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Tag: La Princesa y el unicornio de madera

PUM. Capítulo 15.

by Itahisa on Jun.18, 2010, under PUM

Capítulo nuevo!!! Siento la tardanza!! AH!! Y espero que se den cuenta de que no se percataron de un detalle bastante importante en el capítulo anterior, ahora Byshael conoce a Sinea!!!!

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Tras la asamblea, los habitantes de Ayua comenzaron a levantarse, despacio y en silencio y emprendieron el regreso a sus hogares. Habían esperado grandes noticias, todas sus esperanzas habían sido depositadas en aquel singular joven que había partido en busca de respuestas hacía tanto tiempo ya. Ahora que las habían recibido comprendían todos los cambios que se habían estado produciendo en el bosque durante los últimos tiempos, sabían por qué en Thrakien habían comenzado a morir algunos árboles de forma inexplicable, o por qué ciertas especies de aves habían dejado de anidar allí. Ya conocían el origen de la oscuridad que se extendía, lenta pero inexorablemente, por todas partes desde hacía algún tiempo.

Byshael, de pie junto a Silara, los contemplaba con tristeza, lleno de impotencia. Él había sido en aquella ocasión el portador de la mala nueva que pesaba ahora en los corazones de los habitantes de la bella Ayua. Ni siquiera los miembros de la Asamblea dijeron una palabra más y se retiraron del mismo modo que los demás. Incluso Hekki, de natural alegre, estaba sentado a los pies del joven con expresión apenada en su pequeño rostro a rayas. Todos sabían que no había nada que pudieran hacer, nadie sabía cómo devolver la vida a las Zabay, y sin ellas, pronto todo cuanto conocían y amaban moriría.

-Vamos, Byshael – dijo la mujer, que permanecía a su lado, con tono sombrío-, regresemos a casa, ahora ya no podemos hacer nada más. Convocaremos otra asamblea pronto, pero creo que en este momento solamente necesitan asumir cuál es la situación real en la que estamos.

-No, Silara, ve tú, yo iré más tarde -respondió Byshael, sin mirar a Silara.

Se agachó para coger en brazos a Hekki y cuando se irguió de nuevo se encontró con la penetrante mirada de la hechicera.

-Este… -tartamudeó el joven, inquieto-, tengo algunas cosas en las que pensar.

Silara le miró en silencio un instante, asintió en silencio antes de alejarse, dejando a Byshael totalmente solo bajo la bóveda del Haradyan. El joven la miró durante unos segundos, preguntándose si no sería mejor seguirla, había demasiadas cosas que hacer, que hablar, como para pensar en sí mismo, pero al mismo tiempo sentía que necesitaba algún momento para ordenar sus ideas y sentimientos antes de hablar sobre ellos. Mientras respiraba hondo, miró hacia el cielo y tras una leve sonrisa, echó a andar.

Siempre le había encantado ver el atardecer desde aquel hueco en lo más alto del más alto árbol de Thrakien. Podía decir, sin dudarlo, que aquel era su lugar favorito, el único al que acudía cuando necesitaba tranquilidad para poder pensar o simplemente un momento para relajarse y alejarse de las preocupaciones del día a día. Allí podía olvidarse de todo aunque fuera un instante, y estar a solas consigo mismo, ya que aunque no era un secreto para casi nadie la existencia de aquel lugar, nadie solía ir allí, y mucho menos cuando él estaba en su refugio.

Aquel día el ocaso le parecía especialmente hermoso, pues tanto tiempo alejado del hogar casi le había hecho olvidar su belleza. Hekki, que parecía haber olvidado ya los tristes momentos vividos apenas unos minutos antes, ya revoloteaba por todas partes, como siempre, y ahora se entretenía tratando de llamar la atención del joven con saltitos, juegos y continuos gorjeos desde una rama situada justo encima de la cabeza de Byshael quien, por su parte, hacía caso omiso de ellos.

Pero el muchacho no conseguía concentrarse en el atardecer que tenía ante sus ojos, a pesar de no estar prestando atención a nada más. Había pasado la casi media hora que se tardaba en llegar hasta allí desde el centro de Ayua pensando en todo lo que había dicho durante la reunión con la Asamblea, pero apenas llegó su refugio y se acomodó ocurrió algo que desvió su atención tanto de lo sucedido en la tarde como de lo que ocurría ante él.

Volvía a escucharla, a ella, pero esta vez su voz sonaba claramente en su cabeza.

«¿Por qué sostenía el Yhaara en sus manos con tanta frecuencia?», se preguntó.

La joven no estaba sola en esta ocasión, hablaba con alguien y, sin embargo, su voz era apenas audible, como si hablara en susurros, y además transmitía una gran tristeza. Dedujo de la conversación que hablaba con su padre y que estaba muy apenada por algo que había hecho, algo que le había preocupado. Él sólo podía escuchar lo que decía la joven, pero le pareció que, tras uno de sus silencios, su voz sonaba algo más tranquila.

«Tiene una voz tan dulce… y tan triste al mismo tiempo›› -pensó, curioso-. «Lástima que no haya dicho nada que me ayude a encontrarla››.

Varios minutos pasaron en silencio y Byshael pensó en lo que acababa de escuchar. No podía entender la mayor parte de cuanto ella decía, eran sólo frases inconexas, pero estaba profundamente interesado en aquella misteriosa joven que tenía su Yhaara, había algo en su voz que le hacía preguntarse qué le ocurría, qué causaría aquella profunda tristeza, aquella angustia que escuchaba cada vez que ella hablaba.

-¿Por qué no puede ser todo como antes? –escuchó con claridad en su mente- ¿Y por qué hablo contigo? ¡Sigo hablando sola! Pero… ¡qué digo! Sólo es un trozo de madera…

Su voz sonó tan cercana en su cabeza que por un instante había sentido que realmente se dirigía a él. Sabía que era a causa del Yhaara, que hacía que pareciera como si ella realmente estuviera allí, aunque estuviera tan distante al mismo tiempo…

-¿Por qué hablo contigo? –oyó de nuevo, unos instantes después-. Tal vez sea porque no tengo a nadie que me escuche o porque sé que nunca traicionarías mis secretos. Un trozo de madera no puede hablar… Quizás sea porque parece que de verdad puedes entender lo que digo, aunque no respondas. O puede que simplemente me esté volviendo loca…

Había tanta tristeza y resignación en las palabras de la joven que Byshael no pudo evitar un estremecimiento al imaginar qué clase de vida debía llevar alguien que hablaba de ese modo. Volvió a recordar el instante en el que la había descubierto, durmiendo como una niña, sola, en el acceso al Elhörien: incluso así, sucia, mojada, le había parecido tan bella que no había podido evitar mirarla con admiración.

«¿Por qué me intriga tanto esta muchacha?» -se preguntó-. «¿Será sólo porque tiene el Yhaara? ¿O tal vez por la tristeza que percibo en su voz cada vez que habla?»

Había vuelto a hacerse el silencio. Hacía ya rato que no escuchaba absolutamente nada y se forzó a volver sus pensamientos hacia lo ocurrido en la reunión, así que cuando empezó a sentir cierta angustia y oyó de nuevo la voz de la joven, casi se sorprendió. Pero esta vez no hablaba sola, su abuela estaba con ella, y la muchacha le decía que era muy injusta con ella, parecía reprocharle por algo que había dicho o hecho.
Y entonces sucedió. Después de unos instantes de silencio, sintió muy claramente que la joven ya no tenía el Yhaara en sus manos. En lugar de la presencia tenue, tímida y triste que había sentido hasta ese momento, ahora percibía que alguien muy distinto lo tenía en su poder. Sentía ira y rencor fluyendo hacia él a través del pequeño unicornio de madera y entonces pudo oír cómo esa persona se dirigía a la muchacha, con tanta dureza que podía considerarse crueldad.

-¿Se puede saber de dónde has sacado esto? –dijo la voz de una anciana-. Yeixa dice que no lo has soltado desde ayer. Déjame ver… -comentó, mientras la analizaba minuciosamente-. Ya veo que mantienes esas ridículas ensoñaciones tuyas… cómo no…

Byshael estaba petrificado. ¿Qué iba a hacer esa mujer con el Yhaara? Desde allí no podía hacer nada, pero sabía que el que la talla de madera cambiara demanos no era algo que le conviniera.

-Si no es nada importante, tampoco te importará que me lo lleve. Hace mucho tiempo que debiste haber olvidado esas ridículos sueños. Esto –escuchó decir de nuevo a la anciana, justo antes de que volviera a hacerse el silencio-, al igual que esa absurda y pueril fantasía tuya, no volverá a ser tuyo jamás.

«¿Realmente esta mujer es la abuela de esa chica a la que vi ayer? ¿Por qué se dirige a ella de esta manera?», pensó.

No podía explicárselo: aún no había olvidado el hermoso rostro dormido de aquella joven, su tristeza que parecía llenarla por completo. ¿Cómo podía ella merecer un trato como ese? ¿Qué habría hecho que fuera tan malo?

Aún no lo sabía, pero se juró a sí mismo que lo averiguaría. Por el momento, la única certeza que tenía era que su Yhaara estaba en manos equivocadas y que tanto él como la muchacha estaban en peligro por ello. Ya no podía esperar mucho más, debía recuperarlo cuanto antes.

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Todos los derechos reservados
(All rights reserved)
La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
Prohibida la distribución o copia.

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#Escuchando… Saladin (from Kingdom of Heaven Soundtrack) - Harry Gregson-Williams

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PUM. Capítulo 14.

by Itahisa on May.07, 2010, under PUM

Hola hola!!

Sí, sigo viva, aunque a juzgar por la actividad del blog en estos últimos tiempos nadie lo diría, lo sé… Lo siento muchísimo, pero he tenido algunos problemas bastante graves con el ordenador (tuve incluso que formatearlo, pues no quedó más remedio) y además de eso he estado bastante ocupada con muchas otras cosas…

Pero ya estoy poniéndome al día con algunas cosillas, y entre ellas, PUM, así que ya estoy de vuelta con un capítulo más de esta historia… Espero que no haya pasado tanto tiempo como para que hayan perdido el hilo!!

¡Espero que les guste!

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Cuando Khar entró en la habitación de su hija con evidentes muestras de preocupación, hacía apenas unos pocos minutos que el sanador se había marchado y ahora Yeixa se ocupaba del cuidado de la joven princesa. Había abierto las cortinas y los tímidos rayos de sol de las primeras horas de la mañana entraban ahora a raudales por las ventanas, cubriendo todo cuanto encontraban a su paso con una cálida y dorada luz.

La Princesa, semiincorporada aún en la cama, muy pálida y ojerosa, parecía apaciblemente dormida. La doncella, sentada a su lado, recogía en silencio la bandeja en la que le había llevado el caldo caliente que había recomendado el sanador.

-Buenos días, Majestad –dijo la doncella, mientras hacía una leve reverencia y continuaba ordenado un poco la habitación.

-Buenos días, Yeixa -respondió el monarca, afable-. ¿Cómo se encuentra mi hija?

-El sanador ha dicho que su temperatura es muy alta y por eso se encuentra tan mal, que en cuanto se enfríe comenzará a notar la mejoría –respondió la muchacha, con cierta timidez, pero sin dejar lo que estaba haciendo-. También ha dicho que después de la sangría que le ha aplicado estará un poco débil y tendrá que descansar durante algunos días, que es importante que esté abrigada cuando su temperatura baje y que se le pongan los emplastos de hierbas que ha dejado preparados. Con todo esto, en poco tiempo se recuperará totalmente.

Mientras ella hablaba el Rey se había acercado hasta la cama de su hija y se había quedado observándola con ternura. La muchacha abrió lentamente los ojos al sentir que alguien se sentaba a su lado.

-Yeixa, por favor, déjanos solos, he de hablar con mi hija.

-Por supuesto, Majestad.

La doncella cogió la bandeja que había dejado sobre la mesita junto a la cama, en silencio, hizo una reverencia y salió de la habitación. La Princesa la miró hasta que cerró la puerta y luego se quedó mirándose el regazo, en el que sostenía firmemente entre las manos una talla de madera con forma de unicornio. Se sentía tan avergonzada que no se atrevía a mirar a su padre, que la contemplaba aún con cierta preocupación.

-Hija –dijo Khar-. ¿Qué te ocurre? ¿Y qué es eso que tienes ahí?

-¿Esto? –respondió, quitándole importancia-. Sólo es un pedazo de madera que encontré.

Inquieta, cubrió la figura con la colcha, pero no la soltó. No podía explicarlo, pero cuando sostenía aquel objeto en las manos sentía cierta seguridad que la reconfortaba. Tras un suspiro, levantó los ojos y, miró a su padre, antes de continuar.

-Siento mucho haberos preocupado, no era mi intención… Yo… sólo… quería salir… poder respirar en paz aunque fuera un rato, estar tranquila –sin darse cuenta había comenzado a hablar muy rápido, atropelladamente, de manera que no se entendía bien lo que decía-, no sabía que iba a volver a llover y no sé cómo me alejé demasiado del castillo y luego…

-Hija, tranquila -interrumpió Khar, con ternura-. No te preocupes más, ya todo pasó –continuó mientras le acariciaba la cara suavemente-, pero debes tener más cuidado cuando salgas sola, si te pasara algo… no sé qué haría si…

-No, padre, no me va a pasar nada -exclamó la muchacha, de pronto-. Os prometo que a partir de ahora sólo saldré acompañada, y sólo en caso de que sea totalmente seguro. No quiero que volváis a estar mal, a enfermaros, por mi culpa –añadió, con los ojos llenos de lágrimas-. Ya tenéis bastante peso sobre vuestras espaldas para además tener que preocuparos tanto por mí, por mi irresponsabilidad.

-Khuanya –dijo el Rey con cariño-, tú no eres la causa de ninguno de mis males. Al contrario, tú eres una inmensa alegría para mí, así que olvida eso que has dicho. Yo sé cuán necesarios son para ti tus paseos y no quiero que dejes de salir para no preocuparme, pero sí es cierto que debes ser más cauta de ahora en adelante.

-Pero padre…

-No hay más que hablar. Y ahora –dijo mientras se levantaba-, debes dormir un poco. El sanador ha recomendado que descanses y eso es lo que vas a hacer. No quiero verte fuera de la cama en todo el día. Y vas a pasar varios días de reposo absoluto, me encargaré de que te traigan aquí todas las comidas y Yeixa estará contigo permanentemente.

-No os preocupéis, no me levantaré -respondió la joven.

Tras darle un beso en la frente a su hija, Khar se dirigió a la puerta, pero antes de salir se volvió una vez más hacia ella.

-Volveré más tarde para ver cómo te encuentras, Shiri.

Khuanya sintió como las lágrimas volvían a inundar sus ojos. Aquel era el nombre que su padre le había dado desde que era apenas un bebé, cuando se escondía con ella en algún rincón y leían las fantásticas aventuras del unicornio Byshael o inventaban juntos aventuras en las que ella era la heroína de los ojos oscuros como la noche y el rostro hermoso como la luna. Nadie más conocía aquel nombre, era algo que ambos habían mantenido en el más estricto secreto, pero hacía ya tanto tiempo que no escuchaba a su padre usarlo que casi lo había olvidado. El tiempo de las historias había terminado hacía mucho, y precisamente por ello sintió que la emoción la inundaba, pues precisamente en aquel momento en que ella sentía que le había fallado, su padre le demostraba que para él siempre seguiría siendo Shiri.

Tras enjugarse las lágrimas, se acomodó en la cama y observó con atención la figura de madera que aún sostenía entre las manos y volvió a preguntarse por qué sentía tanta tranquilidad y calidez al tenerla cerca.

-¿Por qué no puede ser todo como antes? –dijo en voz alta, con amargura, sin dejar de observar el unicornio. Y luego añadió, ligeramente divertida- ¿Y por qué hablo contigo? ¡Sigo hablando sola! Pero… ¡qué digo! Sólo es un trozo de madera…

Observó atentamente los rasgos del animal. Estaban exquisitamente tallados, eran muy reales, y hasta los más ínfimos detalles habían sido plasmados con notable maestría. Incluso parecía que aquellos ojos la estaban mirando. Desvió la mirada, incómoda. Realmente no era absurdo lo que estaba haciendo y pensando, pero, de alguna manera, le parecía que alguien la observaba y escuchaba y no se sentía ridícula al hablar sola.  Era realmente extraño, no podía explicar aquellas sensaciones pero tampoco podía negar que eran ciertas.

-¿Por qué hablo contigo? –repitió, mientras miraba la figura con recelo-. Tal vez sea porque no tengo a nadie que me escuche o porque sé que nunca traicionarías mis secretos. Un trozo de madera no puede hablar… Quizás sea porque parece que de verdad puedes entender lo que digo, aunque no respondas. O puede que simplemente me esté volviendo loca…

La Princesa seguía inmersa en sus reflexiones cuando se abrió la puerta repentina pero silenciosamente. Sinea entró despacio, observando atentamente cada detalle de la estancia, analizando el rostro de su nieta mientras dejaba entrever en sus ojos un resplandor malicioso que inquietó a la Princesa de inmediato.

-He venido a ver si realmente estás enferma –le dijo-. Podrás engañar a tu padre, a tu hermano, o incluso a ese farsante del sanador, pero a mí no.

Mirándola fijamente, dio una vuelta alrededor de la cama y la joven no pudo dejar de pensar que parecía un gato al acecho de un ratón. Y lo peor era que, en aquella situación, ella tenía menos posibilidades que nunca de salir ilesa.

-Parece que dices la verdad –observó la Reina madre, deteniéndose muy cerca de la joven, que no apartaba la vista de ella ni un segundo-. Seguramente has enfermado de vergüenza, te has dado cuenta de lo que eres realmente y las molestias que nos causas a todos, ¿no es así?

-Yo nunca he hecho nada de lo que tenga que avergonzarme, abuela. Sois muy injusta conmigo y no entiendo vuestros motivos.

Sinea respiró profundamente y la miró con desprecio mientras negaba con la cabeza.

-¿No entiendes mis motivos, niña estúpida? –respondió con desdén-. ¿Y desde cuándo tengo que darte explicaciones de lo que hago?

Se quedó parada un instante, y entonces, antes de que la muchacha pudiera reaccionar, se abalanzó sobre ella.

-¿Se puede saber de dónde has sacado esto? –dijo la anciana, mientras se incorporaba sosteniendo frente a sus ojos una talla de madera con forma de unicornio-. Yeixa dice que no lo has soltado desde ayer. Déjame ver… -comentó, mientras la analizaba minuciosamente-. Ya veo que mantienes esas ridículas ensoñaciones tuyas… cómo no…

Khuanya la miró, confundida y temerosa.

-Sólo es un trozo de madera que encontré –respondió-. Por favor, abuela, devolvédmelo, no es nada importante.

-Si no es nada importante, tampoco te importará que me lo lleve. Hace mucho tiempo que debiste haber olvidado esas ridículos sueños. Esto –dijo con desprecio-, al igual que esa absurda y pueril fantasía tuya, no volverá a ser tuyo jamás.

Y, sin más, se dirigió hacia la puerta. La joven intentó levantarse para ir tras ella, pero al hacerlo se mareó y cayó pesadamente al suelo, desde donde pudo observar la expresión triunfal que le dirigió su abuela desde el umbral justo antes de desaparecer de su vista.

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La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
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Prohibida la distribución o copia.

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#Escuchando… Oltremare - Ludovino Einaudi

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PUM. Capítulo 13.

by Itahisa on Mar.14, 2010, under PUM

¡Y llegamos al capítulo 13! Al que le dé mal fario el número, que piense simplemente que es el 12+1 o el 14-1. De todos modos, ya superamos la docena de capítulos de “La Princesa y el Unicornio de Madera” en El Blog Sin Nombre ¡y seguimos adelante!

Si he de ser sincera, nunca creí que a estas alturas aún hubiera alguien que siguiera leyendo los capítulos, a juzgar por el éxito que ha tenido PUM en anteriores entregas (de la versión reducida, todo sea dicho), siempre me ha dado la impresión de que debía resultar un truño infumable, puesto que la mayoría de la gente leía unos pocos capítulos y dejaban de leer y comentar.

De todos modos, siendo como soy y conociendo lo que hay, no me hago ilusiones aún de que a nadie le guste realmente esta historia hasta que no alcancemos al menos la segunda parte, para la que quedan muchas muchas páginas aún.

Y bueno, ¡espero que les guste este capítulo!

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-La Princesa está muy enferma, Majestad –dijo Yeixa entrecortadamente, pues había corrido a toda prisa desde el dormitorio de Khuanya hasta el comedor-. Necesita un sanador urgentemente.

-Tonterías –contestó Sinea con desdén, sin mirar siquiera a la muchacha-. De lo único que debe estar enferma Khuanya es de vergüenza. Seguramente se ha dado cuenta de lo indigna que fue su conducta de ayer y no se atreve a mirarnos a la cara, así que finge que está enferma para que tratar de inspirarnos lástima. Un intento inútil, por lo que a mí respecta.

-Abuela -interrumpió Khure-, eso no es justo. Khuanya nunca ha hecho nada parecido…

-Será porque nunca antes había causado un bochorno semejante a la familia -sentenció la anciana, implacable.

-No lo creo -dijo el Príncipe, pensativo-, ese no es el estilo de Khuanya. Tal vez deberíamos llamar al sanador, como ha dicho Yeixa.

-De ninguna manera -replicó Sinea-. No llamaremos a nadie. Insisto en que no está enferma, bastará echarle un vistazo para comprobarlo.

-Ya basta -dijo Khar alzando ligeramente la voz al tiempo que avanzaba lenta pero firmemente por la habitación, de la que había salido unos minutos al ser llamado por uno de sus caballeros-. Yeixa, cuéntame cómo has encontrado a mi hija.

-Creo que está muy enferma, Majestad -respondió, nerviosa, la muchacha.

-No te he preguntado qué es lo que crees, sino lo que has visto -respondió Khar, con cierta impaciencia.

-Está acostada aún, Majestad -contestó de inmediato Yeixa, con la cabeza baja-. Tiembla mucho, está muy pálida y no responde cuando se el habla.

-Llama al sanador, de inmediato -ordenó Khar.

-¿No creerás realmente que está enferma, no? -contestó Sinea, indignada-. Probablemente está fingiendo para atraer nuestra atención tras su lamentable comportamiento. ¡No puedes seguir consintiendo así a esa niña malcriada!

-Abuela –interrumpió Khure, de nuevo-, no podéis decir eso. Khuanya nunca ha hecho nada parecido y no creo que vaya a empezar ahora a hacerlo. Y mi padre tiene todo el derecho a educar a su hija como le parezca. Yeixa, haz que llamen al médico y que venga enseguida. Y que cuando termine con ella vaya a ver al Rey y le informe de su estado.

Khar, que se había vuelto para salir de la habitación otra vez en el momento en que Sinea había comenzado a hablar, se detuvo al escuchar a su hijo. Tras dirigirle una breve mirada, sonrió y salió del comedor.

Khure, por su parte, continuó desayunando tranquilamente, ignorando las miradas airadas que le dirigía su abuela desde el otro lado de la mesa. Sabía que Sinea no sentía afecto por su hermana, pero no por ello permitiría que la tratara mal o que impidiera que recibiera la atención adecuada. Yanara, a su lado, no se atrevía a pronunciar una sola palabra, pese a que el joven príncipe actuaba como si nada ocurriera. Sabía muy bien qué ocurriría en cuanto terminara su desayuno y se despidiera para reunirse con su padre.

Sinea esperaba ansiosa aquel preciso momento. ¿Cómo se atrevía su nieto a replicarle de semejante manera? ¿Cómo podía pensar siquiera en rebatir su razonamiento? ¡Y delante de la servidumbre! Pero ella sabía exactamente cómo evitar que algo semejante volviera a ocurrir, se dijo mientras trataba de tranquilizarse. La clave estaba en la muchachita inocente y silenciosa que se sentaba junto a Khure y le miraba embelesada. Ella sería la pieza fundamental en su juego contra la rebeldía del Príncipe.

Apenas transcurrieron unos pocos minutos cuando, como era de esperar, el joven se excusó y salió con rapidez en busca del Rey. Hacía ya mucho tiempo que había tomado como costumbre acompañarle durante buena parte de su jornada, no sólo para aprender de su padre, un soberano por todos querido y respetado, sino para ayudarle ahora que el peso de la vejez hacía cada vez más difícil para él el cumplimiento de sus deberes.

-Sígueme -dijo entonces Sinea, con sequedad.

-¿A dónde vamos? -preguntó Yanara con timidez, mientras se apresuraba a seguirla.

-He hecho venir a las mejores modistas de Aghya -anunció, sin pararse a mirar a la muchacha-. Dentro de poco recibiremos algunas visitas de cierta importancia, y es necesario que tengamos atuendos a la altura de la ocasión. Además, en unos pocos meses se celebrará tu boda con mi nieto y confeccionar un vestido nupcial digno de una futura reina de Kharsean llevará tiempo.

-¡Oh! -exclamó la joven, sin saber qué decir.

Otra vez una de esas estúpidas exclamaciones sin sentido, pensó Sinea con fastidio. La prometida de Khure había demostrado ser una jovencita silenciosa y obediente, lo cual le convenía en gran medida, aunque en muchas ocasiones echaba de menos alguna iniciativa por su parte o al menos que fuera capaz de articular unas pocas frases inteligentes durante una conversación. Sin embargo, la muchacha apenas decía unas pocas palabras cuando se le preguntaba directamente, y el resto del tiempo se limitaba a emitir aquellas extrañas interjecciones que no siempre sabía qué podían significar.

Paseaba por el jardín, tras pasar casi toda la mañana junto a la muchacha, mientras recogía algunas flores y repasaba cuidadosamente todos los acontecimientos de la mañana. El trabajo encargado a las modistas avanzaba satisfactoriamente. Ambas se habían probado los modelos que más les habían gustado para las próximas cenas de gala con sus visitantes y los ajustes necesarios en cada uno de ellos habían sido ordenados. Sin embargo, Yanara había sido incapaz de decidir qué tipo de vestido deseaba para su futuro enlace con Khure. Habían pasado varias horas mirando patrones, discutiendo posibles variaciones y estilos, pero la muchacha seguía indecisa.

El asunto de la boda trajo de nuevo a su mente al Príncipe, y, por tanto, el incidente ocurrido durante el desayuno. Sinea aún sentía hervir su sangre al recordarlo, no podía perdonarle que la hubiera desafiado tan abiertamente.

-Aun no comprendo cómo Khure se atrevió a hablarme de semejante manera -dijo la Reina madre a su joven acompañante, indignada, mientras le tendía una magnífica rosa blanca recién cortada-. Es un comportamiento totalmente inaceptable.

Yanara, azorada, no supo qué responder, aunque no era necesario que dijera nada. La ira que sentía la anciana la impulsaba a seguir hablando, sin esperar contestación alguna y, de hecho, sin importarle si la había o no. Un largo rato llevaba la joven en esta situación cuando Khure apareció junto a ellas.

-¿Puedo pediros que liberéis a mi prometida? -preguntó el Príncipe a su abuela, con una sonrisa-. Acaban de llegar algunos emisarios de Khaedran y traído con ellos algunas cosas para ella, de su familia. También ha llegado una carta para vos.

-Excelente -respondió Sinea, sin corresponder la sonrisa, mientras cogía el pergamino que su nieto le tendía-. ¿Alguna noticia de interés sobre mi hermano?

-Nada importante, según creo -contestó Khure.

-De acuerdo, podéis iros -dijo Sinea, mientras abría el pergamino que su nieto le había entregado-. Nos veremos más tarde.

Gentilmente, Khure cogió la cesta que su novia sujetaba, la dejó en el suelo y la tomó de la mano, invitándola a seguirle. Sinea apartó los ojos del pergamino un instante para mirarles con curiosidad mientras se alejaban.

Yanara le agradaba, no cabía duda. Incluso podría decirse que comenzaba a sentir por ella cierto aprecio. Era una joven sencilla y sumisa, obviamente no demasiado inteligente, aunque eso no suponía el menor problema para la Reina Madre. Incluso podría resultarle conveniente, pues complementaba a la perfección al carácter moldeable del que había hecho gala hasta ese momento. Hacía sólo un par de semanas que había llegado al castillo, pero ya era patente el gran cambio que se había operado en ella. De su inicial simpatía hacia Khuanya ahora no quedaba ni el más leve rastro. En varias ocasiones había tenido ocasión de acercarse a la Princesa, de tratar de ganarse su amistad, pero Yanara apenas había cruzado con ella un par de palabras. Nunca había mostrado indicios de simpatizar con el carácter rebelde y desobediente de Khuanya, ni había tratado de defenderla.

Sus pensamientos volvieron a su nieta. Cada día resultaba más problemática y Khar era incapaz de ver en ella otra cosa que no fuera belleza, bondad y cariño. Todo lo que Khuanya hacía era perfecto para él. No importaba cuándo humillara a la familia, cuánto rebajara su nombre ante todos, nadie recordaba haberle visto nunca enojado con ella. Pero esa situación tan absurda tendría que acabar algún día. La venda que cubría los ojos de Khar en cuando a su hija se caería tarde o temprano y entonces se daría cuenta de cómo su negligencia para con ella había dado como resultado una princesa caprichosa e irresponsable que no les traería más que disgustos y vergüenza.

«¿Estará realmente enferma?», se preguntó Sinea, recordando lo que había dicho Yeixa durante el desayuno.
Una maliciosa sonrisa asomó a sus labios justo antes de que se agachara para recoger del suelo la cesta llena de rosas. Depositó en ella el pergamino que Khure le había entregado, en el que se le comunicaba una noticia no demasiado agradable. Definitivamente aquél no estaba resultando un buen día para ella, pero aún podía mejorar.

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La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
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Como curiosidad, les contaré que este capítulo en la versión inicial de PUM era de color violeta, no negro (blanco aquí por problemas de legibilidad), y que era apenas más largo que media página, así que pueden darse cuenta de cómo se ha “estirado” el mini capítulo tras el refrito que estoy haciendo. También les cuento, que de esa media página original he tenido que borrar más o menos el 90% y reescribir desde cero cada línea, porque no me gustaba cómo estaba planteada la situación, ni me convencía la actitud de los personajes en ella.

PD: Si les interesan estos pequeños comentarios, y quieren saber más cosillas sobre PUM, puedo tomar como costumbre contar alguna anécdota sobre el capítulo o sobre PUM en general al final de cada capítulo. Los que estén interesados, ¡díganlo!

PD2: ¿Nadie dice nada del nuevo look del blog?

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#Escuchando… Liz on top of the world (from Pride & Prejudice OST) - Dario Marianelli

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PUM. Capítulo 12.

by Itahisa on Mar.05, 2010, under Novedades, PUM

Hola hola!!

Como podréis ver, tanto yo como mi inspiración hemos estado de vacaciones carnavaleras primeor, y luego de fin de semana de evasión, así que hace varias semanas ya que ni PUM ni yo damos señales de vida. ¡Lo siento mucho!

Para compensar, además de un capítulo bastante largo, os dejo otra sorpresilla para celebrar de paso que El Blog Sin Nombre ¡ha superado las 4000 visitas! Vale, sí, sé que la mayoría probablemente serán mías, porque aquí no entra ni cristo si no es porque yo le acoso para que lo haga, pero de todos modos me hace ilusión. ¡Dentro de nada serán ya 5000 visitas!

El nuevo look bloguero está todavía en fase de prueba, iré cambiado cosillas poco a poco, porque esta es una plantilla que encontré por ahí y que he ido tuneando poco a poco como he podido (algo que no me resulta muy fácil que digamos). ¡Espero que les guste!

Ah, ¡y el capítulo también!

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Salieron juntos de la casa y caminaron hacia el centro de la ciudad, como todos los habitantes del bosque. Desde el día anterior había corrido como la pólvora la noticia del regreso de Byshael y todos esperaban ansiosos escuchar el relato de su viaje y las noticias que traería del exterior. Pero lo más importante para cada uno de los habitantes de Ayua era saber si había completado su misión con éxito: el futuro de aquella ciudad dependía de que así hubiera sido.

No tardaron mucho en llegar al claro en el que se encontraba el Haradyan, la Gran Madre. Cualquiera que lo viera por primera vez comprendería enseguida por qué le habían dado semejante nombre. Se trataba de un goeb gigantesco, tan enorme que ni cincuenta personas podrían abarcar su tronco, cuya corteza mostraba un intenso color dorado. Desde la distancia, nadie podría imaginar lo que aquel inmenso árbol, cubierto permanentemente de pequeñas y llamativas flores doradas, albergaba en su interior. Sólo al acercarse se percibía que las ramas más bajas y gruesas, que nacían totalmente horizontales a unos treinta metros de altura, se iban curvando hacia abajo hasta llegar al suelo, con lo que se formaba bajo ellas una especie de amplia bóveda vegetal con el tronco principal como columna central. Las frondosas ramas habían crecido hasta hundirse en el suelo, de manera que parecían vástagos del árbol principal, mientras que las más altas se curvaban a distintas alturas hasta dar al Haradyan el aspecto de una colosal fortaleza dorada.

Presidiendo la estancia, podía observarse el pequeño hueco que había en el tronco del goeb, a unos tres metros de altura. La madera alrededor de la hendidura, en lugar de presentar su característico color dorado, era de un negro intenso, como si hubiera sido pasto del fuego de un modo extrañamente localizado. En su interior, una forma verde oscura que emitía unos debilísimos destellos blancos era el centro de todas las miradas y arrancaba comentarios preocupados a mucha gente.

La mayor parte de los habitantes de Ayua estaban ya congregados bajo la fantástica cúpula cuando Silara y Byshael se abrieron paso entre la multitud, que al verlos guardó un respetuoso silencio. Por todas partes se habían reunido en pequeños grupos, a la espera de que la asamblea comenzara. Casi todos ellos, conscientes de los graves problemas que atravesaba la ciudad, la esperaban con inquietud, y observaron con atención mientras los recién llegados se acercaban hasta la tarima con diez grandes sillas de madera que habían colocado junto al tronco, justo debajo de la misteriosa hendidura en la cual palpitaba la pequeña y oscura forma. Los diez sabios de la Asamblea se encontraban ya allí, aguardando. Aunque todos tenían el mismo rango dentro de ella, Yhoahlibeth, el de más edad, era el más influyente y habitualmente ejercía de portavoz. Cuando la mujer y el joven se detuvieron frente a la plataforma les miró un instante y, acto seguido, dio comienzo a la reunión.

-Bienvenido seáis, Byshael –dijo solemnemente Yhoahlibeth desde su lugar en el centro de la Asamblea, mientras miraba fijamente al muchacho.

-Esperábamos ansiosos vuestro regreso –continuó Zhyra, que ocupaba el lugar inmediatamente a su izquierda.

-Ha sido un viaje largo y difícil –respondió Byshael, tras hacer una leve reverencia a modo de saludo-, que me ha llevado más lejos de lo que habría imaginado al partir. Me alegra estar de nuevo en mi hogar.

-Caballero de los Deseos… –dijo Xiory, la tercera, con ansiedad-, disculpad mi rudeza, pero no creo que os molestéis si paso directamente al asunto principal. Hace ya varios años que partisteis y con vos nuestras esperanzas. Hemos aguardado durante mucho tiempo sin tener ninguna noticia, así que, por favor, decidme, ¿habéis tenido éxito en vuestra misión?

-Lamentablemente… –comenzó a decir el joven, pero el inmediato murmullo de todos los asistentes no le permitió continuar.

La preocupación era visible en el rostro de todas y cada una de las personas allí reunidas, que se veían incapaces de contener su nerviosismo por más tiempo.

-Calma, amigos, Byshael aún no ha terminado– interrumpió Yazamey, poniéndose en pie.

-Lamentablemente –continuó el joven cuando volvió a hacerse el silencio, mientras miraba a todos los presentes-, me ha sido imposible traer la solución completa a nuestro problema. Sin embargo -continuó, alzando la voz, mientras la conmoción se extendía entre la multitud que le escuchaba-, tengo una parte de ella.

Ante semejante revuelo, Yhoahlibeth se levantó, despacio, y se dirigió a Byshael al mismo tiempo que el silencio volvía a hacerse en la sala.

-¿Decís que nos habéis traído una parte?  -preguntó el anciano, mientras trataba de disimular su inquietud-. Por favor, os ruego que os expliquéis.

-Cuando me fui -comenzó Byshael, encarándose con el pueblo de Ayua-, iba con la idea de visitar otras ciudades. Pensaba que en alguna de ellas podría encontrar la solución a nuestro problema, porque quizás en otro lugar podrían haber tenido antes el mismo problema que nosotros. Sin embargo, descubrí que no somos los únicos que contemplamos cada día cómo nuestra Zabay se muere.

-¿Qué queréis decir? -preguntó rápidamente Xiory, inquieta.

-Todas las piedras sagradas se encuentran en el mismo estado que la nuestra -anunció Byshael, con seriedad-. Visité cada una de las Edhëreas, y en todas ellas encontré la misma perplejidad ante lo que había ocurrido. Nadie sabía cómo había ocurrido, o si había sucedido ya antes, ni mucho menos cuál era el remedio para volver a la vida a las Zabay.

-Entonces esta situación es mucho más grave de lo que habíamos imaginado -dijo Yazamey, apesadumbrado, mientras se sentaba.

Entre la multitud, no se escuchaba ni el más pequeño murmullo. Todos comprendían hasta dónde alcanzaba la magnitud del problema, las funestas consecuencias que podía tener para todos. Además, ahora ya no sólo ellos corrían peligro, sino también todos sus hermanos de las demás Edhëreas.

Byshael hizo ademán de continuar, pero al observar cómo Yhoahlibeth se movía inquieto sobre la tarima decidió esperar un instante. El anciano parecía preocupado y pensativo, como si luchara mentalmente con una idea demasiado difícil de aceptar.

-Bysahel… -comenzó, con voz trémula-. ¿Estáis seguro de que… todas las Zabay han corrido la misma suerte que la nuestra? ¿Las siete?

-Completamente seguro, Venerable Yhoahlibeth -respondió el joven, respetuoso-. Y no sólo eso. Estoy convencido de que aquel extraño aullido que emitió el bosque en el instante en que nuestra Zabay moría no fue casual. En cada una de las Edhëreas pregunté a alguien sobre esto y en todas ellas obtuve la misma respuesta, pues parece que fue un fenómeno común. Más aún, creo que todas las piedras murieron al mismo tiempo, en todas las ciudades, y que en todos los casos fue el bosque en su totalidad el que se lamentó de forma tan desgarradora con la muerte de las Zabay.

-Definitivamente el problema es mucho más grave de lo que habíamos creído… -se lamentó Yhoahlibeth-. En las otras ciudades, ¿tenían alguna sospecha acerca del motivo de todo esto? ¿alguna solución?

-Realmente no –explicó Byshael-, o al menos no la tenían cuando yo las visité. En uno de los Oráculos del Este me contaron que poco antes de que su Zabay muriera las voces parecían haberse vuelto locas. Los encargados de anotar cada uno de los mensajes del Oráculo habían tenido que huir de allí para no caer en la locura, pues los gritos y los mensajes ininteligibles se sucedían sin cesar. Sin embargo, en medio de tal algarabía parece que hubo un extraño mensaje que se repetía sin cesar, sólo unas pocas palabras que parecían anunciar el final de nuestra era, el final de las Edhëreas.

De nuevo surgió un murmullo de las gargantas de todos los presentes. Las noticias que traía el Caballero de los Deseos no eran ni de lejos las que ellos habían deseado escuchar. Yhoahlibeth se había ido poniendo pálido durante el relato del joven, así que varios miembros de la Asamblea se levantaron y le ayudaron a sentarse de nuevo.

-Decidnos de una vez, por favor –esta vez fue Zhyra la que habló-, qué es eso de que habéis traído parte de la solución al problema.

-Vagué mucho tiempo por toda Aghya, e incluso llegué a viajar al exterior en busca de un remedio que volviese la vida a las Zabay. Sin embargo, en ningún sitio parecían saber qué podía hacerse. Cuando ya casi había perdido la esperanza y pensaba en regresar, llegué a las terribles cordilleras de Hazait, a las que me dirigía en busca de una última pista que me pudiera devolver al camino correcto -comenzó a relatar de nuevo el joven-, y enseguida noté que algo o alguien guiaba mis pasos. No puedo explicar exactamente cómo ocurrió, pero de pronto me encontré avanzando con total seguridad hacia una colina cercana y poco tiempo después vi la entrada a una cueva. Al internarme en ella me di cuenta de que era muy profunda y estaba habitada. Y allí fue donde la encontré, en el fondo de aquella gruta.

-¿Y qué era? –preguntó Aruan, el más joven, con impaciencia.

-No era algo, sino alguien.

-Así que la encontrasteis -dijo Yhoahlibeth, en un tono apenas audible, mientras miraba alternativamente a Byshael y a Silara.

-Sería más preciso decir que ella me encontró a mí -respondió el joven mientras asentía-. Al final de uno de los túneles estaba ella, Yashoadara. Ella me había guiado hasta allí, conocía nuestro problema, sabía que las Zabay estaban muriendo y que yo buscaba desesperadamente una solución. Aunque ella no la tenía, supo que debía decirme algo, algo que probablemente ninguno de nosotros sabía: nuestras piedras sagradas son alimentadas por una extraña energía que llega a ellas y les permite dar vida a todo lo que hay a su alrededor, y es precisamente la carencia de esa energía la que ha hecho que mueran.

-¿Qué energía es esa, Caballero? –interrogó Yhoahlibeth.

- Nadie lo sabe -dijo Byshael-, ni siquiera Yashoadara supo decírmelo, pero es seguro que sin ella la vida de los hogares de las Zabay comenzará a extinguirse.

De nuevo el murmullo de los asistentes impidió que el joven continuara su relato. Hablaban todos a la vez y muchos se habían levantado de sus lugares mientras comentaban lo que acababa de decir Byshael. Todos sabían lo que aquello significaba: la vida del bosque desaparecería poco a poco si no se encontraba la solución. De hecho, en algunas zonas de Thrakien ya se había hecho patente el efecto que había tenido la muerte de la Zabay.

-¡Calma! –gritó Zhyra para hacerse oír por encima del alboroto.

Cuando la multitud comenzó a serenarse y volvió el silencio, se encaró con el joven.

-¿Cómo podemos recuperarla, Byshael? -preguntó, muy seria-. ¿Dónde y cómo podemos encontrar esa energía? No nos quedaremos de brazos cruzados mientras contemplamos el mundo a nuestro alrededor morir.

-No lo sé… -respondió el Caballero de los Deseos, con tristeza-. Yashoadara tampoco sabía de dónde provenía esa energía. Sin embargo…

El pueblo de Ayua se mostraba cada vez más agitado. La gente se había puesto en pie y murmuraba con nerviosismo mientras continuaba observando con atención cuanto ocurría sobre la tarima central. Esta vez fue el turno de Silara para llamar al orden.

-Sin embargo… -repitió el joven, mientras la expresión de su rostro se endurecía-. Hay algo que sí sabemos. La última vez que vi a Yashoadara me reveló que la salvación vendría de manos de un humano. Que él traería de vuelta la energía que reviviría las Zabay. No quise creerla, pero más tarde regresé al Oráculo de Vaula y supe que allí las voces, que seguían gritando enloquecidas, habían revelado ese mismo mensaje.

-Así que no nos queda más opción que esperar a que venga a nosotros ese humano –dijo Xiory, lentamente, con evidente desagrado-. ¿Y cómo podremos estar seguros de que esa mujer te dijo la verdad? ¿Cómo sabemos que el mensaje del Oráculo es realmente cierto?

Esta vez fue Silara la que contestó.

-No podemos saberlo… -sentenció, mirando fijamente a cada uno de los miembros de la Asamblea-. Sin embargo, no tenemos más remedio que creer en sus palabras. Simplemente, no hay otra opción. Es nuestra única esperanza.

Y esta vez no se produjo ningún alboroto bajo la dorada y luminosa bóveda del Haradyan. Un silencio sepulcral se extendió entre los habitantes de Ayua, que se miraban unos a otros con perplejidad, pues nunca antes habían pensado que pudieran encontrarse en una situación semejante.

Era cierto, aunque ninguno de ellos quisiera creerlo.

Un humano era su única esperanza.

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La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
Prohibida la distribución o copia.

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Este capítulo es uno de los que más me costó escribir en un principio, porque es donde se explica una de las cosas más importantes de toda la trama de PUM, así que, ¡por favor!, si ven que hay algo que no se entiende bien, pregúntenme y así podré reescribirlo de forma que se entienda mejor!

¡Muchas gracias!

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#Escuchando… Shatter me with hope - HIM

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PUM. Capítulo 11.

by Itahisa on Ene.29, 2010, under PUM

Hoy no tengo tiempo de escribir nada sobre el capítulo, así que simplemente, ¡espero que les guste!

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Ж

Todo ocurría durante la hora que precedía al alba. En esos momentos, en los que el aire es más frío y la noche aún más oscura si cabe, comenzaba lenta y casi imperceptiblemente aquella transformación casi milagrosa. El cielo celebraba la llegada del nuevo día con una auténtica fiesta de colores, y con toda aquella belleza el resto del mundo despertaba poco a poco del sueño de las tinieblas.

Mientras paseaba hacia su lugar favorito, Byshael no podía dejar de percibir cómo la brisa era cada vez más cálida, cómo comenzaban a escucharse aquí y allá los tímidos trinos de las aves más madrugadoras, cómo el bosque entero parecía estremecerse de emoción esperando los primeros rayos de aquella luz que para todos significaba la vida. Había visto muchos amaneceres en su largo camino, pero aquel tenía el encanto de lo conocido y largamente añorado.

Desde donde estaba, ya podía ver una buena parte de Aghya extendiéndose ante sus pies. Al contemplar la belleza, aún en sombras, de aquel pequeño mundo, no pudo evitar preguntarse dónde estaría ahora la extraña muchacha que había robado su Yhaara. Su rostro aparecía una y otra vez en su cabeza, con aquella extraña expresión de felicidad mientras dormía. Y entonces volvía a escuchar sus sollozos desesperanzados y debía admitir ante sí mismo que ella le intrigaba, aunque su instinto le aseguraba una y otra vez que ella no era sino una humana más.

La silueta del brillante Ayron recortándose contra el horizonte del oeste alejó de su mente cualquier pensamiento ajeno a la hermosa escena que tenía delante. Sintiendo la brisa en el rostro, Byshael se recostó contra el majestuoso tronco del goeb en el que estaba apoyado y respiró hondo, dejando que el aire aún fresco de la madrugada sacara de su interior todo cuanto le perturbaba, para dejar paso a aquella única sensación de simple tranquilidad que le resultaba tan difícil encontrar en cualquier otro sitio y momento.

Los colores cambiaban ahora rápidamente en el inmenso cielo, como si algún pintor loco se divirtiera variando mil veces cada tonalidad sin quedar nunca totalmente satisfecho. Sin embargo, cuando la radiante luz del día hubo invadido con descaro completamente los antiguos dominios de las sombras, el joven se obligó a regresar a casa de Silara. Había mucho que hacer, que hablar, antes de la reunión que se celebraría por la tarde, de la que dependía en gran medida el futuro de todos los habitantes de las Edhëreas. Se forzó a repasar mentalmente todo lo que debía decir, los puntos en los que tenía que hacer especial hincapié, mientras emprendía el camino de regreso.

Al llegar, encontró a Silara atareada junto al fuego, sobre el que humeaban varios brebajes de olores, colores y consistencias muy diferentes.

-Casi había olvidado tu antigua costumbre de escabullirte de madrugada -dijo ella, sin volverse a mirarle-. Pensé que los años y el polvo del camino te habrían hecho apreciar una cama cálida y cómoda.

-No podía dormir -dijo él, pensativo, mientras apoyaba la espalda en el marco de la puerta-. Y me ha hecho bien recordar lo hermosos que pueden ser los lugares más comunes, los más conocidos. El hecho de tenerlos ante nosotros cada día no hace que sean menos especiales, pero tal vez resulta más difícil darse cuenta de que realmente lo son.

-Es una hermosa conclusión, y muy acertada -contestó Silara, sonriendo y mirándole por primera vez desde que había entrado.

Un sonido del exterior interrumpió repentinamente la conversación. Alguien se acercaba rápidamente a la puerta y Silara se levantó con agilidad y salió a su encuentro. Era una ninfa muy joven, y por la expresión seria y preocupada de su rostro, se podía imaginar que acudía a Silara en busca de ayuda. Recordando que aquellas visitas repentinas eran habituales en casa de la mujer, Byshael se mantuvo al margen, escuchando con atención pero sin intervenir, a pesar de las miradas curiosas que de vez en cuando le dirigía la ninfa. Uno de los nespit que hacían guardia junto al río, se había asustado al ver a varios hombres remontándolo en una barca y, al caerse al suelo desde la rama en la que estaba, se había herido con varias de las agudas púas de los arbustos, además de haber sufrido un fuerte golpe. Silara dirigió una mirada a Byshael a modo de excusa y se alejó rápidamente junto a la jovencita.

Sonriendo, Byshael se sirvió una taza de la infusión que Silara había estado preparando y salió al exterior. No muy lejos de allí vio a Hekki que, junto a otros ilanit, estaba siendo entrenado por un grupo de hábiles nespit que montaban a su vez en varios ilanits, pero en cuanto vio que su amigo salía de la casa, se las ingenió para volar a su encuentro. Los demás ilanit se sumaron con gusto al motín y fueron tras él, chillando emocionados por la forma en que habían abandonado el entrenamiento y comenzaron a revolotear a su alrededor, eufóricos.

-Parece que habrá que dar por terminada la sesión de hoy -dijo, malhumorado, uno de los nespit, acercándose al vuelo mientras agitaba sus diminutas manos.

-Vamos, Jyri, no me lo tengas en cuenta -respondió Byshael, sonriendo divertido al reconocerle-. Supongo que Hekki me ha echado de menos.

-¡Vaya! ¡Si aún sabes reconocer a los amigos! -replicó el nespit, con una nota de rencor en la voz-. Pensé que a estas alturas ya me habrías olvidado.

-¿Cómo iba a olvidar al único nespit con mal genio de toda Ayua?

-Al único… ¡Habráse visto! ¡Mal genio! ¡Yo! ¡Es intolerable! Si no fuera porque eres quien eres ya te habría…

-¡De acuedo, de acuerdo! -exclamó Byshael, interrumpiéndole, al tiempo que soltaba una sonora carcajada-. Queda claro que no tienes mal genio.

-¡Faltaría más! -respondió, indignado, Jyri.

Hekki, al margen de la discusión que mantenían su amo y su entrenador, continuaba revoloteando alrededor del primero, en un vano intento de captar su atención.

-Él no es el único que te ha echado de menos -dijo el nespit, mientras observaba al pequeño ilanit-. Todos por aquí hemos estado ansiando tu regreso desde casi el mismo momento en que te fuiste.

-Lo sé -respondió Byshael, cabizbajo y pensativo-. He estado demasiado tiempo fuera, pero espero que haya valido la pena

-Todos lo deseamos. Sabes que estamos en tus manos.

-Sí, Jyri -contestó el joven, sonriendo con aparente calma-. En un rato se celebrará una asamblea junto al Haradyan. Espero verte allí.

-Por supuesto que estaré allí -contestó el nespit, al tiempo que se alejaba junto al pequeño grupo de ilanits.

Una de aquellas pequeñas criaturas, desconcertada, voló rápidamente hasta Hekki y tiró de él para que les acompañara, como habitualmente. Esa vez, sin embargo, el ilanit le silbó a modo de despedida y se aferró firmemente al brazo de Byshael. Tras dedicarle una sonrisa y una caricia de agradecimiento, el joven continuó caminando por los alrededores mientras contemplaba la ciudad.  A pesar de ser casi última hora de  la mañana, la actividad era incesante. El pequeño mercado diario tendía sus puestos a pocos metros de allí, y todos se esmeraban por convencer al resto de que sus productos eran los mejores, a fin de obtener a cambio de ellos lo que necesitaban.

Le sorprendía muchísimo ver cómo había cambiado todo durante su ausencia. La ciudad se había extendido y ahora ya tenía más de un millar de habitantes. Mucha gente le miraba con mal disimulada curiosidad mientras paseaba junto a Hekki con tranquilidad y un grupito de niños de distintas especies incluso había comenzado a seguirle mientras trataban de imitarle entre risas divertidas. Cuando al fin uno de ellos se atrevió a acercársele, Byshael vio que Silara se dirigía hacia él, de modo que se excusó rápidamente con los pequeños y les prometió que más tarde tendrían muchas historias nuevas de sus aventuras.

-¿Cómo se encuentra el nespit? –preguntó, interesado.

-Bien, sólo tenía un arañazo con un poco de veneno y algunas magulladuras –respondió ella con una sonrisa-. Se pondrá bien enseguida.

-Hablábamos de tu paseo de esta mañana -preguntó Silara, cuando estuvieron de nuevo en su casa, para retomar el hilo de la conversación anterior-. ¿Has conseguido ordenar tus ideas?

-Sí… -dijo el joven, sin sorprenderse ya de que ella pudiera adivinar tan fácilmente sus intenciones-. Creo que sí. He estado dándole vueltas a la reunión de esta tarde, tengo que encontrar la forma de explicarlo todo sin crear alarma entre la gente.

-Sí, eso es cierto -dijo Silara, deteniéndose un momento-. Has de ser muy prudente, cuando hables esta tarde, pero eso no lo único que te inquieta.

Esta vez fue Byshael el que se mantuvo inmóvil, junto a la puerta abierta, con la vista fija en algún punto indeterminado del exterior. Suspirando, entró y se sentó sobre unos cojines, apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos.

Imágenes.

Una visión acelerada de varios momentos de los últimos años apareció ante sus ojos, haciéndole revivir con intensidad cada uno de ellos. La impotencia que había sentido en aquellos instantes se sumó ahora a la rabia y a la vergüenza y sellaron sus labios antes de que alcanzara siquiea a abrirlos. Había cosas de las que no se sentía capaz de hablar aún, pues aún le resultaban demasiado dolorosas o frustrantes como para tratar de compartirlas con nadie.

-No he visto el Yhaara entre tu equipaje -comentó Silara, cambiando de tema al adivinar que él no estaba preparado todavía para hablar-. ¿Tampoco vas a hablarme de ella?

Aquellas palabras tomaron por sorpresa a Byshael, que dio un respingo y miró de hito en hito a la mujer. Se sentía demasiado avergonzado por su torpeza, por haber perdido aquello que debía ser lo más importante para él, como para iniciar aquella conversación por él mismo, a pesar de que aquél era uno de sus mayores problemas. Su vida, en gran medida, dependía de aquel aparentemente insignificante pedazo de madera, y lo había perdido de la forma más estúpida que pudiera imaginar, pero lo peor es que no tenía la menor idea de cómo recuperarlo.

-No es necesario que seas tan duro contigo mismo -dijo Silara, con suavidad, al ver que él se llevaba las manos a la cabeza, presa de la frustración-. Fue un accidente, nada más.

-¡Un accidente! -replicó él, de inmediato, con amargura-. No es necesario que seas tan condescendiente conmigo. Ambos sabemos que ha sido un error imperdonable por mi parte y que no podré estar tranquilo de nuevo hasta que vuelva a tener el Yhaara sano y salvo en mis manos.

-Sí, debes recuperarlo cuanto antes -respondió ella, con calma-, pero no tienes por qué torturarte cada segundo. No vas a solucionar nada de esa manera…

-Claro que no solucionaré el problema torturándome, Silara, pero no puedo evitarlo. ¿Tienes idea de lo que podría hacer conmigo esa humana si supiera lo que tiene entre las manos?

-¿No crees que si tuviera idea de que la bonita figura de madera que encontró tirada en el bosque es algo más que eso ya habría hecho algo al respecto?

-Tal vez esté esperando algo, o a alguien, no sé… -dijo Byshael, nervioso, mientras se levantaba y comenzaba a andar por la habitación-. Nunca hay que fiarse de los humanos, por inocentes que parezcan.

-Nunca hay que… -repitió Silara, pensativa-. Esa es una opinión muy radical, ¿no te parece?

-Es la verdad -contestó él, volviéndose hacia la puerta, que continuaba abierta-. Son mezquinos, traidores y mentirosos. Les complace ser crueles y destruir todo cuanto les rodea, se regodean en la desgracia ajena, ni siquiera se preocupan por sus propios semejantes, lo único que les interesa es conseguir todo cuanto se les antoja, cueste lo que cueste.

-Tú no eres muy distinto a esos humanos a los que tanto odias, Byshael -sentenció la mujer, con seriedad-. Tal vez te convendría no olvidarlo.

-Hace mucho que dejé de ser uno de ellos, y lo sabes -respondió el joven, con su rostro deformado por el rencor y el desprecio.

-Por más que reniegues de tu pasado, siempre estará ahí, y no puedes hacer nada para cambiarlo. Algún día tendrás que aceptarlo.

Llegados a este punto, alguien llamó a la puerta, interrumpiendo una vez más la conversación. Silara se levantó, y tras hablar brevemente con la misma ninfa que antes había avisado del accidente del nespit, se dirigió con seriedad a Byshael.

-La reunión junto al Haradyan ya está preparada –anunció la mujer-. Es hora de que vayamos.

-Será mejor que  no les hagamos esperar.

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Bueno, algo sí tengo que decir, y es que he reescrito prácticamente todo este capítulo en un tiempo record, así que no me lo tengan muy en cuenta si encuentran muchos fallos por ahí. En cuanto disponga de un poco más de tiempo lo revisaré con más calma.

¡Hasta la próxima!

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#Escuchando… The Chairman’s Waltz (from Memoirs of a Geisha) - John Williams

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PUM. Capítulo 10.

by Itahisa on Ene.22, 2010, under PUM

¡Y volvemos a la rutina de los viernes! Capítulo 10 ya, ¡vamos avanzando! Y para estrenar nueva decena, capítulo de un color nuevo, ¡blanco! Eso quiere decir que el punto de vista será el de otro personaje distinto en este capítulo. Tengo que decir que, en mi original, el capítulo es de color NEGRO, pero claro, en un blog con fondo negro, poner texto en negro…

En fin, que me estoy enrollando mucho, ¡espero que les guste!

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Ж

El día, aunque había comenzado en medio de una espesa y húmeda niebla, transcurría ahora bajo la cálida y radiante luz del sol, y de igual modo parecían haberse disipado las dudas que había albergado la noche anterior respecto a qué haría su rebelde nieta aquella mañana. Hacía ya varias horas que había salido el sol y nadie había visto aún a Khuanya, lo cual le resultaba de lo más conveniente, puesto que podría demostrar una vez más a su yerno la conveniencia de imponer una disciplina aún más dura a la muchacha e, incluso, la posibilidad de hacer que alguno de sus múltiples parientes la acogiera lejos de allí. Pensaba en todo esto, satisfecha al ver cómo aquel plan comenzaba a realizarse ante sus ojos, cuando una criada llamó con timidez a su puerta para informarla de que el desayuno ya estaba servido.

Sabiendo que debía presentar convincentemente sus argumentos a Khar cuanto antes, se dispuso a bajar al salón, al que entró en el preciso momento en que el Rey preguntaba por su hija a una de las doncellas.

-Nadie la ha visto hoy, Majestad -contestó la muchacha rápidamente.

-¡Desvergonzada! -exclamó Sinea al escuchar la respuesta, mientras ocupaba su lugar junto a Khar en la mesa y comprobaba que, efectivamente, Khuanya no estaba allí-. Toda la ciudad comenta cómo sale a hurtadillas del castillo cada noche, y fueron muchos los que la vieron regresar ayer con ese asquecto de vagabunda miserable. ¡Por Ayron! Si parecía una cualquiera, con ese vestido de campesina que se empeña en llevar siempre todo roto y mojado.

Se interrumpió sólo el tiempo necsario para dar un sorbo a su infusión y mirar con severidad al resto de los comensales. Comprobó con interés si le estaban prestando atención. Khar, que se había decidido a dejar la cama a pesar de no estar totalmente restablecido, parecía escuchar mientras en su cabeza se libraba la eterna lucha entre lo que sabía que debía hacer y lo que le gustaría. Khure, por el contrario, parecía más concentrado en el bienestar de Yanara, que se sentaba frente a él, que en atender a lo que se estaba diciendo sobre su hermana. Sinea carraspeó sonoramente par captar su interés antes de proseguir.

-Si estuviera en tu lugar, Khar, no permitiría ni un día más esa conducta indigna de una princesa de Kharsean -continuó, convencida-. Opino que tendrías que ser más firme con ella, es lo que siempre te he dicho. Quizás, incluso sería conveniente enviarla lejos una temporada, de ese modo las malas lenguas se acallarían y tal vez así pudiéramos conseguirle un buen casamiento antes de que termine de echar por tierra su reputación. Si escribiera a mi hermano…

-Tú no estás en mi lugar, Sinea -sentenció Khar, de inmediato-. Y aunque lo estuvieras, sólo yo tomaría una decisión tan importante respecto a mi hija. No vas a escribir nada a tu hermano sobre enviar  a Khuanya lejos de su hogar. Ella no se irá de aquí a menos que yo lo estime conveniente.

-Pero tú mismo viste ayer de lo que es capaz -interrumpió Sinea, molesta-. No le importa arrastrar por el lodo su buen nombre y mucho menos el de la familia si con ello consigo satisfacer sus ridículos caprichos. Y a pesar de todo, hoy ha vuelto a escaparse, haciendo oídos sordos a mi prohibición de salir de nuevo al menos hasta que el vergonzoso incidente de ayer se olvidara.

-La abuela tiene razón, padre -intervino Khure, que hasta el momento se había limitado a ser un mero espectador-. Khuanya siempre hace lo que quiere, sin pensar en las consecuencias que sus actos pueden tener para los demás.

-No seas tan duro con tu hermana, hijo -respondió el Rey, mientras miraba más allá del joven príncipe-. Yeixa…

-¿Sí, Majestad? -contestó la muchacha, acercándose unos pasos a la mesa.

-¿Has visto hoy a mi hija?

-¿La has vigilado, como te ordené? -interrumpió Sinea-. Deberías haber avisado de inmediato a alguien al ver que la Princesa salía sola del castillo sin autorización una vez más.

-Sí, Majestad, lo sé. Pero…

-¿Qué excusa tienes para tan imperdonable negligencia, muchacha? -interrogó la anciana.

-La Princesa no ha salido de su habitación, Majestad -se apresuró a decir la doncella-. Sigue en su habitación.

-¿Cómo lo sabes? -continuó, desconfiada, Sinea.

-Poco después del amanecer me asomé discretamente a su puerta y la Princesa aún dormía. Hoy no ha ido a pasear, Majestad.

-¿Y por qué no ha bajado a desayunar con nosotros?

-No… no lo sé, señora. Yo bajé a las cocinas hace apenas unos minutos, pues debía cumplir con mis obligaciones en la mesa.

-Sube a buscarla, por favor, Yeixa -pidió Khar.

-¿Qué es lo que estás esperando, muchacha? -ordenó Sinea, alzando la voz, al ver que la doncella dudaba un instante-. ¡Sube a buscarla! Si piensa que podrá quedarse en su habitación todo el día por una pataleta de niña consentida, está muy equivocada. Si no baja a desayunar con nosotros enseguida, se quedará sin tomar nada todo el día.

-Sí, Majestad. Se lo diré enseguida.

Yeixa corrió por los pasillos y corredores hasta llegar a la habitación de su señora. Realmente apreciaba a Khuanya, ella siempre la había tratado bien, con respeto, y no quería ocasionarle más problemas con su abuela de los que ya tenía. Llamó con la aldaba, pero nadie respondió. Pensando que la Princesa tal vez estaría en el estudio, como tantas otras veces, y no la escucharía desde allí, abrió la puerta y entró, en silencio.

-¿Princesa? -llamó, cautelosa.

Una tenue claridad penetraba en la habitación por el espacio que había entre los pesados cortinajes de las ventanas, pero era suficiente para ver con claridad el interior de la estancia. Para asombro de la doncella, Khuanya aún dormía, o eso es lo que parecía desde la puerta. Se acercó, lentamente, y la llamó.

-Princesa, debéis levantaros -dijo, en voz baja, para no sobresaltarla-. Vuestra familia os está esperando en la mesa para desayunar.

Tras estas palabras, la única respuesta que obtuvo fue un sonoro maullido de Khaisa, que observaba atentamente desde los pies de la cama de su ama. Pensando en algo que fuera más convincente e hiciera levantarse a la Princesa, continuó.

-Vuestra abuela ha dicho que si no estáis allí en diez minutos os quedaréis sin tomar nada todo el día -prosiguió, mientras seguía avanzando hacia la cama.

Estaba ya muy cerca de Khuanya, que yacía con los ojos cerrados. Parecía muy abrigada, a pesar de que no hacía frío en la habitación, y no se movía. Le pareció que su rostro lucía aún más pálido que de costumbre. Además, se aferraba con fuerza a algo que llevaba en las manos, lo apretaba contra su pecho. No podía ver bien de qué se trataba, pero le pareció muy extraño.

-¿Os encontráis bien, Majestad? -preguntó, inquieta, al fin.

Al no hallar respuesta tampoco esta vez, se atrevió a extender la mano y rozar la frente de la joven. Estaba muy caliente y el sudor perlaba todo su rostro, pero a pesar de aquel calor que emanaba, la Princesa temblaba como si tuviera mucho frío.

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La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
Prohibida la distribución o copia.

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¡Mua ha ha!

¿¿Qué creen que hará ahora Sinea??

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#Escuchando… All of them! (from King Arthur OST)- Hans Zimmer

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PUM. Capítulo 9 (9a + 9b).

by Itahisa on Ene.20, 2010, under PUM

¡Hola hola!

Sí, de nuevo sé que ya debería haber puesto este capítulo, que me estoy saltando los plazos como me da la gana, ¡pero tengo testigos de que me ha sido imposible publicarlo antes! De modo que espero que me perdonen por la tardanza, una vez más…

En cuanto a este capítulo, no es el 10, como correspondería, porque no me ha parecido lo suficientemente largo (entre otras razones) para ponerlo como tal, así que lo voy a dejar como capítulo 9b. El trozo anterior será entonces el 9a y entre los dos el capítulo 9 al completo. Pongo aquí los dos juntos, formando un único capítulo. El auténtico capítulo 10… ¡muy pronto!

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Ж

Mientras andaba, en la más completa oscuridad, no podía evitar sentir la ira en su interior. Le enfurecía pensar que una humana, una miserable humana, tenía ahora su Yhaara. Ella se lo había robado, se lo había llevado con ella  quién sabe cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera descubrir dónde estaba y recuperarlo. Porque iba a recuperarlo, de eso estaba completamente seguro.

Pensaba en la muchacha, en que, por un momento, le había engañado completamente con su rostro angelical y su dulce expresión mientras dormía. Sin duda alguna ella no era más que una arpía, alguien indigno de toda confianza, como cualquier otro humano.

Se agachó con agilidad para esquivar una rama baja que le impedía el paso. Aunque ya era noche cerrada, conocía aquel camino a la perfección, de modo que andaba por las altas y estrechas ramas con tanta seguridad como si fuera pleno día y tuviera los pies en el suelo. Sabía que ya estaba muy cerca de la ciudad de Ayua. Seguía furioso por haber perdido el Yhaara, pero regresar a su hogar le animaba más de lo que había imaginado. Se sentía cada vez mejor a medida que avanzaba por entre la espesura del bosque de Thrakien. Pensaba en su gente, en lo mucho que les echaba a todos de menos, cuando un agudo chillido, seguido de un extraño ruido, atrajo su atención.

Se volvió a toda prisa, alarmado, pero lo único que pudo ver antes de que algo le golpeara en la cara y le hiciera caer al suelo fue una mancha de color verde que volaba hacia él a toda velocidad. Quedó tumbado sobre la gruesa rama del árbol en el que se encontraba, un tanto aturdido. Movió la cabeza a uno y otro lado, despacio, para espabilarse un poco, mientras notaba una extraña opresión en el pecho. Cuando finalmente abrió los ojos, lo que vio ante sí le resultó muy familiar: un pequeño ser verde y naranja, con patas cortas y fuertes, alitas pequeñas y ojos enormes le miraba fijamente, totalmente inmóvil, pero al ver que reaccionaba comenzó a dar pequeños saltos y a emitir un curioso gorjeo, similar al ronroneo de un gato, y sus ojos se iluminaron con el brillo de una emoción que cualquiera podría identificar como la más pura alegría.

-¡Hekki! –exclamó, sorprendido, al reconocerle, mientras abrazaba con fuerza a la pequeña criatura y se sentaba, riéndose sin parar-. ¡Hekki, Hekki, cuánto me alegro de volver a verte!

Casi no podía creer que Hekki estuviera realmente allí. Hacía tanto tiempo que no le veía que, mientras jugaba con él, observó atentamente cada uno de sus rasgos, buscando los cambios que el tiempo, implacable, habría dejado en su querida mascota. Sus alitas, pequeñas en comparación con su tamaño, como todas las de los ilanit, aún conservaban toda su fuerza, así como las cortas patas delanteras, que asían con firmeza sus manos y parecían no querer soltarle nunca más. Las traseras, mucho más robustas, parecían en cambio haber perdido alguna agilidad, pero el brillo en sus enormes ojos naranjas continuaba allí cada vez que le miraba. Sonriendo una vez más, el joven pensó que sin duda Hekki se alegraba tanto de volver a verle como él de haberse reencontrado con su antiguo compañero.

-Creo que no es el único que se alegra de tu regreso –dijo una voz femenina a sus espaldas.

En cuanto escuchó la primera palabra, el joven se levantó, dejando en el suelo al ilanit y se volvió para mirar a los ojos a su interlocutora.

-Silara… -respondió, casi sin aliento.

Avanzó lentamente, sin poder apartar los ojos de la mujer. Se detuvo un instante frente a ella y entonces ambos sonrieron. Esa fue la única señal que el joven necesitaba para recorrer la escasa distancia que aún les separaba y rodearla con sus brazos mientras pensaba en lo mucho que la había echado de menos y en lo culpable que se sentía por haber tardado tanto en regresar al hogar.

-Yo también te he echado de menos -dijo ella, separándose un poco de él para observar su hermosa sonrisa-. Bienvenido a casa, Byshael.

-¡Me siento tan feliz por estar de nuevo aquí, Silara! Cuando me fui, nunca creí que sería por tanto tiempo ni que llegaría a extrañar tanto esta ciudad. Tú sabes que siempre me sentí más cómodo solo, en los caminos.

-No podías pasar tu vida entera vagando en soledad, huyendo de todo, de la realidad, Byshael -respondió ella, sin dejar de sonreír-. Yo sabía que algún día, tarde o temprano, el rencor de tu corazón tendría que disiparse. Me alegro de que ese día haya llegado al fin.

-Sólo he regresado para informar a la Asamblea de lo que he descubierto en mi viaje -respondió él, endureciendo ligeramente la voz.

Silara le miró con suspicacia y contuvo una sonrisa divertida para evitar que Byshael continuara a la defensiva, aunque sabía que, le gustara a él o no, el cambio había llegado al fin. Mientras tanto, él se había agachado para recoger a Hekki del suelo y, tras colocarlo en su hombre, se volvió de nuevo hacia ella.

-Supongo que estarás hambriento -dijo ella entonces, tras escuchar el sonoro rugido proveniente del estómado del joven-. Vamos, aún hay camino por recorrer y ya es bastante tarde.

-Claro -respondió él con una sonrisa mientras le ofrecía su brazo como apoyo.

Así, tomados del brazo, entraron media hora después en la bella ciudad de Ayua. Bajaron en silencio del Elhörien y avanzaron por las calles, poco concurridas a aquellas horas, saludando alegremente a todos aquellos con los que se encontraban. El retorno de Byshael pillaba desprevenidos a los habitantes de la ciudad, que les detenían, sorprendidos y emocionados, para   hacer una pregunta tras otra sobre el largo viaje que tanto tiempo había apartado al joven de su hogar. Para cuando llegaron al hogar de  Silara una pequeña multitud se había formado ya a su alrededor y todos sabían que la noticia del retorno de Byshael no permanecería en secreto durante mucho tiempo. Byshael, antes de entrar en la casa, se volvió hacia toda aquella gente, que se apresuró a guardar un respetuoso silencio.

-Amigos -comenzó, con seriedad-, acabo de regresar de un viaje muy largo, todos lo sabéis. Como podéis imaginar, estoy exhausto y necesito recuperarme y por eso os pido a todos que seáis pacientes y aguardéis. Mañana celebraremos una reunión con la Asamblea y podréis hacerme todas las preguntas que queráis. Tengo muchas cosas que contar.

Tras estas palabras, los habitantes del bosque comenzaron a murmurar por lo bajo. Tímidamente, uno de ellos secercó al fin y expresó la pregunta que todos ansiaban hacer.

-¿Traéis buenas noticias? -inquirió, con voz trémula e insegura.

-Mañana os contaré con detalles todo lo que he descubierto en este largo viaje, amigos…

De nuevo el rumor de muchas voces hablando a la vez se escuchó en el lugar.

-Sin embargo -continuó Byshael, haciendo que el silencio se extendiera de nuevo entre la pequeña multitud que le escuchaba-, puedo deciros que hay lugar para la esperanza.

Gritos de emoción fueron la respuesta a sus últimas palabras, y varias veces se coreó el nombre del Caballero de los Deseos mientras poco a poco las gentes de Ayua regresaban a sus casas. El joven había alimentado la débil llama de la ilusión que cada uno de los habitantes de la ciudad albergaba en su corazón, haciendo renacer sus esperanzas de futuro. Sonriendo sinceramente al sentir el cariño de aquella gente, Byshael siguió a Silara cuando ella entró por fin en la casa.

-Ya ves que nadie te ha olvidado –dijo la mujer, mientras encendía varias lámparas con un par de ágiles movimientos-. Partiste solo, hace mucho tiempo ya, pero como ves contigo fueron los sueños y las esperanzas de todos los habitantes de las Edhëreas. No ha habido un sólo día desde entonces en que no te recordaran, en que no rezaran por tí y desearan tu retorno.

-Sí, lo sé… Ellos han sido la fuerza que impulsó cada uno de mis pasos -contestó, sonriendo-. Y tengo que reconocer que yo tampoco he dejado de pensar en este lugar, en regresar algún día. Nunca creí que fuera a decir esto, pero… este es mi hogar, Silara.

La radiante sonrisa de la mujer fue la única respuesta a sus palabras, pero algo en su interior le dijo que, aunque había tardado demasiado en darse cuenta, no había en aquel momento nada más cierto para él.

·(aquí comienza el capítulo 9b)

Tras estas palabras, Byshael dejó a Hekki en el suelo y observó a Silara, que iba de aquí para allá recogiendo cosas, ordenando, buscando hacer la estancia lo más cómoda posible para ambos. Hacía varios años que no la veía, pero apenas había cambiado. Su larga melena gris tenía algunas hebras blancas que no recordaba y en su rostro apacible encontró unas ligeras arrugas junto a los ojos.

«He pasado demasiado tiempo fuera» ,pensó, sin dejar de mirar a la mujer.

-Sí, ha sido demasiado tiempo –le respondió ella, sin dejar sus ocupaciones ni volverse a mirarle-. No, no lo has dicho en voz alta. Mis canas y mis arrugas no son lo único que ha cambiado en estos años, como puedes ver.

Byshael la miró, divertido. Había escuchado su pensamiento tan claramente como su hubiera hablado en voz alta. Silara siempre había demostrado tener claras dotes telepáticas, pero por lo que parecía su habilidad había mejorado extraordinariamente en el tiempo que había pasado sin verla.

-Deja de mirarme así –dijo ella, riendo, mientras le tendía una taza de madera en la que humeaba un líquido que olía de maravilla-. Una vieja sola y aburrida como yo tiene siempre más tiempo libre del que le gustaría.

-Silara, tú no eres ninguna vieja -respondió él, de inmediato, mientras se le acercaba sonriendo-. Y sabes que podrías no estar sola, tú has elegido…

-Hay costumbres que lo son sólo por necesidad, Byshael, pero con el tiempo terminan convirtiéndose en malas manías -replicó ella-. Pero no perdamos el tiempo con tonterías como esas, vamos a sentarnos, hay muchas cosas de las que hablar.

En el centro de la estancia circular que constituía la habitación principal de la casa había un pequeño fuego que crepitaba alegremente, justo debajo de un orificio que hacía las veces de chimenea y de tragaluz, por el que entraba la luz durante el día y que permitía al humo salir sin problemas. En las paredes, por todas partes, colgaban ramilletes de las más diversas plantas, y en el suelo aparecían montones de cestos bellamente trenzados, a veces apilados unos sobre otros, por cuyos bordes asomaba, en ocasiones, su contenido. Varios montones de cojines semejaban montañas en miniatura, agrupados en los rincones, junto a un par de hermosas mesas bajas sobre las cuales reposaban toda clase de pergaminos y artilugios de extraño aspecto. El conjunto resultaba asombrosamente acogedor.

Cuando todo estuvo a gusto de Silara, ambos se sentaron junto al hogar y hablaron durante varias horas. Él comenzó a relatar muchas de las cosas que le habían sucedido durante su viaje, habló durante varias horas, describiendo en detalle lugares, gentes y situaciones, pero Silara percibió que había algo que callaba. Sin embargo, no quiso forzarle a contárselo en aquel momento, pues sabía que, más tarde o más temprano, él terminaría por contárselo todo. Ninguno de los dos parecía darse cuenta de cómo pasaba el tiempo mientras conversaban, pero finalmente Byshael cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared que tenía detrás mientras su tono de voz disminuía paulatinamente hasta quedar convertido apenas en un susurro ininteligible. Sonriendo con ternura al comprender que el joven era presa del agotamiento, Silara apagó el fuego y, en silencio, se acercó a él, que comenzó a sentir que se movía, pero no alcanzó a darse cuenta del modo en que ocurría. Nada lo tocaba, no veía a nadie junto a él  y sin embargo notaba que algo tiraba de él y lo colocaba sobre un lecho blando y cómodo, aunque firme. Unos segundos después algo cálido le cubrió. Después, sólo quedó a su alrededor el silencio de la noche de Thrakien.

Se giró para acomodarse y quedó tendido boca arriba, adormilado. Abrió ligeramente los ojos por un instante y observó la habitación en la que se encontraba, a pesar de que la conocía perfectamente. Había pasado muchas noches allí en el pasado, y cada una de ellas le trajo un recuerdo distinto a la memoria. Había tantos momentos encerrdos entre las paredes de aquella casa que casi le parecía que tuviera vida propia. Estaba demasiado cansado para continuar pensando, el sueño tranquilo y reparador que durante tanto tiempo se había negado tenía ahora su oportunidad y luchaba para borrar de su mente cualquier rastro de idea o sentimiento, de modo que se abandonó a él y trató de volver a dormirse, pero justo en ese momento algo atrajo toda su atención, espabilándolo de inmediato.

Alguien lloraba. Parecía estar cerca de él, y lo hacía de un modo tan desconsolador que partía el alma. Se sentó en la cama y miró a su alrededor mientras comenzaba a sentir una presión sobre el pecho, como si una pesada losa lo asfixiara. Una tristeza inmensa se abatió sobre su corazón al mismo tiempo que escuchaba atentamente a su alrededor en busca de aquel llanto. Sabía que no podía ser Silara la que lloraba tan desconsoladamente, de modo que se acercó a la ventana, por la que entraba la tímida luz de Iliore. Mientras la observaba, se dio cuenta de que aquel sonido no podía provenir de nadie que se encontrara a su alrededor. La sensación de inmensa tristeza y angustia que sentía en lo más hondo de su corazón mientras continuaba escuchando los sollozos no dejaban lugar a dudas. Era ella, la muchacha que había visto en el bosque, la ladrona que se había llevado su Yhaara.

¿Qué le ocurría? ¿Por qué lloraba tan desconsoladamente? ¿Y por qué tenía el unicornio de madera en las manos en un momento así? Ella no había pronunciado ni una sola palabra, de modo que no podía saberlo. Mientras volvía a la cama, deseó que ella comenzara a hablar, que dijera algo que le diera una pista de dónde estaba. Así podría ir a buscar su Yhaara y podría volver a sentirse tranquilo y seguro.

«¿Por qué no deja de llorar?», se preguntó, molesto. «Sea lo que sea lo que le ha pasado, probablemente se lo merece», pensó.

Una parte de él se sintió mal en cuanto apareció en su mente este pensamiento, pero el resto de su ser le decía que ella no era más que otra humana, que no debía compadecerse de ella, por más desgraciada que se sintiera. Tiempo atrás, probablemente se habría apiadado de ella, pero había aprendido que no debía fiarse nunca de los humanos, pues eran hábiles con la mentira y no tenían escrúpulos cuando se trataba de conseguir lo que querían.

Ella seguramente no era distinta de todos los demás, se repitió a sí mismo, mientras trataba de aislarse del lastimero sonido que llenaba su cabeza por completo, perturbándolo. Aquella noche, siguió escuchando durante mucho tiempo los sollozos de la muchacha, hasta que comenzaron a atenuarse y no quedó más que el silencio de nuevo. Ella, probablemente, se había rendido al sueño al fin. Byshael, sin embargo, no pudo dormir más aquella noche.

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#Escuchando… Becoming one of “The People”, becoming one with Neytiri (from Avatar OST) - James Horner

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PUM. Capítulo 9.

by Itahisa on Ene.05, 2010, under PUM

Sí, sé que hace muchas semanas que tendría que haber subido un nuevo capítulo. Sé que es imperdonable que justo cuando más tiempo hay para leer, no haya puesto nada. Sin embargo, no puedo dejar de decir que ¡me ha sido imposible subirlo antes! A mi favor, y para demostrar mi absoluta falta de tiempo para dedicar al blog, diré que aún no he escrito nada sobre mi viaje a La Palma, ni sobre las fiestas, ni mi cumpleaños, ni el nuevo año, ¡nada! Así que espero que me perdonen y acepten este mini regalo de reyes adelantado…

¡Espero que les guste!

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Capítulo dedicado a Maira,

por ponerse tan pesada para que lo subiera. Muchas gracias por apoyarme tanto con esta historieta de pacotilla, ¡saber que hay gente con tanto interés en ella hace que sienta más ilusión aún por continuarla! ¡Mil gracias!

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Ж

Mientras andaba, en la más completa oscuridad, no podía evitar sentir la ira en su interior. Le enfurecía pensar que una humana, una miserable humana, tenía ahora su Yhaara. Ella se lo había robado, se lo había llevado con ella  quién sabe cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera descubrir dónde estaba y recuperarlo. Porque iba a recuperarlo, de eso estaba completamente seguro.

Pensaba en la muchacha, en que, por un momento, le había engañado completamente con su rostro angelical y su dulce expresión mientras dormía. Sin duda alguna ella no era más que una arpía, alguien indigno de toda confianza, como cualquier otro humano.

Se agachó con agilidad para esquivar una rama baja que le impedía el paso. Aunque ya era noche cerrada, conocía aquel camino a la perfección, de modo que andaba por las altas y estrechas ramas con tanta seguridad como si fuera pleno día y tuviera los pies en el suelo. Sabía que ya estaba muy cerca de la ciudad de Ayua. Seguía furioso por haber perdido el Yhaara, pero regresar a su hogar le animaba más de lo que había imaginado. Se sentía cada vez mejor a medida que avanzaba por entre la espesura del bosque de Thrakien. Pensaba en su gente, en lo mucho que les echaba a todos de menos, cuando un agudo chillido, seguido de un extraño ruido, atrajo su atención.

Se volvió a toda prisa, alarmado, pero lo único que pudo ver antes de que algo le golpeara en la cara y le hiciera caer al suelo fue una mancha de color verde que volaba hacia él a toda velocidad. Quedó tumbado sobre la gruesa rama del árbol en el que se encontraba, un tanto aturdido. Movió la cabeza a uno y otro lado, despacio, para espabilarse un poco, mientras notaba una extraña opresión en el pecho. Cuando finalmente abrió los ojos, lo que vio ante sí le resultó muy familiar: un pequeño ser verde y naranja, con patas cortas y fuertes, alitas pequeñas y ojos enormes le miraba fijamente, totalmente inmóvil, pero al ver que reaccionaba comenzó a dar pequeños saltos y a emitir un curioso gorjeo, similar al ronroneo de un gato, y sus ojos se iluminaron con el brillo de una emoción que cualquiera podría identificar como la más pura alegría.

-¡Hekki! –exclamó, sorprendido, al reconocerle, mientras abrazaba con fuerza a la pequeña criatura y se sentaba, riéndose sin parar-. ¡Hekki, Hekki, cuánto me alegro de volver a verte!

Casi no podía creer que Hekki estuviera realmente allí. Hacía tanto tiempo que no le veía que, mientras jugaba con él, observó atentamente cada uno de sus rasgos, buscando los cambios que el tiempo, implacable, habría dejado en su querida mascota. Sus alitas, pequeñas en comparación con su tamaño, como todas las de los ilanit, aún conservaban toda su fuerza, así como las cortas patas delanteras, que asían con firmeza sus manos y parecían no querer soltarle nunca más. Las traseras, mucho más robustas, parecían en cambio haber perdido alguna agilidad, pero el brillo en sus enormes ojos naranjas continuaba allí cada vez que le miraba. Sonriendo una vez más, el joven pensó que sin duda Hekki se alegraba tanto de volver a verle como él de haberse reencontrado con su antiguo compañero.

-Creo que no es el único que se alegra de tu regreso –dijo una voz femenina a sus espaldas.

En cuanto escuchó la primera palabra, el joven se levantó, dejando en el suelo al ilanit y se volvió para mirar a los ojos a su interlocutora.

-Silara… -respondió, casi sin aliento.

Avanzó lentamente, sin poder apartar los ojos de la mujer. Se detuvo un instante frente a ella y entonces ambos sonrieron. Esa fue la única señal que el joven necesitaba para recorrer la escasa distancia que aún les separaba y rodearla con sus brazos mientras pensaba en lo mucho que la había echado de menos y en lo culpable que se sentía por haber tardado tanto en regresar al hogar.

-Yo también te he echado de menos -dijo ella, separándose un poco de él para observar su hermosa sonrisa-. Bienvenido a casa, Byshael.

-¡Me siento tan feliz por estar de nuevo aquí, Silara! Cuando me fui, nunca creí que sería por tanto tiempo ni que llegaría a extrañar tanto esta ciudad. Tú sabes que siempre me sentí más cómodo solo, en los caminos.

-No podías pasar tu vida entera vagando en soledad, huyendo de todo, de la realidad, Byshael -respondió ella, sin dejar de sonreír-. Yo sabía que algún día, tarde o temprano, el rencor de tu corazón tendría que disiparse. Me alegro de que ese día haya llegado al fin.

-Sólo he regresado para informar a la Asamblea de lo que he descubierto en mi viaje -respondió él, endureciendo ligeramente la voz.

Silara le miró con suspicacia y contuvo una sonrisa divertida para evitar que Byshael continuara a la defensiva, aunque sabía que, le gustara a él o no, el cambio había llegado al fin. Mientras tanto, él se había agachado para recoger a Hekki del suelo y, tras colocarlo en su hombre, se volvió de nuevo hacia ella.

-Supongo que estarás hambriento -dijo ella entonces, tras escuchar el sonoro rugido proveniente del estómado del joven-. Vamos, aún hay camino por recorrer y ya es bastante tarde.

-Claro -respondió él con una sonrisa mientras le ofrecía su brazo como apoyo.

Así, tomados del brazo, entraron media hora después en la bella ciudad de Ayua. Bajaron en silencio del Elhörien y avanzaron por las calles, poco concurridas a aquellas horas, saludando alegremente a todos aquellos con los que se encontraban. El retorno de Byshael pillaba desprevenidos a los habitantes de la ciudad, que les detenían, sorprendidos y emocionados, para   hacer una pregunta tras otra sobre el largo viaje que tanto tiempo había apartado al joven de su hogar. Para cuando llegaron al hogar de  Silara una pequeña multitud se había formado ya a su alrededor y todos sabían que la noticia del retorno de Byshael no permanecería en secreto durante mucho tiempo. Byshael, antes de entrar en la casa, se volvió hacia toda aquella gente, que se apresuró a guardar un respetuoso silencio.

-Amigos -comenzó, con seriedad-, acabo de regresar de un viaje muy largo, todos lo sabéis. Como podéis imaginar, estoy exhausto y necesito recuperarme y por eso os pido a todos que seáis pacientes y aguardéis. Mañana celebraremos una reunión con la Asamblea y podréis hacerme todas las preguntas que queráis. Tengo muchas cosas que contar.

Tras estas palabras, los habitantes del bosque comenzaron a murmurar por lo bajo. Tímidamente, uno de ellos secercó al fin y expresó la pregunta que todos ansiaban hacer.

-¿Traéis buenas noticias? -inquirió, con voz trémula e insegura.

-Mañana os contaré con detalles todo lo que he descubierto en este largo viaje, amigos…

De nuevo el rumor de muchas voces hablando a la vez se escuchó en el lugar.

-Sin embargo -continuó Byshael, haciendo que el silencio se extendiera de nuevo entre la pequeña multitud que le escuchaba-, puedo deciros que hay lugar para la esperanza.

Gritos de emoción fueron la respuesta a sus últimas palabras, y varias veces se coreó el nombre del Caballero de los Deseos mientras poco a poco las gentes de Ayua regresaban a sus casas. El joven había alimentado la débil llama de la ilusión que cada uno de los habitantes de la ciudad albergaba en su corazón, haciendo renacer sus esperanzas de futuro. Sonriendo sinceramente al sentir el cariño de aquella gente, Byshael siguió a Silara cuando ella entró por fin en la casa.

-Ya ves que nadie te ha olvidado –dijo la mujer, mientras encendía varias lámparas con un par de ágiles movimientos-. Partiste solo, hace mucho tiempo ya, pero como ves contigo fueron los sueños y las esperanzas de todos los habitantes de las Edhëreas. No ha habido un sólo día desde entonces en que no te recordaran, en que no rezaran por tí y desearan tu retorno.

-Sí, lo sé… Ellos han sido la fuerza que impulsó cada uno de mis pasos -contestó, sonriendo-. Y tengo que reconocer que yo tampoco he dejado de pensar en este lugar, en regresar algún día. Nunca creí que fuera a decir esto, pero… este es mi hogar, Silara.

La radiante sonrisa de la mujer fue la única respuesta a sus palabras, pero algo en su interior le dijo que, aunque había tardado demasiado en darse cuenta, no había en aquel momento nada más cierto para él.

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Todos los derechos reservados
(All rights reserved)
La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
Prohibida la distribución o copia.

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Mwuahaha!!! ¿Sorpresa por el nombre del misterioso dueño del Yhaara??? ¿Les suena de algo??

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PD: Como bonus navideño, un dibujo de Hekki!! (hecho por mí :P)

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#Escuchando… The Fellowship reunited - Howard Shore

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PUM. Capítulo 8.

by Itahisa on Dic.04, 2009, under PUM

Bueno, bueno, ¡parece que esto despega! Una nueva lectora más se suma a las filas ‘PUMianas’.

¡Muchísimas gracias!

¡Espero que les guste el capítulo!

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Ж

Dejando a un lado el pequeño unicornio de madera, Khuanya se levantó del diván. Debía darse un baño y regresar cuanto antes junto a su padre. Pensaba, preocupada, en él y en aquella rara dolencia que padecía cuando unos golpes suaves en la puerta del dormitorio llamaron su atención. Recogió rápidamente de nuevo la talla y bajó deprisa las escaleras hasta su habitación, donde abrió, curiosa, la puerta, para encontrarse con Yeixa, su doncella, que traía una enorme tina con agua que humeaba.

-Vuestro padre me ha pedido que os prearara el baño, Majestad -dijo en voz baja la muchacha.

-Muchas gracias, Yeiza -dijo la Princesa, mientras la ayudaba a entrar el pesado recipiente y a colocarlo en su lugar.

Un sonoro maullido captó la atención de Khuanya. Khaisa, que había huído al ver a Sinea un rato antes, regresaba ahora en busca de su obligada ración de carantoñas. Mientras Yeixa terminaba de prepararle el baño, la joven recogió a la gata del suelo y la dejó en la ventana, junto al unicornio de madera.

Afuera se había levantado una espesa niebla que, junto con las trémulas luces de los últimos minutos del día, hacían resplandecer todo el paisaje con un tono tan bello como misterioso.

-¿Necesitáis algo más, Princesa? -preguntó la doncella, solícita.

-No, gracias -respondió ella, con aire ausente.

-Buenas noches, Majestad.

-Buenas noches, Yeixa.

Tras cerrar de nuevo la puerta, echó el cerrojo, se desvistió y se metió en el agua. Con todo lo que había sucedido, apenas se había dado cuenta de lo incómoda que se sentía, de modo que el baño caliente suponía un gran alivio. Se relajó un rato y luego se frotó bien hasta eliminar todo el barro que llevaba pegado en la piel mientras repasaba mentalmente de nuevo los extraños sucesos del día.

Estaba ya vestida y a punto de salir de su habitación cuando alguien llamó a la puerta, insistentemente. Era su abuela.

-Buenas noches, abuela –dijo Khuanya tras abrir la puerta.

-Menos mal que estás limpia –dijo, mirándola de arriba abajo atentamente-. Parecías una vulgar pueblerina. Hace unas horas no me habría sorprendido verte revolcándote en el barro con los puercos. Qué espectáculo tan lamentable, todo el mundo te ha visto así…

-Eso no es…

-Eso ya no importa -continuó Sinea, ignorándola-. Deberías agradecer a tu padre que no haya permitido nunca que se hable mal de ti en su presencia, aunque a buen seguro a estas horas el escándalo de tu escapada y tu extraño regreso es ya la comidilla de toda la ciudad.

Resignada, Khuanya bajó la cabeza. Probablemente su abuela estaba en lo cierto.

-Ahora que menciono a tu padre -prosiguió la anciana, ajena como siempre a la expresión avergonzada y pesarosa de su nieta-, ¿qué haces aún aquí? ¿Por qué no has ido aún a verle? Pregunta por ti a cada persona que entra en su habitación, desde hace un par de horas. Imagino que debe estar bastante dolido por tu falta de consideración hacia él. ¿Acaso has olvidado que ha enfermado de preocupación, por tu culpa?

-Precisamente estaba a punto de salir hacia allá cuando habéis llegado, abuela. Pensaba bajar a las cocinas y subirle un caldo caliente.

-Ya no es necesario que te tomes tantas molestias -respondió Sinea con acritud-. Acabo de estar con él, yo misma le he llevado sus remedios y una cena caliente y ahora duerme profundamente. ¿Creías que esperaría eternamente a que te dignaras a honrarle con tu presencia? Está enfermo, niña estúpida, deberías tenerlo más en cuenta en el futuro, puesto que eres tú la causa de todos sus males.

-Pero abuela, yo…

-Tú nada, Khuanya -interrumpió de nuevo, alzando la voz-. Has vuelto a demostrar que no sirves para nada, has dejado a tu padre esperando por horas por un simple caldo que le haría sentirse mejor. Ahora es tarde ya, así que mejor acuéstate y ve mañana temprano a disculparte con él. Y más te vale quedarte aquí quietecita, nada de escaparte al amanecer como si fueras una gata salvaje.  Ya hemos tenido bastante de tu estupidez y tu inconsciencia.

-No os preocupéis, abuela, me quedaré en mi habitación –respondió en voz baja, sin alzar la vista ni un centímetro.

Tras dirigirle una dura mirada, la anciana se volvió y desapareció en la oscuridad del pasillo, donde sus pasos aún retumbaron durante unos pocos segundos. Tras cerrar la puerta, Khuanya se apoyó contra la fría pared de piedra y respiró hondo mientras se deslizaba hasta quedar sentada en el suelo. Sin darse cuenta, había vuelto a cometer un error. Su abuela tenía razón otra vez. Nunca era capaz de hacer lo que tenía que hacer, y mucho menos de hacerlo bien.

Cada día encontraba menos sentido a aquella extraña vida suya. No le veía utilidad alguna, puesto que nunca podría ser quien querría ser, nunca haría nada que quisiera de verdad hacer. Hacía tiempo que había perdido toda ilusión, y cada día sentía más cerca el aliente del aciago futuro que cernía sobre ella como un pesado manto oscuro que, llegado el momento, la alejaría de todo cuando amaba y la condenaría perpetuamente a una vida insulsa y gris en la que su voluntad no valdría nada para nadie.

Conteniendo las lágrimas que luchaban por brotar de sus ojos, se puso en pie. Tenía las piernas y la espalda entumecidas por haber pasado tanto rato sentada en el frío suelo de piedra. Al apoyarse en la manecilla de la puerta, ésta se abrió ligeramente, tal vez porque antes no había puesto demasiada atención al cerrarla.Khuanya se asomó al corredor, completamente vacío.

«¿Y si…?», se preguntó, en un arrebato de valor.

Sin pensarlo mucho más, la Princesa se deslizó por el pasillo tan rápido como pudo, en dirección a la habitación de su padre. Al fin y al cabo, no era tan tarde y tal vez su abuela había pensado simplemente que a aquellas horas Khar ya estaría dormido, aunque no lo estuviera en realidad. Al llegar, abrió sigilosamente la puerta, sólo lo justo para poder escurrirse dentro del dormitorio. Una única vela, cerca de la cabecera de la cama, era todo cuanto alejaba el lecho del rey de la más densa oscuridad que inundaba el resto de la estancia. De puntillas, Khuanya se acercó a la cama. Su padre yacía, totalmente inmóvil, pálido y ligeramente sudoroso, probablemente por efectos de la fiebre, mientras su pecho subía y bajaba apenas perceptible pero regularmente.

Cabizbaja, rehizo el camino hasta su habitación mientras pensaba que su abuela le había dicho la verdad, no cabía duda de ello, aunque había sido tan obstinada como para dudar de su palabra. Claro que, ¿por qué iba a mentirle? La muchacha sabía que, en el fondo, su abuela sólo quería lo mejor para ella, que siempre había sido demasiado testaruda, demasiado soberbia para darse cuenta y había vivido día tras día en un mundo irreal que de ningún provecho le sería en su vida.

Al llegar, cerró bien la puerta y, con los ojos llenos de lágrimas, apagó todas las velas de la habitación salvo las de los dos candelabros que tenía junto a la cama, cogió el unicornio de madera, que seguía junto a la ventana, y se acostó. A pesar de haber estado sobre la dura y fría piedra durante un largo rato, lo sentía extrañamente cálido al tacto. Aún no podía explicarse de dónde había salido, estaba totalmente segura de que cuando llegó al claro del bosque no estaba allí.

«Bah… tonterías. Seguro que sí estaba pero no lo vi, estaba bastante oscuro», pensó mientras jugueteaba con la figura.

Poco a poco, sus pensamientos retornaron a su padre y a su abuela. ¿Por qué Sinea siempre tenía razón en todo? ¿Y por qué ella siempre lo hacía todo mal? ¿Acaso no había nada bueno en ella? Desde luego, estaba claro que no podía hacer nada bueno, siempre había sido un desastre, desde que era pequeña, pero a medida que crecía, en lugar de aprender y mejorar, había sido peor cada día. Cada vez cometía errores más graves y decepcionaba más profundamente a su padre, la única persona que realmente le importaba.

De nuevo estaba llorando. Las lágrimas inundaban sus ojos oscuros y ella no podía hacer nada por evitarlo. Con amargura, se dijo que ella en realidad no quería ser así, quería ser buena y que todos estuvieran orgullosos de ella, pero hiciera lo que hiciera no lo conseguía. Pensó que, tal vez, había llegado el momento de dejar de ser ella misma, de rendirse ante la abrumadora evidencia de que así no sólo ella no conseguía ser feliz sino que hacía que los que la rodeaban, las personas que le importaban, tampoco lo fueran. Tendría que ser por fin la persona que todos esperaban que fuera. Sin saber por qué, apretó el unicornio muy fuerte contra su regazo y lloró amargamente hasta quedarse dormida.

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La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
Prohibida la distribución o copia.

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Próximo capítulo… ¡de color verde!

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#Escuchando… Catorce vidas son dos gatos - Fito & Fitipaldis

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PUM. Capítulo 7.

by Itahisa on Nov.27, 2009, under PUM

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Ж

El joven regresaba a Thrakien. Había pasado fuera mucho más tiempo del previso y necesitaba ver a Silara urgentemente. Debía contarle lo antes posible todo lo que había descubierto en su último viaje, pues aquellos descubrimientos podrían ser de vital importancia para todos los habitantes de las Edhëreas, las Ciudades Hermanas. Hacía varios días que la lluvia le acompañaba en su camino, dificultándolo y haciendo la marcha aún más lenta d elo que ya de por sí era, por lo que al atravesar los límites del espeso y sombrío bosque no pudo sentir más que un inmenso alivio, que se sumó a la agradable sensación de regresar al hogar por largo tiempo abandonado. Conocía tan bien el camino que casi lo hacía de memoria, prestando escasa atención a los lugares donde pisaba o a las agudas espinas que le rodeaban y que él atravesaba sin temor. Cualquier otro viajero desprevenido que se internara en Thrakien desearía salir de allí cuanto antes, pues avanzar entre la espesura era, si no imposible, sí muy complicado y las heridas producidas por los arbustos espinosos y las hierbas venenosas complicaban aún más la tarea. Sin embargo, para aquel joven el bosque no tenía secretos y conocía muy bien los escasos caminos seguros que existían en la zona y avanzaba por ellos a buen paso, pensando nada más que en  los reencuentros que pronto iba a vivir, en completar finalmente su misión actual, que tan lejos le había llevado. Ansiaba llegar de una vez a la ciudad, ver de nuevo a todos aquellos seres que eran importantes para él.

Por primera vez en bastante tiempo, se sentía feliz, ilusionado, ante la perspectiva de volver al hogar, de forma que apenas se dio cuenta de que había ido acelerando el paso hasta alcanzar un ritmo frenético, tanto así que cuando llegó al pequeño claro cayó de bruces al suelo pues ya no había más ramas ni espinas que apartar de su camino y el impulso le llevó sin remedio hacia delante. Riéndose de sí mismo, de su torpeza, se levantó y fue a recoger su pequeña pero pesada mochila, que había ido a parar a un metro de distancia, mientras miraba a su alrededor. ¡Al fin había llegado!

Ante él, majestuoso, se erquía el Elhörien, el Puente en las Alturas, la puerta hacia la mágica ciudad de Ayua. Casi oía ya el bullicio de sus calles, el amable saludo de sus gentes al verle regresar. Sonriendo, se dirigía hacia la entrada al Elhörien cuando se topó con algo tan inesperado que dio un salto hacia atrás del susto. Una joven, completamente mojada y algo sucia, dormía apaciblemente en el interior de lo que seguramente había tomado como un simple árbol.

Curioso, se arrodilló a su lado y estudió atentamente su rostro. ¡Era tan hermosa! Incluso estando dormida era fácil darse cuenta de ello. Además, parecía muy joven, seguramente no tendría más de diecisiete o dieciocho años humanos, pero no fue nada de aquello lo que más llamó la atención del muchacho. Había en su expresión una serenidad, una calma, que le hizo preguntarse qué clase de persona era aquella que podía hallar paz en un lugar como Thrakien. Seguramente había entrado en el bosque para refugiarse de la lluvia, pero de todos modos, ¿por qué se había adentrado tanto en el bosque? Nunca antes se había visto a ningún humano por allí y, probablemente, todas las alarmas de la ciudad habían sido activadas y había al menos un centenar de espías en las cercanías, pues debían prepararse para cualquier cosa que pudiera suceder con la muchacha que, ajena a todos los problemas que estaba causando, dormía tranquilamente.

El recuerdo de la ciudad, de sus amigos y su misión regresó entonces rápidamente a su cabeza. Teniendo en cuenta que aquella entrada estaba con toda seguridad cerrada, ahora tendría que dar un rodeo muy grande para llegar a su destino. Pensaba en cuál sería la ruta más fácil y rápida para llegar a Ayua cuando la muchacha se movió. El joven se dio cuenta entonces de que en cualquier momento podía despertarse y verle allí, y un súbito nerviosismo se apoderó de él. Lo mejor sería irse de allí cuanto antes, pues ya llevaba retraso y había demasiado que hacer en la ciudad. Mirando por últia vez a la muchacha, volvió a preguntarse quién era y por qué parecía tan tranquila estando allí, y no sin cierta inquietud, si volvería a verla alguna vez.

«¿Qué estoy pensando?», se recriminó con dureza. «No es más que una pobre chica que ha llegado hasta aquí huyendo de la tormenta. Probablemte no volveré a verla nunca más».

Mientras pensaba que hacía mucho tiempo que su destino le había alejado de los humanos, y que aquello era sin duda lo mejor para él, comenzó a alejarse del pequeño claro donde ahora, además de una extraña muchacha, había también una pequeña figura hecha de una singular madera dorada que centelleaba bajo los tímidos y juguetones rayos de sol que se colaban entre las ramas de los árboles.


Ж


Volvía a aquel claro, irritado consigo mismo por haber perdido el Yhaara de aquella forma tan tonta. Hacía ya más de una hora que había dejado de llover y esperaba que la joven a la que había visto durmiendo en el árbol se hubiera marchado, pues de otro modo no le quedaría más remedio que hacer de nuevo, por tercera vez, el difícil camino bosque a través hasta Ayua. De todas maneras, tenía que tener mucho cuidado, porque era posible que aún continuara por los alrededores y podría verle. Con los humanos nunca se sabía lo que podía pasar, la mayoría eran crueles, malvados, creían que podían disponer del resto de las criaturas a placer, y no respetaban nada. Ya le habían embaucado en más de una ocasión, fingiéndose inocentes o buenos, pero siempre había salido muy mal parado. No iba a permitir que se repitiera, por angelical que fuera el rostro de la humana en cuestión. No volvería a dejarse engañar por aquellos seres viles y mezquinos.

Llegó por detrás al árbol que era la entrada al Elhörien y, sigilosamente, fue rodeando el tronco y asomándose a la abertura. No había nadie allí. Miró a su alrededor y aguzó el oído en busca de sonidos de pasos, ramas rotas, pájaros asustados o cualquier otro signo que delatara la presencia de alguien más allí, pero todo parecía en orden, de modo que podía estar tranquilo. Barrió rápidamente con la mirada el terreno del claro, pero la luz que comenzaba a escasear no fue de gran ayuda. Inquieto, se echó al suelo y tanteó con las manos en busca del Yhaara, insistiendo especialmente en la zona en la que había caído su mochila, pero todos sus intentos fueron vanos. El unicornio de madera no estaba allí. Presa del nerviosismo, deshizo el camino que había hecho al entrar al bosque, pero tampoco por allí halló rastro alguno de la talla. Recordó que poco antes de llegar a Thrakien había sacado algo de su mochila y lo había visto, de modo que, de haber perdido definitivamente el Yhaara, debía de haber sido allí, en aquel claro. Entonces apareció de nuevo en su mente el rostro de la joven.

-¿Lo tendrá ella? –se preguntó, mientras sentía cómo el corazón golpeaba con fuerza en su pecho-. Si ella lo ha… entonces… debe de haber pensado que no es más que una figura de madera… pero…

Estaba en un apuro. El Yhaara era algo muy preciado, algo de suma importancia para él, puesto que la persona que la tuviera en sus manos tendría cierto poder sobre él si sabía cómo utilizarla. Por ese motivo no se la entregaba a cualquiera y, de hecho, hacía tanto tiempo que no se separaba de él que sentía como si le faltara una parte de sí mismo, aunque así era en realidad de alguna manera. ¿Podía haber alguna otra opción? Se maldijo de nuevo por su torpeza. Si de verdad la muchacha tenía su Yhaara, debía encontrarla cuanto antes, aunque no sería fácil lograrlo. No sabía nada acerca de ella: quién era, ni dónde vivía, ni qué clase de persona era.

Sin embargo, ahora sólo podía esperar. Volvería al claro al día siguiente, con más luz, y buscaría ayuda para rastrear intensivamente la zona. Si no aparecía, ya no habría duda alguna de que la muchacha lo había encontrado y se lo había llevado, y en ese caso él no podría hallarlo a menos que ella hablara mientras lo sostenía en sus manos. Entonces él podría escuchar cada una de sus palabras y tal vez así averiguaría dónde estaba y podría recuperar lo que era suyo.

Miró una vez más a su alrededor, sintiendo que le gustaría poder cerciorarse en aquel mismo momento del paradero de su Yhaara, pero ya había tan poca luz que era posible ver nada. Estaba hambriento y cansado y su hogar demasiado cerca como para seguir retrasando mucho más su regreso, así que subió al Elhörien y se dirigió hacia el centro del bosque de Thrakien, hacia el corazón de la ciudad de Ayua.

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La Princesa y el unicornio de madera by Itahisa N. Glez A.
está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual, nº 00/2007/3488.
Prohibida la distribución o copia.

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¿Y bien? ¿Qué les parece este nuevo personaje? ¿Alguna conclusión interesante de este capítulo?

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#Escuchando… For the love of a princess (from Braveheart) - London Symphony Orchestra - James Horner

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