyendo de todo, de la realidad, Byshael -respondió ella, sin dejar de sonreír-. Yo sabía que algún día, tarde o temprano, el rencor de tu corazón tendría que disiparse. Me alegro de que ese día haya llegado al fin.
-Sólo he regresado para informar a la Asamblea de lo que he descubierto en mi viaje -respondió él, endureciendo ligeramente la voz.
Silara le miró con suspicacia y contuvo una sonrisa divertida para evitar que Byshael continuara a la defensiva, aunque sabía que, le gustara a él o no, el cambio había llegado al fin. Mientras tanto, él se había agachado para recoger a Hekki del suelo y, tras colocarlo en su hombre, se volvió de nuevo hacia ella.
-Supongo que estarás hambriento -dijo ella entonces, tras escuchar el sonoro rugido proveniente del estómado del joven-. Vamos, aún hay camino por recorrer y ya es bastante tarde.
-Claro -respondió él con una sonrisa mientras le ofrecía su brazo como apoyo.
Así, tomados del brazo, entraron media hora después en la bella ciudad de Ayua. Bajaron en silencio del Elhörien y avanzaron por las calles, poco concurridas a aquellas horas, saludando alegremente a todos aquellos con los que se encontraban. El retorno de Byshael pillaba desprevenidos a los habitantes de la ciudad, que les detenían, sorprendidos y emocionados, para hacer una pregunta tras otra sobre el largo viaje que tanto tiempo había apartado al joven de su hogar. Para cuando llegaron al hogar de Silara una pequeña multitud se había formado ya a su alrededor y todos sabían que la noticia del retorno de Byshael no permanecería en secreto durante mucho tiempo. Byshael, antes de entrar en la casa, se volvió hacia toda aquella gente, que se apresuró a guardar un respetuoso silencio.
-Amigos -comenzó, con seriedad-, acabo de regresar de un viaje muy largo, todos lo sabéis. Como podéis imaginar, estoy exhausto y necesito recuperarme y por eso os pido a todos que seáis pacientes y aguardéis. Mañana celebraremos una reunión con la Asamblea y podréis hacerme todas las preguntas que queráis. Tengo muchas cosas que contar.
Tras estas palabras, los habitantes del bosque comenzaron a murmurar por lo bajo. Tímidamente, uno de ellos secercó al fin y expresó la pregunta que todos ansiaban hacer.
-¿Traéis buenas noticias? -inquirió, con voz trémula e insegura.
-Mañana os contaré con detalles todo lo que he descubierto en este largo viaje, amigos…
De nuevo el rumor de muchas voces hablando a la vez se escuchó en el lugar.
-Sin embargo -continuó Byshael, haciendo que el silencio se extendiera de nuevo entre la pequeña multitud que le escuchaba-, puedo deciros que hay lugar para la esperanza.
Gritos de emoción fueron la respuesta a sus últimas palabras, y varias veces se coreó el nombre del Caballero de los Deseos mientras poco a poco las gentes de Ayua regresaban a sus casas. El joven había alimentado la débil llama de la ilusión que cada uno de los habitantes de la ciudad albergaba en su corazón, haciendo renacer sus esperanzas de futuro. Sonriendo sinceramente al sentir el cariño de aquella gente, Byshael siguió a Silara cuando ella entró por fin en la casa.
-Ya ves que nadie te ha olvidado –dijo la mujer, mientras encendía varias lámparas con un par de ágiles movimientos-. Partiste solo, hace mucho tiempo ya, pero como ves contigo fueron los sueños y las esperanzas de todos los habitantes de las Edhëreas. No ha habido un sólo día desde entonces en que no te recordaran, en que no rezaran por tí y desearan tu retorno.
-Sí, lo sé… Ellos han sido la fuerza que impulsó cada uno de mis pasos -contestó, sonriendo-. Y tengo que reconocer que yo tampoco he dejado de pensar en este lugar, en regresar algún día. Nunca creí que fuera a decir esto, pero… este es mi hogar, Silara.
La radiante sonrisa de la mujer fue la única respuesta a sus palabras, pero algo en su interior le dijo que, aunque había tardado demasiado en darse cuenta, no había en aquel momento nada más cierto para él.
·(aquí comienza el capítulo 9b)
Tras estas palabras, Byshael dejó a Hekki en el suelo y observó a Silara, que iba de aquí para allá recogiendo cosas, ordenando, buscando hacer la estancia lo más cómoda posible para ambos. Hacía varios años que no la veía, pero apenas había cambiado. Su larga melena gris tenía algunas hebras blancas que no recordaba y en su rostro apacible encontró unas ligeras arrugas junto a los ojos.
«He pasado demasiado tiempo fuera» ,pensó, sin dejar de mirar a la mujer.
-Sí, ha sido demasiado tiempo –le respondió ella, sin dejar sus ocupaciones ni volverse a mirarle-. No, no lo has dicho en voz alta. Mis canas y mis arrugas no son lo único que ha cambiado en estos años, como puedes ver.
Byshael la miró, divertido. Había escuchado su pensamiento tan claramente como su hubiera hablado en voz alta. Silara siempre había demostrado tener claras dotes telepáticas, pero por lo que parecía su habilidad había mejorado extraordinariamente en el tiempo que había pasado sin verla.
-Deja de mirarme así –dijo ella, riendo, mientras le tendía una taza de madera en la que humeaba un líquido que olía de maravilla-. Una vieja sola y aburrida como yo tiene siempre más tiempo libre del que le gustaría.
-Silara, tú no eres ninguna vieja -respondió él, de inmediato, mientras se le acercaba sonriendo-. Y sabes que podrías no estar sola, tú has elegido…
-Hay costumbres que lo son sólo por necesidad, Byshael, pero con el tiempo terminan convirtiéndose en malas manías -replicó ella-. Pero no perdamos el tiempo con tonterías como esas, vamos a sentarnos, hay muchas cosas de las que hablar.
En el centro de la estancia circular que constituía la habitación principal de la casa había un pequeño fuego que crepitaba alegremente, justo debajo de un orificio que hacía las veces de chimenea y de tragaluz, por el que entraba la luz durante el día y que permitía al humo salir sin problemas. En las paredes, por todas partes, colgaban ramilletes de las más diversas plantas, y en el suelo aparecían montones de cestos bellamente trenzados, a veces apilados unos sobre otros, por cuyos bordes asomaba, en ocasiones, su contenido. Varios montones de cojines semejaban montañas en miniatura, agrupados en los rincones, junto a un par de hermosas mesas bajas sobre las cuales reposaban toda clase de pergaminos y artilugios de extraño aspecto. El conjunto resultaba asombrosamente acogedor.
Cuando todo estuvo a gusto de Silara, ambos se sentaron junto al hogar y hablaron durante varias horas. Él comenzó a relatar muchas de las cosas que le habían sucedido durante su viaje, habló durante varias horas, describiendo en detalle lugares, gentes y situaciones, pero Silara percibió que había algo que callaba. Sin embargo, no quiso forzarle a contárselo en aquel momento, pues sabía que, más tarde o más temprano, él terminaría por contárselo todo. Ninguno de los dos parecía darse cuenta de cómo pasaba el tiempo mientras conversaban, pero finalmente Byshael cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared que tenía detrás mientras su tono de voz disminuía paulatinamente hasta quedar convertido apenas en un susurro ininteligible. Sonriendo con ternura al comprender que el joven era presa del agotamiento, Silara apagó el fuego y, en silencio, se acercó a él, que comenzó a sentir que se movía, pero no alcanzó a darse cuenta del modo en que ocurría. Nada lo tocaba, no veía a nadie junto a él y sin embargo notaba que algo tiraba de él y lo colocaba sobre un lecho blando y cómodo, aunque firme. Unos segundos después algo cálido le cubrió. Después, sólo quedó a su alrededor el silencio de la noche de Thrakien.
Se giró para acomodarse y quedó tendido boca arriba, adormilado. Abrió ligeramente los ojos por un instante y observó la habitación en la que se encontraba, a pesar de que la conocía perfectamente. Había pasado muchas noches allí en el pasado, y cada una de ellas le trajo un recuerdo distinto a la memoria. Había tantos momentos encerrdos entre las paredes de aquella casa que casi le parecía que tuviera vida propia. Estaba demasiado cansado para continuar pensando, el sueño tranquilo y reparador que durante tanto tiempo se había negado tenía ahora su oportunidad y luchaba para borrar de su mente cualquier rastro de idea o sentimiento, de modo que se abandonó a él y trató de volver a dormirse, pero justo en ese momento algo atrajo toda su atención, espabilándolo de inmediato.
Alguien lloraba. Parecía estar cerca de él, y lo hacía de un modo tan desconsolador que partía el alma. Se sentó en la cama y miró a su alrededor mientras comenzaba a sentir una presión sobre el pecho, como si una pesada losa lo asfixiara. Una tristeza inmensa se abatió sobre su corazón al mismo tiempo que escuchaba atentamente a su alrededor en busca de aquel llanto. Sabía que no podía ser Silara la que lloraba tan desconsoladamente, de modo que se acercó a la ventana, por la que entraba la tímida luz de Iliore. Mientras la observaba, se dio cuenta de que aquel sonido no podía provenir de nadie que se encontrara a su alrededor. La sensación de inmensa tristeza y angustia que sentía en lo más hondo de su corazón mientras continuaba escuchando los sollozos no dejaban lugar a dudas. Era ella, la muchacha que había visto en el bosque, la ladrona que se había llevado su Yhaara.
¿Qué le ocurría? ¿Por qué lloraba tan desconsoladamente? ¿Y por qué tenía el unicornio de madera en las manos en un momento así? Ella no había pronunciado ni una sola palabra, de modo que no podía saberlo. Mientras volvía a la cama, deseó que ella comenzara a hablar, que dijera algo que le diera una pista de dónde estaba. Así podría ir a buscar su Yhaara y podría volver a sentirse tranquilo y seguro.
«¿Por qué no deja de llorar?», se preguntó, molesto. «Sea lo que sea lo que le ha pasado, probablemente se lo merece», pensó.
Una parte de él se sintió mal en cuanto apareció en su mente este pensamiento, pero el resto de su ser le decía que ella no era más que otra humana, que no debía compadecerse de ella, por más desgraciada que se sintiera. Tiempo atrás, probablemente se habría apiadado de ella, pero había aprendido que no debía fiarse nunca de los humanos, pues eran hábiles con la mentira y no tenían escrúpulos cuando se trataba de conseguir lo que querían.
Ella seguramente no era distinta de todos los demás, se repitió a sí mismo, mientras trataba de aislarse del lastimero sonido que llenaba su cabeza por completo, perturbándolo. Aquella noche, siguió escuchando durante mucho tiempo los sollozos de la muchacha, hasta que comenzaron a atenuarse y no quedó más que el silencio de nuevo. Ella, probablemente, se había rendido al sueño al fin. Byshael, sin embargo, no pudo dormir más aquella noche.
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La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
Prohibida la distribución o copia.
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#Escuchando… Becoming one of “The People”, becoming one with Neytiri (from Avatar OST) - James Horner
PUM. Capítulo 9.
by Itahisa on Ene.05, 2010, under PUM
Sí, sé que hace muchas semanas que tendría que haber subido un nuevo capítulo. Sé que es imperdonable que justo cuando más tiempo hay para leer, no haya puesto nada. Sin embargo, no puedo dejar de decir que ¡me ha sido imposible subirlo antes! A mi favor, y para demostrar mi absoluta falta de tiempo para dedicar al blog, diré que aún no he escrito nada sobre mi viaje a La Palma, ni sobre las fiestas, ni mi cumpleaños, ni el nuevo año, ¡nada! Así que espero que me perdonen y acepten este mini regalo de reyes adelantado…
¡Espero que les guste!
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Capítulo dedicado a Maira,
por ponerse tan pesada para que lo subiera. Muchas gracias por apoyarme tanto con esta historieta de pacotilla, ¡saber que hay gente con tanto interés en ella hace que sienta más ilusión aún por continuarla! ¡Mil gracias!
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Ж
Mientras andaba, en la más completa oscuridad, no podía evitar sentir la ira en su interior. Le enfurecía pensar que una humana, una miserable humana, tenía ahora su Yhaara. Ella se lo había robado, se lo había llevado con ella quién sabe cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera descubrir dónde estaba y recuperarlo. Porque iba a recuperarlo, de eso estaba completamente seguro.
Pensaba en la muchacha, en que, por un momento, le había engañado completamente con su rostro angelical y su dulce expresión mientras dormía. Sin duda alguna ella no era más que una arpía, alguien indigno de toda confianza, como cualquier otro humano.
Se agachó con agilidad para esquivar una rama baja que le impedía el paso. Aunque ya era noche cerrada, conocía aquel camino a la perfección, de modo que andaba por las altas y estrechas ramas con tanta seguridad como si fuera pleno día y tuviera los pies en el suelo. Sabía que ya estaba muy cerca de la ciudad de Ayua. Seguía furioso por haber perdido el Yhaara, pero regresar a su hogar le animaba más de lo que había imaginado. Se sentía cada vez mejor a medida que avanzaba por entre la espesura del bosque de Thrakien. Pensaba en su gente, en lo mucho que les echaba a todos de menos, cuando un agudo chillido, seguido de un extraño ruido, atrajo su atención.
Se volvió a toda prisa, alarmado, pero lo único que pudo ver antes de que algo le golpeara en la cara y le hiciera caer al suelo fue una mancha de color verde que volaba hacia él a toda velocidad. Quedó tumbado sobre la gruesa rama del árbol en el que se encontraba, un tanto aturdido. Movió la cabeza a uno y otro lado, despacio, para espabilarse un poco, mientras notaba una extraña opresión en el pecho. Cuando finalmente abrió los ojos, lo que vio ante sí le resultó muy familiar: un pequeño ser verde y naranja, con patas cortas y fuertes, alitas pequeñas y ojos enormes le miraba fijamente, totalmente inmóvil, pero al ver que reaccionaba comenzó a dar pequeños saltos y a emitir un curioso gorjeo, similar al ronroneo de un gato, y sus ojos se iluminaron con el brillo de una emoción que cualquiera podría identificar como la más pura alegría.
-¡Hekki! –exclamó, sorprendido, al reconocerle, mientras abrazaba con fuerza a la pequeña criatura y se sentaba, riéndose sin parar-. ¡Hekki, Hekki, cuánto me alegro de volver a verte!
Casi no podía creer que Hekki estuviera realmente allí. Hacía tanto tiempo que no le veía que, mientras jugaba con él, observó atentamente cada uno de sus rasgos, buscando los cambios que el tiempo, implacable, habría dejado en su querida mascota. Sus alitas, pequeñas en comparación con su tamaño, como todas las de los ilanit, aún conservaban toda su fuerza, así como las cortas patas delanteras, que asían con firmeza sus manos y parecían no querer soltarle nunca más. Las traseras, mucho más robustas, parecían en cambio haber perdido alguna agilidad, pero el brillo en sus enormes ojos naranjas continuaba allí cada vez que le miraba. Sonriendo una vez más, el joven pensó que sin duda Hekki se alegraba tanto de volver a verle como él de haberse reencontrado con su antiguo compañero.
-Creo que no es el único que se alegra de tu regreso –dijo una voz femenina a sus espaldas.
En cuanto escuchó la primera palabra, el joven se levantó, dejando en el suelo al ilanit y se volvió para mirar a los ojos a su interlocutora.
-Silara… -respondió, casi sin aliento.
Avanzó lentamente, sin poder apartar los ojos de la mujer. Se detuvo un instante frente a ella y entonces ambos sonrieron. Esa fue la única señal que el joven necesitaba para recorrer la escasa distancia que aún les separaba y rodearla con sus brazos mientras pensaba en lo mucho que la había echado de menos y en lo culpable que se sentía por haber tardado tanto en regresar al hogar.
-Yo también te he echado de menos -dijo ella, separándose un poco de él para observar su hermosa sonrisa-. Bienvenido a casa, Byshael.
-¡Me siento tan feliz por estar de nuevo aquí, Silara! Cuando me fui, nunca creí que sería por tanto tiempo ni que llegaría a extrañar tanto esta ciudad. Tú sabes que siempre me sentí más cómodo solo, en los caminos.
-No podías pasar tu vida entera vagando en soledad, huyendo de todo, de la realidad, Byshael -respondió ella, sin dejar de sonreír-. Yo sabía que algún día, tarde o temprano, el rencor de tu corazón tendría que disiparse. Me alegro de que ese día haya llegado al fin.
-Sólo he regresado para informar a la Asamblea de lo que he descubierto en mi viaje -respondió él, endureciendo ligeramente la voz.
Silara le miró con suspicacia y contuvo una sonrisa divertida para evitar que Byshael continuara a la defensiva, aunque sabía que, le gustara a él o no, el cambio había llegado al fin. Mientras tanto, él se había agachado para recoger a Hekki del suelo y, tras colocarlo en su hombre, se volvió de nuevo hacia ella.
-Supongo que estarás hambriento -dijo ella entonces, tras escuchar el sonoro rugido proveniente del estómado del joven-. Vamos, aún hay camino por recorrer y ya es bastante tarde.
-Claro -respondió él con una sonrisa mientras le ofrecía su brazo como apoyo.
Así, tomados del brazo, entraron media hora después en la bella ciudad de Ayua. Bajaron en silencio del Elhörien y avanzaron por las calles, poco concurridas a aquellas horas, saludando alegremente a todos aquellos con los que se encontraban. El retorno de Byshael pillaba desprevenidos a los habitantes de la ciudad, que les detenían, sorprendidos y emocionados, para hacer una pregunta tras otra sobre el largo viaje que tanto tiempo había apartado al joven de su hogar. Para cuando llegaron al hogar de Silara una pequeña multitud se había formado ya a su alrededor y todos sabían que la noticia del retorno de Byshael no permanecería en secreto durante mucho tiempo. Byshael, antes de entrar en la casa, se volvió hacia toda aquella gente, que se apresuró a guardar un respetuoso silencio.
-Amigos -comenzó, con seriedad-, acabo de regresar de un viaje muy largo, todos lo sabéis. Como podéis imaginar, estoy exhausto y necesito recuperarme y por eso os pido a todos que seáis pacientes y aguardéis. Mañana celebraremos una reunión con la Asamblea y podréis hacerme todas las preguntas que queráis. Tengo muchas cosas que contar.
Tras estas palabras, los habitantes del bosque comenzaron a murmurar por lo bajo. Tímidamente, uno de ellos secercó al fin y expresó la pregunta que todos ansiaban hacer.
-¿Traéis buenas noticias? -inquirió, con voz trémula e insegura.
-Mañana os contaré con detalles todo lo que he descubierto en este largo viaje, amigos…
De nuevo el rumor de muchas voces hablando a la vez se escuchó en el lugar.
-Sin embargo -continuó Byshael, haciendo que el silencio se extendiera de nuevo entre la pequeña multitud que le escuchaba-, puedo deciros que hay lugar para la esperanza.
Gritos de emoción fueron la respuesta a sus últimas palabras, y varias veces se coreó el nombre del Caballero de los Deseos mientras poco a poco las gentes de Ayua regresaban a sus casas. El joven había alimentado la débil llama de la ilusión que cada uno de los habitantes de la ciudad albergaba en su corazón, haciendo renacer sus esperanzas de futuro. Sonriendo sinceramente al sentir el cariño de aquella gente, Byshael siguió a Silara cuando ella entró por fin en la casa.
-Ya ves que nadie te ha olvidado –dijo la mujer, mientras encendía varias lámparas con un par de ágiles movimientos-. Partiste solo, hace mucho tiempo ya, pero como ves contigo fueron los sueños y las esperanzas de todos los habitantes de las Edhëreas. No ha habido un sólo día desde entonces en que no te recordaran, en que no rezaran por tí y desearan tu retorno.
-Sí, lo sé… Ellos han sido la fuerza que impulsó cada uno de mis pasos -contestó, sonriendo-. Y tengo que reconocer que yo tampoco he dejado de pensar en este lugar, en regresar algún día. Nunca creí que fuera a decir esto, pero… este es mi hogar, Silara.
La radiante sonrisa de la mujer fue la única respuesta a sus palabras, pero algo en su interior le dijo que, aunque había tardado demasiado en darse cuenta, no había en aquel momento nada más cierto para él.
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La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
Prohibida la distribución o copia.
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Mwuahaha!!! ¿Sorpresa por el nombre del misterioso dueño del Yhaara??? ¿Les suena de algo??
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PD: Como bonus navideño, un dibujo de Hekki!! (hecho por mí :P)

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#Escuchando… The Fellowship reunited - Howard Shore